miércoles, 30 de septiembre de 2009
“Pedro Luis es capturado”
El siguiente tratamiento ha sido beneficiado
con una beca del IV programa de
Desarrollo de Proyectos Cinematográficos
Iberoamericanos 2006, convocado
por la Fundación Carolina y Casa de América,
España.
1. Nueve y media de la mañana un verano, Pedro Luis y su tía Elba están sentados sobre el umbral de la puerta de un museo histórico en el centro de Buenos Aires. Pedro Luis es un joven de dieciséis años, curvado, de tez blanca y algunos granitos incómodamente dispuestos. Sostiene una sonrisa boba en la cara, como si quisiera disimular lo que su cuerpo parece expresar a gritos: que no soporta estar allí.
Su tía es una señora que aparenta ser más vieja de lo que realmente es, las manos le tiemblan insistentemente y los pensamientos la agobian, apareciendo en su boca en forma de palabras ininteligibles, habla sola.
Como esto Pedro Luis ya lo sabe, no reacciona en lo inmediato, a esta altura de la mañana, en que lo ha pasado a buscar por la casa de su madre, donde ha tenido que abandonar la cama y tomar el magro desayuno en silencio, sus tics nerviosos ya son parte del clima agobiante de la ciudad en febrero. Sólo la brisa violenta de los colectivos al pasar a su lado, tan cerca del piso, donde Elba insistió en sentarse a esperar, trae un leve alivio a su carga, doblado en dos sobre su pecho, bajo el peso de su columna que ese verano se extendió más de lo esperado, como sus pies, sus brazos y su sexo.
2. Suena entonces la polifónica campanada del reloj del edificio de la Legislatura de la avenida Roca, son diez largas y variadas campanadas; los oficinistas hacia el trabajo no las perciben, pero a Elba logran sustraerla de sus pensamientos e indica a Pedro Luis entrar.
3. Mayor calvario espera al joven una vez dentro: bajo el techo de piedra del recibidor en el convento colonial al cual ingresan, un grupo de turistas aguarda por un guía para un recorrido histórico. Es el convento de la Manzana de las Luces, rico en catacumbas que conectan con el Colegio Nacional y la iglesia San Ignacio de Loyola. Para Elba es el programa de verano que puede brindarle a su sobrino e invita las entradas. Pedro Luis preferiría que le diera el dinero y evitar el paseo, pero no dice nada, inquieto como está en pensar que aun el recorrido no ha empezado, que después habrá que caminar al ritmo de todos y detenerse en cosas que no va a apreciar bien y que, luego de toda la extensión del paseo, todavía faltará viajar desde ahí a Villa Soldati en colectivo, guardando silencio junto al murmullo de su tía, que, aun en público, no puede reprimir. Pedro Luis se detiene, su cuerpo se endereza, permitiéndole respirar y caer en la cuenta de que hace unos segundos que razona automáticamente, pero, en realidad, tiene sus ojos depositados sobre una falda blanca que transparenta todo el largo de unas piernas, hasta sombrear en contraluz unas nalgas que afirman a una hermosa mujer de pelo rojizo y pechos bamboleantes que cruza el monumento al exterminador de indios. Su respiración parece más fluida y se siente fresco allí, en el sombreado interior del convento, y sus pensamientos están ahora en la libertad del veraneo sin escuela y del último año de secundaria en que llegue el viaje de graduación; ya es grande y quizás en un corto tiempo pueda dejar su casa y a su madre y los paseos con tía Elba e irse lejos a estudiar su sueño de diseñar coches.
A todo esto ha llegado, saludando en voz alta, la guía. Es una gordita muy blanca, de pelo negro liso y los ojos muy saltones, como prestando una atención obsesiva sobre todo lo que ve, que toma el brazo de Pedro Luis y lo acerca, preguntando si están todos. El resto del grupo se compone de un corpulento norteamericano, de risa muy alta y vozarrón, que anda con dos mujeres desgarbadas con mochilas, muy calladas, los tres de alrededor de cincuenta años, turistas. Hay una parejita que ha estado abrazada todo el tiempo de la espera, compuesta por un flaquísimo varón de un metro noventa, que entabló amable conversación con el americano, alentados ambos por sus alturas similares, y su flaquísima mujer, de altura más normal, probablemente historiadores. Además de la tía y su sobrino, esa es toda la concurrencia.
4. Luego la guía atraviesa el grupo y les da la bienvenida al sitio. Explica que lo que van a ver tiene la particularidad de haber sido concebido como museo por los jesuitas originarios del convento y que así ha permanecido, en lo que podría llamarse un museo antiguo, mantenido pero no alterado en su concepción inicial, un museo colonial. Hasta aquí ha logrado la guía capturar la atención y el entendimiento de Pedro Luis, que, sin poder reprimirlo, gira la cabeza buscando escapatoria. Sorpresivamente, la mujer joven que recién ha visto cruzar la calle está de pie a su lado, percibiendo su mirada y observándolo altiva y sonriente, levemente por encima, obligándolo a él a enderezarse y emitir un suspiro que lo avergüenza.
5. Al primer intento de avance del grupo, Pedro Luis quiere apartarse, la mujer da un paso muy largo y chocan, ella se toma del brazo de él para no caer. Pedro Luis se siente por primera vez en su vida sólido por un instante, con el resto suficiente como para sostener una familia. Ella eleva la mirada del taco de su sandalia a sus ojos, sonriente igual que antes, extendiendo la falda que él ha visto cruzar la calle en contraluz un minuto antes. Le pide disculpas por su torpeza en otro idioma, que en un primer momento a Pedro Luis le resulta lo más natural que podría hablar una mujer como esa, para luego angustiarlo, sintiéndola lejana, universal en su sonrisa, alguien que habiéndose acercado bastante ya se está alejando.
Elba chista para que hagan silencio y se aleja. Cuando Pedro Luis gira para volver a la mujer, se encuentra con que ya no está. Ha rodeado al grupo, aún se mira el calzado. Pedro Luis la espía por entre los hombros del americano y la parejita. La guía de los ojos desorbitados gana el espacio y se remite a la estrella del museo, el cáliz de Santa María de los Buenos Ayres.
6. El pasillo es largo, y las caderas de la mujer lo recorren con paso cansino, aburrido, se diría. Pedro Luis se pregunta por su estado civil, por su edad, por el motivo de que esté ahí. Ella se ha puesto unos lentes oscuros grandes que impiden verle los ojos, con lo que su misterio se acrecienta, debe ser más cauteloso al mirarla.
7. Pedro Luis entra al baño, está excitado. Se dispone a orinar en los mingitorios del convento, el lugar es fresco y de techos altos, un poco más oscuro que los pasillos del museo. Se detiene placentero en su tarea, alargando el tiempo fuera de la visita y pensando en la mujer misteriosa. Estando ahí la ve entrar: lleva el cáliz dorado que han visto en la vitrina minutos antes a cuestas, se dirige hasta la ventana alta que da a la calle y poniéndose de pie sobre una silla de madera que allí se encuentra, lo tira por la ventana.
8. Al otro lado, en el estacionamiento contiguo al convento, hay una pequeña furgoneta Three Star turquesa con caja. Dos hombres de mediana edad, uno robusto de cara cuadrada y otro más gordo que pareciera ser su hermano, aguardan con una red de hilo al objeto. Lo reciben con un movimiento que acompaña la caída y luego tiran fuertemente de los bordes y los juntan al centro. El más gordo toma el cáliz en sus brazos y lo deposita en un baúl grande de herramientas adosado a la parte posterior de la furgoneta, con relleno interno y una tapa de material plateado antes de la tapa que lo cierra. Todo parece ensayado con precisión. El más robusto, mientras tanto, sube al vehículo y enciende el motor. El gordo mira hacia arriba, hace una seña de confirmación con la mano a la mujer y sube del lado del acompañante. La furgoneta se aleja.
9. La mujer sonríe satisfecha. Al levantar la vista, ve a Pedro Luis, que aún en la posición de orinar, no le despega sus ojos, boquiabierto. Ella se dirige hacia él, que ha quedado quieto, asustado, en el mismo sitio. Se detiene a su lado y antes de hablar le mira el sexo. Levanta la vista y con la misma sonrisa del momento en que se conocieron, le pregunta en italiano qué ha visto. Pedro Luis niega con la cabeza, murmura una excusa. Ella le toma el miembro, le insiste en la pregunta. Pedro Luis se queda helado, la mujer lo suelta, se lame la palma, lo toma de la mano y lo saca corriendo del baño.
10. Bajan por una escalera, Pedro Luis da pasos descoordinados y mira hacia atrás. Ella, perfectamente de perfil, se ha vuelto a poner sus gafas oscuras y camina sin perder el ritmo pero no rápido.
11. Al llegar a la puerta, Pedro Luis intenta excusarse, pero sólo consigue balbucear. La mujer mira a su alrededor: por la puerta principal donde más temprano esperaban para ingresar el muchacho y su tía, un señor, una señora y la guía de ojos desorbitados que se tapa la cara sollozando, hablan con un policía, que desenfunda su pistola Bersa nueve milímetros e ingresa al convento comunicándose por radio.
Un taxi Peugeot 405 GL detenido espera por la mujer cruzando la calle. Arrastra a Pedro Luis y lo sube con ella para salir de ahí, fugados. Un grupo de más de veinte palomas, espantado, emprende el vuelo.
12. En el interior del auto, la mujer extrae un celular delgadito de la cartera y sostiene una conversación con el resto del grupo, menciona la existencia de un rehén. Pedro Luis está asustado, mira las calles sucederse, reteniendo información. El taxista no le habla, también lleva gafas oscuras y le dirige algunas miradas por el espejito retrovisor. Ella pone una mano sobre su muslo, Pedro Luis no atina a sonreír, está incómodo, pero esa mujer lo vuelve loco.
Títulos iniciales
13. El taxi llega al borde del Río de la Plata, es una marina del barrio de Martínez. El taxista se baja y abre la puerta del lado de Pedro Luis. En castellano le dice que descienda, la mujer lo hace por su lado. El taxista cierra la puerta y le da la espalda al joven, pero sorpresivamente gira y le pega un puñetazo en la cara. La mujer rodea el auto insultándolo en su idioma. El taxista levanta sus gafas y le indica silencio con un dedo sobre los labios. Ella toma la cara de Pedro Luis, que ha perdido la conciencia pero sigue haciendo un gesto lastimero con la boca. El taxista la aparta tomándola de un hombro, ella se pone de pie, indignada. El hombre toma al muchacho del piso, lo alza, y lo conduce por la planchada al interior de una embarcación, una Riva Corsaro 20. La mujer los sigue. El yate se dispone a partir.
14. Es de tarde cuando Pedro Luis despierta, está tendido en una litera. A su lado, la mujer le aplica hielo en la boca. El muchacho se incorpora abruptamente, dando muestras de fastidio y recorre el interior de la embarcación con la mirada, reconociendo el espacio. Ella le apoya una mano en el hombro indicándole que se recline, Pedro Luis la deja hacer. Mientras lo atiende, se presenta en un castellano con acento, señalándose a sí misma, dice llamarse Denisse. También le pregunta su nombre, él se lo dice y le pregunta dónde están y qué piensan hacer con él. Ella le dice que están en el Río de la Plata y lo besa en la frente, tranquilizándolo. Pedro Luis toma la iniciativa y la besa en la boca. Denisse se queda a media distancia, mirándolo a los ojos, sonriente, y pronuncia su nombre en italiano. Lo vuelve a besar, lo desnuda y se sube encima de él, haciéndole el amor. Pedro Luis la mira a los ojos, entre incrédulo y asustado.
Por el ojo de buey el hombre los mira hacer y sigue su camino.
15. En la cubierta la mujer fuma un cigarrillo a la luz de la luna. Se toma de la barandilla de cuerdas y mira hacia abajo, parece estar arrepentida de algo. Imprevistamente, el hombre la toma de un brazo, obligándola a girar, le reprocha haber traído un rehén y le pide explicaciones, señala hacia el interior de la cabina para referirse a él y le espeta cosas en italiano. Ella gira y se aleja, enfadada con los reclamos, dejando la discusión en ese punto. Pero el hombre arremete y la retiene del pelo, mientras que con la otra mano le arranca la musculosa negra que lleva puesta, dejando sus pechos al aire. Forcejean, ella se da por rendida y se pone a llorar en cuclillas. Él sonríe satisfecho y espera a que se le pase. Sin embargo, en una reacción inesperada, Denisse levanta su vista, fija sus ojos en los del hombre y de un empellón, en un solo movimiento, lo tira al agua.
16. Los gritos del hombre despiertan a Pedro Luis. Se pone de pie de inmediato, pero golpea su cabeza contra el techo de la cabina y esto lo deja mareado. Se dirige con dificultad hacia la escalera que da a cubierta y sube por ella.
17. Sentada sobre cubierta, con los pechos al aire, Denisse mira hacia las aguas oscuras donde el hombre aún profiere gritos, llamándola por su nombre. Los alaridos en medio de la noche del río son escalofriantes. Pedro Luis se acerca a ella, está crispada, desnuda y muy hermosa. La toma en sus brazos, ella apoya la cabeza sobre el pecho del muchacho. Pedro Luis ve un flotador amarrado con velcro a un lado, lo arranca y lo tira al agua. La mujer lo besa en la boca.
18. El cáliz de Santa María de los Buenos Ayres se encuentra delante de un espejo, donde se ve duplicado. Es una custodia jesuita del siglo XVI de oro rojo y blanco, con piedras preciosas encastradas, actinomorfo, de flor simétrica, de setenta centímetros de alto. En el centro de su verticilo hay un espejo en el que se refleja la habitación de hotel. Los dos hermanos del robo se encuentran acostados en una cama de dos plazas. Parecen mirar televisión pero el aparato está en el piso. Sobre la mesa enfrentada a ellos hay dos cálices idénticos. Hablan de la perfección de la réplica. Golpean la puerta. En un castellano con acento itálico, uno de ellos, el robusto, pide que aguarden. El gordo, mientras tanto, oculta una de las reliquias en un bolso negro, cubriéndolo con un paño que se encuentra en el interior. Tiene una cinta adhesiva ancha color roja en el espejo de la flor. Toma el otro cáliz sonriendo pícaro, como si fueran niños que se esconden de una travesura, y lo guarda de pie en el armario mientras su hermano se arregla, cuidando su aspecto y perfumándose. Con la mirada, el robusto le pregunta al gordo por el estado de las cosas. El otro asiente dándole su conformidad. El robusto respira hondo y abre la puerta. Las invitadas son dos jóvenes, una de ellas morena, que entre risitas ingresan a la habitación.
19. Funde abriendo desde negro.
La playa diurna. Las gaviotas en la arena, picoteando su alimento. En medio de la bahía, el yate encallado en la orilla. Pedro Luis se tira de la cubierta al agua, hay poca profundidad. Denisse arroja un bolso a sus manos, él corre hasta la orilla, lo deja allí y vuelve por la mujer. Ella levanta una pierna y luego la otra hasta quedar del lado externo de la barandilla. Sus piernas, sus nalgas desbordando la ropa interior roja, son el deleite de Pedro Luis. Ella lo mira por sobre su hombro, sonriente, y le pregunta en italiano qué mira. Él le dice que se tire, que la espera. Ella se cuelga todo lo larga que es y Pedro Luis la toma de la cintura y la baja suavemente. Denisse gira y lo besa en la boca.
20. A través de unos binoculares, el hermano robusto, desde un Ford Fiesta plateado, reprueba la escena. Le describe al gordo, que está al volante, la situación, le dice que está con un hombre y masculla unos insultos, enojado.
21. Tomados de la mano, Denisse y Pedro Luis observan el yate varado en la playa. Ella murmura que la van a matar y lo conduce hacia los médanos, oteando el trazado de la carretera.
22. La pareja camina entre los tamariscos de los médanos de la costa uruguaya. Van a la par, agitados; la mirada en los pies que se queman, lo que los hace reír. Sorpresivamente, desde detrás de unos arbustos, sale el hermano robusto y derriba a la mujer. El hermano gordo controla a Pedro Luis por la espalda, lo arroja al suelo y se le sienta encima, sujetando sus brazos con las piernas. El robusto apoya una rodilla sobre el cuello de Denisse y con una mano toma su muñeca, torciéndola. Le pega mínimas bofetadas en la boca y los cachetes, al ritmo de varias preguntas: quién es él, dónde está Verdiell, y qué hace el yate ahí. Denisse dice toda la verdad, que el joven se llama Pedro Luis y fue testigo, por eso lo trajo y que a Verdiell lo arrojó de cubierta empujándolo, porque la maltrató. Que no supieron cómo conducir el yate con propiedad y que ahí quedó, que confiaban en que los fueran a buscar o en reunirse en Colonia con ellos y que si así sucedió, no ve por qué no la suelta. El hombre quita la rodilla de la garganta de la mujer y le dice a su hermano que suelte al joven, llamándolo por el nombre, Mario. El gordo se pone de pie y le tiende una mano a Pedro Luis. Vamos a tener que volar el barco, dice el robusto. Pedro Luis se muerde el labio inferior.
23. Epaminondas Cano, el detective uruguayo, mira la escena en la playa. La tarde se ha nublado y está a punto de largarse a llover. El traje de verano le flamea al viento, se lo ve pensativo, haciendo una trompita con su boca. Es un hombre de pelo y barba blanca, que podría pasar por marino; tiene el pelo en mechas largas, compactas, aunque bien recortado. En la orilla, los restos negros, humeantes, de la embarcación. Hay un hombre joven y una mujer uniformados, con las mangas de los pantalones arremangados, quitando de entre los restos un pedazo de la patente del yate. La mujer se dirige al detective, limpiándose la frente, sus manos enguantadas, con el pedazo de fibra de vidrio ennegrecido que dice: O.J.O. Klein-Sanz. Epaminondas Cano afirma con la cabeza. La mujer embolsa el resto. El joven hace señas abriendo los brazos hacia el veterano. Él le hace un gesto de retirarse con la cabeza y emprende la caminata hacia los médanos. En el recorrido se le acercan unos niños, él le da la mano a uno de ellos y le acaricia la cabeza para luego alejarse. Los otros niños se acercan al pequeño saludado y le conversan.
24. Epaminondas Cano, revisa las huellas en lo alto del médano. Toma las ramas de los tamariscos con sus manos y hace una seña hacia la playa.
25. En la ruleta, el croupier canta veintidós el negro. Detrás de Denisse, Pedro Luis vestido de traje, muy elegante, la mira festejar. Contenta, ella gira a mirarlo y lo abraza y besa en la boca. Se vuelve por el pago, recibe tres columnas de fichas y de una de ellas, toma dos y las arroja a la caja de empleados.
26. El hombre robusto se encuentra en la barra del bar, habla desde un celular. Más atrás, su hermano Mario echa monedas mecánicamente a una máquina tragaperras. La máquina comienza a arrojar el premio, en una larga carrada, que Mario festeja. Llama a su hermano a los gritos, diciéndole Andrea. El hermano robusto gira para verlo, se pone de pie y se dirige hacia él sin dejar de hablar. Se arrima y mira la pantalla mientras pasa un brazo por el hombro de su hermano. Corta la comunicación. Se le acerca al oído y le dice: no me llames por mi nombre, Mario. Mario gira señalando a su alrededor, como explicando que allí nadie los conoce, pero Andrea convierte el gesto de afecto en un movimiento de torniquete al cuello y repite: no me llames por mi nombre.
Pedro Luis y Denisse se acercan. Ella viene bamboleando las caderas y toma a Andrea de la panza. Desplegándolas, exhibe cinco fichas cuadradas color azul del tamaño de una tarjeta de crédito y se da aire en la cara con ellas, como si fueran un abanico. Andrea suelta disimuladamente a Mario, la felicita y le pregunta cuánto es. Denisse asegura que no va a decirle, toma a Pedro Luis de la mano y se lo lleva.
27. Por el camino, Pedro Luis la suelta, señala el baño y se separa de ella.
28. Pedro Luis hace una llamada desde un teléfono público ubicado camino del baño, intenta hablar a su casa. Establece contacto y enseguida se ve obligado a calmar a la persona que lo atiende del otro lado. Andrea baja el receptor del auricular suavemente. Pedro Luis cuelga. Andrea lo mira sonriente, dice todo con los ojos. Cuando parece que no va a hacer más nada, lo toma de una oreja y lo entra al baño.
29. En el baño del casino, frente al cuidador que lee hipnóticamente un diario deportivo de la mañana, pasa Andrea con Pedro Luis tomado de una oreja. Este no emite quejido, Andrea lo introduce en un retrete. Pedro Luis tiene la cabeza gacha, se toma el oído. Andrea le levanta delicadamente el mentón. Sos testigo, le dice, ¿capisce? No te compliques, continúa. Quería llamar a mi casa, contesta el joven. No llamás a ningún lado, le ordena el hermano robusto. Pronto te vamos a decir qué hacer. Y sale del baño. Pedro Luis se refriega el oído muy contrariado, escupe en el inodoro.
30. En la escalera de incendios del hotel, en ese ámbito impersonal y técnico, Denisse arroja a Pedro Luis, besándolo a través de la puerta de servicio. Sin detenerse, ni siquiera cuando los cuerpos dando tumbos, golpean contra la pared de concreto beige, a punto de tirar un matafuego colgado. La mujer está eróticamente desenfrenada y lo domina con sus brazos y con sus piernas que desbordan la corta falda. El joven dispone todas las fuerzas de su boca para corresponder los besos, aunque se mantiene alerta, abriendo sus ojos para ver el recorrido de las escaleras y dónde pisan. Pero la mujer es muy hermosa y mayor que él y todo lo que propone es de una intensidad tal, que no puede abstraerse. Trasponen una puerta vaivén liviana, vidriada, que en el descansillo da a una pequeña cabina con teléfono y acceso a la electricidad del lugar. Allí, Denisse, que tiene todo el pelo sobre la cara, se toma un respiro, pero no lo suelta, acorralado como lo tiene con sus piernas contra la mesita amurada. Entonces, de su liviana camisa blanca de cuellos largos, a través del corpiño que levanta de un tirón, saca un pecho y con un gesto de entrega absoluta guía firmemente hacia allí la cabeza de su rehén.
Hacen el amor, todo lo guía ella, entre gemidos.
Al finalizar, ambos están exhaustos, jadean y sonríen. Les lleva un instante recomponerse y se diría que recién ahí, ella acusa algún tipo de recato y cierra su blusa. Pedro Luis mira hacia fuera y por primera vez lo oímos llamarla por su nombre. Ella eleva sus ojos, obediente. Denisse, me tengo que ir, le dice. Ella lo comprende, baja su mirada, pero no se aleja ni un centímetro, no lo ha hecho en todo este tiempo. Por qué, pregunta ella, por qué, por qué y lo besa, exigiéndole una explicación. Mi madre, responde finalmente Pedro Luis, justificándose con pereza. Tu madre, dice ella y lo besa otra vez, más fuerte. Él aparta la cara. Y mi tía Elba también, agrega, estaba conmigo, debe sentirse muy intranquila, no me deja ni pensar. Intranquila, repite ella. Llamalas, dice, y del interior de su cartera extrae el celular delgadito, lo abre y se lo tiende. Pedro Luis no reacciona, ella tiene que insistirle. Finalmente toma el celular y marca el número. Del otro lado atiende una voz de mujer. Mamá, dice él, soy yo. Pier Luigi, agrega Denisse en voz baja, sonriente; él le hace un gesto de silencio con los labios. Estoy bien, agrega. No puedo decirte dónde, conocí a alguien, ahora no te puedo contar, estoy bien, te vuelvo a llamar, y corta. Le devuelve el teléfono con gesto de preocupación. Denisse lo vuelve a besar, él no la rechaza, pero cuando ella se dispone a guardar el celular, Pedro Luis abandona el cuartito, dejándola sola.
Subiendo los peldaños que los separan de la puerta de servicio, Denisse lo alcanza.
31. Al abrir la puerta que da al pasillo del hotel, por entre los dependientes llevando la cena a las habitaciones, Denisse se percata de la presencia de Verdiell frente al ascensor. Va vestido con saco y corbata y lleva muletas. La ropa le va floja, como prestada, sobre su cuerpo flaco y cetrino. Lleva muy mala cara. Se reúnen con él los dos hermanos llevando dos valijas rígidas con rueditas y el bolso negro, abandonan el hotel.
32. Denisse vuelve a cerrar la puerta y se apoya de espaldas contra ella, pensativa. Pedro Luis se toca la barbilla, como si el solo hecho de ver a Verdiell le hubiera hecho recordar el golpe recibido. La mujer le da las cinco fichas grandes, le indica que las cobre y que la llame a la habitación no bien tenga el dinero. Espía nuevamente hacia el pasillo y ve que los hombres ya no están, las puertas del ascensor cerrándose. Antes de partir, vuelve hacia él y le dice que si no se llegasen a encontrar, use el dinero para regresar a la Argentina, y lo besa. Pedro Luis se sienta abatido en la escalera, en el movimiento unas fichas se le caen al suelo y debe recogerlas.
33. Denisse entra al cuarto y ve que no están sus pertenencias. Abre la puerta del ropero para cerciorarse, va hasta el baño. Han dejado los desechables usados pero ninguna de sus cosas. Se tira de los pelos, resopla furiosa en el centro de la habitación y sale. Al abrir la puerta choca contra Mario, que la toma de un brazo y la arrastra por el pasillo.
34. En el cashier del casino, Pedro Luis cobra mil dólares. A un lado del pagador, Epaminondas Cano observa, reservado. Tiene un equipo de radio entre sus manos delgadas. ¿Tanto ganó el joven?, ¿es usted mayor de edad o lo envió a cobrar su padre?, bromea el cajero, muy simpático, mientras cuenta los billetes. Este último comentario parece no gustarle a Pedro Luis, el pagador aclara que es en broma y le extiende el dinero, contándolo. Pedro Luis lo toma, agradece y se retira, caminando por donde vino.
35. Bajando junto a Mario en el ascensor, Denisse va ofuscada. Las puertas deslizantes se abren. En el lobby, Verdiell, hundido en sus muletas, se diría que se alegra al verla. Andrea tiene ambas manos en los bolsillos, ya no lleva maletas. Mario sale. Denisse duda, se balancea sobre sus tacos altos, al momento sólo atina a llamar por su nombre a Verdiell, pero Andrea, de inmediato, la saca tirándole del brazo. Las puertas se cierran.
36. Pedro Luis corta la comunicación telefónica, contrariado. Ve a los tres hombres salir de la recepción. Denisse va tomada del brazo por Andrea, cabizbaja. Verdiell más atrás, rengueando. El joven se sienta de inmediato en el sillón junto al teléfono, dándoles la espalda. Espera a que pasen y recién entonces vuelve la vista. Se pone de pie y los sigue.
A unos metros en la cafetería, la joven asistente del detective uruguayo se levanta de una mesa y camina tras de él.
37. Desde lo alto de la puerta de entrada que da al estacionamiento, Pedro Luis ve a Mario introducir a Denisse en una furgoneta Mercedes Benz Sprinter color amarilla por la puerta lateral y subir tras ella. Verdiell, con dificultad, ingresa por el lado del acompañante, Andrea toma el volante. Pedro Luis baja la escalinata al trote, decidido. La camioneta prende los faros y arranca. Al ver que ya no la alcanzará, Pedro Luis corre hacia un lateral, a campo traviesa por los jardines del hotel, anticipándose a una curva del camino. La mujer policía se dirige hacia el lado contrario y sube al asiento trasero de un Renault Laguna negro que se pone en marcha.
38. En la noche de luna nublada, la silueta de Pedro Luis corre al encuentro de la furgoneta cuyos faros zigzaguean metros más abajo. El joven observa el recorrido y vuelve a cambiar de dirección, hasta un recodo, donde alcanza la ruta, deteniéndose en mitad del pavimento.
39. Desde el interior de la camioneta, Andrea ve al joven gesticulando. Insultándolo pero con terrible sangre fría, aminora la marcha y unos metros más adelante, cuando Pedro Luis se aparta creyendo haberlos detenido, lo atropella de un topetazo que da con el guardabarros en su rodilla, haciéndolo caer.
Andrea indica a su hermano que lo suba. El joven ingresa tomándose la rodilla y gimiendo de dolor. Con la luz interior del vehículo encendida momentáneamente, ve a Denisse, esposada a su propio reposacabezas y con una cinta adhesiva sobre su boca. Mario lo aparta y cierra la puerta corrediza.
40. Por la costanera junto al mar, la furgoneta acelera en la noche. Metros más adelante, hay un retén policial con sirenas encendidas. Lentamente, Andrea gira tomando una avenida residencial que los aleja de la playa. Siguiendo recto por esta, van a dar al puerto de Colonia. Hay un ferry boat de los que cruzan habitualmente el río, listo para partir y una pequeña hilera de coches embarcando; la furgoneta se suma a la cola.
41. Andrea se apea del móvil, Mario pasa adelante por entre las butacas con dificultad, habla algo con su hermano a través de la ventanilla, este le pasa un llavero. Mario le pide a Pedro Luis que libere a la mujer. El joven le suelta las manos y devuelve las esposas y el llavero al conductor. Denisse se refriega las muñecas, Pedro Luis toma con cuidado el borde de la cinta adhesiva y comienza a retirársela. Lo mejor que se le ocurre, habiéndola liberado de la mordaza, es besarla en los labios.
Por la mano contraria, con los faros encendidos, Andrea estaciona un coche junto a la camioneta, es el mismo que manejaba cuando vieron a la pareja en la playa, antes de incendiar el yate. En una sola maniobra, siguiendo las instrucciones de Verdiell, todos bajan de la furgoneta y suben al automóvil, que se aleja del sitio rápidamente.
42. La camioneta queda en la hilera de embarque vacía, los otros coches comienzan a tocar bocina. El auto policial con Epaminondas Cano se cruza delante, sale su joven asistente y oculto tras el techo apunta con la pistola, una Browning Pro nueve milímetros. La mujer policía también baja y rodea la furgoneta. Del auto de atrás en la hilera sale un señor que le indica que los ocupantes se han bajado y se queda observando la situación. La joven descorre la puerta lateral y confirma que el interior del furgón está vacío.
43. Detrás de la plaza de toros de Colonia, al extremo de la avenida arbolada, un caserón cuyos fondos dan al hipódromo. El auto de los italianos ingresa por una senda y se detiene junto al galpón trasero. Mario se baja y abre el portón corredizo, el auto ingresa.
44. En el interior hay un avión Piper Seneca V blanco y rojo. Todos se bajan del auto, Pedro Luis renguea.
45. Salen cargados del galpón con sus bolsos y valijas y se dirigen a la casa. En la galería posterior los espera una mujer morena, muy gorda. Parece conocerlos, toma el bolso del más cargado y los invita a pasar.
46. La señora los ha esperado a cenar, les sirve unos cuencos humeantes, nadie habla. Un niño espía desde la cocina, es el hijo de la doña.
47. Pedro Luis y Denisse están esposados a las patas de dos camas de una plaza enfrentadas. Denisse lo mira a los ojos. El joven está incómodo y con mucho sueño. Ella se descalza, tirando una sandalia a cada costado, bruscamente. Abre las piernas y sonriente, le muestra a Pedro Luis su ropa interior. Pedro Luis se excita con sólo mirarla, la mujer abre más las piernas, le pide en un dulce italiano que la toque. Pedro Luis se descalza, con un pie se quita los calcetines del otro, todo esto le lleva tiempo. Ella le apoya los pies en su bragueta y con ambos presiona hacia dentro como queriéndole agarrar el miembro. Pedro Luis lleva el dedo gordo de su pie hacia la entrepierna de ella, le corre su ropa interior y lo hunde en su vagina. La mujer se retuerce de placer. Pedro Luis se envalentona, sube con un pie su blusa y levanta su corpiño hasta establecer contacto con sus pechos. La mujer se estira al máximo, tanto como le permiten las esposas a su espalda y le introduce los dedos del pie en la boca al joven. Están muy excitados ambos, gimen en voz alta. Un perro gran danés permanece echado impávido en un rincón, sobre una pequeña alfombra redonda de lana. Parece una habitación de niños. Al escuchar los jadeos de los cuerpos estirándose en el piso, los pies de uno sobre el otro, con la ropa desacomodada y corrida, se para y comienza a ladrarles. Los amantes apenas se inmutan, entreabriendo los ojos, Pedro Luis le chista para hacerlo callar. El animal, obediente, vuelve a su lugar.
48. En el hall de la casa hay un hogar encendido. El Francés está sentado sobre un sillón Morris de formas simples tomando cognac. Hay enormes cuadros, entre ellos un retrato palaciego de El Tintoretto. Al centro del sitio, sobre una mesa octogonal de ajedrez de roble, un tótem inca dorado. Hay un oso embalsamado de pie en un ángulo de la habitación y un gong tibetano de gran porte colgado de tiras de cuero del techo.
Por la puerta de doble hoja del comedor, entra la señora gorda, con el niño escondido tras sus faldas y anuncia en francés a los visitantes. Mario ingresa con una caja de cartón y el bolso negro colgado de un hombro, de donde extrae el cáliz de Santa María de los Buenos Ayres que deposita en la mesa junto al tótem. Andrea lo vigila y le da instrucciones sintéticas en voz baja. Lleva las manos en los bolsillos, que es su gesto típico, y sólo quita una de allí para señalarle algo a su hermano y enseguida la vuelve a guardar. Con gesto mecánico, Mario abre la caja de cartón, está rellena de bolitas de corcho, de allí extrae el cáliz mellizo y lo deposita al lado del otro. El Francés se pone de pie y se dirige a verlos. Los mira encantado y también los inspecciona. Andrea se arrima a Verdiell, aguardan su veredicto.
El Francés se aparta de la mesa y se dirige a la chimenea; de las garras de una pequeña escultura con forma de ave que la corona, descuelga una llave antigua. Vuelve y se la extiende a Andrea. Le pregunta a Verdiell qué le pasó. Este dice haberse caído de un coche en movimiento, pero no da más detalles y el Francés no pregunta más nada. Andrea guarda la llave en el bolsillo y lo saluda. Los tres hombres salen de la habitación.
La señora morena cierra la puerta detrás de ellos y su hijo se apresura a pasar. El Francés se queda solo. Las sombras alargadas y vibrantes producidas por las llamas acrecientan el tamaño de los objetos allí dispuestos.
49. En la pequeña capilla católica de los Sagrados Corazones, junto al mar, ofician misa. Los cánticos se elevan en el aire de la mañana. Entre los autos estacionados, está el de la banda.
50. En el interior de la iglesia, Andrea, Mario, Verdiell, Denisse y Pedro Luis se encuentran presenciando la ceremonia. Es una boda, pero salvo Verdiell que aún lleva saco y corbata, ninguno de ellos está vestido para la ocasión. En un momento dado, Verdiell emprende el camino hacia la salida y Denisse lo sigue. Pedro Luis intenta ir tras ellos, pero Andrea le indica quedarse quieto. Antes de llegar al pórtico, Denisse se desvía y sube unas escalinatas laterales que conducen al campanario. Dificultosamente, Verdiell sube algunos peldaños y se detiene en el descansillo. De una cartuchera en su axila extrae una pistola Glock 25 calibre trescientos ochenta auto, quita el seguro y tira de la recámara.
51. En el entrepiso camino arriba, Denisse franquea una puerta que da a una pequeña habitación más oscura. Es el recinto del coro, donde hay un órgano de tubos y una peana para los cantantes. Sobre un facistol de material al centro del cuarto, tras una vitrina inclinada, hay un libro. Es un códice jesuita del siglo XVI, abierto en una página ilustrada con láminas de oro. Denisse traspasa la soga que delimita el santuario. Con la llave que le diera el Francés a Andrea, abre la vitrina, acomoda el señalador y cierra el libro. De su cartera, saca una funda de descarne con manijas, se la cuelga del hombro, ahueca el espacio interior y levanta el libro del relicario. En ese instante, una alarma muy fuerte comienza a sonar. Denisse embolsa el incunable y sale del coro.
52. Abajo, la ceremonia se ve interrumpida. Los novios vuelven la cabeza hacia el público, Andrea gira haciéndose el distraído, pero en vez de mirar hacia atrás, observa arriba la situación en el coro, donde sabe que se ha disparado la alerta. El cura, con un gesto de la cabeza, ordena al monaguillo ir a ver y sale a su vez para la sacristía. Al verlo, Andrea y Mario salen también, rumbo a la puerta, junto a algunos invitados que se dirigen a los autos. En los primeros bancos, se encuentra Epaminondas Cano, que está invitado a la boda. Cuando ve correr al cura, sale tras de él.
53. En el entrepiso, Denisse se encuentra con Verdiell que termina de subir agitado. Este le echa la culpa de lo sucedido y le exige que le dé el bolso de cuero. Denisse lo aparta rápidamente de su alcance y sube las escalinatas rumbo al campanario, alejándose varios metros.
El monaguillo, un joven rapado con túnica, termina de subir las escaleras, Verdiell lo ve venir y se oculta a un costado. Cuando el monaguillo pasa a su lado, le interpone una muleta y lo hace caer. Una vez en el piso, le pega un culatazo brutal en la cabeza.
54. En la sacristía, el párroco habla por teléfono. Dice que se ha disparado la alarma y es necesario que vengan a ver, ya que hay una boda desarrollándose y mucha gente. Que sólo hay una imagen, el incunable del coro y la caja de jubileo conectados al sistema.
Epaminondas Cano levanta una mano, para indicar su presencia y sale. El párroco agrega, bendita sea la virgen, está aquí Epaminondas Cano.
55. Denisse termina de llegar a la torre cubierta del campanario. Desde allí se divisan los coches de la boda estacionados y más lejos el mar en una mañana soleada. Mira hacia abajo tratando de localizar a sus compinches. Repentinamente, Verdiell que aparece tras ella, tira del bolso de cuero y le arranca las tiras. Denisse corre hacia él y lo empuja, gritando; Verdiell, con la pistola en una mano, la cartera de cuero en la otra y sostenido sólo por sus muletas, pierde el equilibrio y cae del campanario.
56. Epaminondas Cano atraviesa la nave principal de la iglesia en dirección al atrio. El novio, que lo conoce, sale tras él. Se escucha un prolongado grito. La novia profiere otro, más agudo y se echa a llorar. Su madre y otras mujeres la consuelan, pero todas miran hacia fuera.
57. Verdiell yace desplomado en el atrio. Su boca comienza a sangrar de inmediato. Andrea toma el bolso con el libro de entre sus brazos y de un tirón se lo quita. Verdiell da un último suspiro. Junto a Andrea, Mario y Pedro Luis caminan hacia el auto. Algunos hombres de entre los invitados son testigos de lo que ocurre. Epaminondas Cano llega al lugar y se dirige mecánicamente hacia el cuerpo, alguna mujer mayor grita. Denisse se asoma entre la concurrencia y pidiendo permiso, logra llegar al frente de la capilla.
El auto que conduce Andrea está saliendo. La mujer se interpone y le indica detención. Pedro Luis abre la puerta trasera, ella sube y huyen.
58. El detective uruguayo observa la maniobra y se pone de pie, reconoce a la banda de la noche anterior; lleva la mano a la sobaquera y desenfunda su revólver, un Smith & Wesson, calibre treinta y ocho, modelo sesenta y siete. La gente se conmueve, los hombres guían a las mujeres al interior. Epaminondas camina con largos pasos cruzando el cerco de pórticos y haciendo puntería, dispara. Al ver que su objetivo está distante, duda un segundo, mira hacia el auto que espera por el futuro matrimonio, un Jaguar XK 8 convertible, se sube a él y comienza la persecución con las latitas colgadas del parachoques trasero repiqueteando sobre el asfalto.
59. A toda velocidad por la costanera que une la capilla con Colonia, el auto que conduce Andrea emerge tras una duna. Segundos más tarde, dobla tras ellos Epaminondas Cano, con una pericia inesperada para alguien de su edad. Las latitas lanzan chispas con cada brusquedad de las maniobras. El auto de la banda italiana es de menor potencia que el auto que usa el detective, que además, al ser descapotable, le permite disparar con mayor facilidad. Cosa que hace, manifestando mucha calma al apoyar el cañón de su revólver sobre el espejito lateral del vehículo para apuntar.
60. En el interior del auto, Andrea regaña a Denisse, que va encaprichada, cabizbaja, en una tensión quieta. Pedro Luis mira hacia atrás, más bien como si quisiera pedir auxilio o explicar su inocencia a la autoridad. Andrea le pide a Mario que sujete el libro y reclinándose hacia delante, dejando espacio entre su espalda y el asiento, le dice a Denisse que tome su revólver, un Beretta réplica de Laramie del siglo XIX, de su cintura y dispare sobre el persecutor. Denisse se niega, obstinada como está, dice que ella no es más la mujer de Verdiell y que este consiguió lo que buscaba. Al escuchar, Pedro Luis la mira asombrado. Y asustado.
61. Un impacto de Epaminondas Cano da certero en el neumático trasero del auto de la banda, haciéndole perder el rumbo hacia los médanos contiguos, lo que disminuye su velocidad.
62. Satisfecho, Epaminondas Cano, deposita su revólver sobre el asiento vacío a su lado y tomando el volante con ambas manos, acelera. Pero el auto se ahoga, vibrando, sacudiéndose y finalmente se apaga. Se ha quedado sin combustible. A disposición de la inercia, el detective uruguayo queda varado en medio del asfalto. Dispara una vez más, como para no desperdiciar la oportunidad.
63. Andrea festeja el incidente riendo a carcajadas. Dando golpes de alegría sobre el volante, vuelve a tomar el control del automóvil cuando el parabrisas trasero estalla en pedazos. Una lluvia de cristales entra al auto. Denisse grita y vuelve a gritar más aún al ver a Pedro Luis con una astilla clavada en el cachete. Está sangrando. Mario gira a auxiliarlo, le toma la cara fuertemente con una mano y con la otra le extrae el vidrio de la herida con precisión. De una caja con pañuelitos descartables hace un bollo y le indica que se lo sostenga con fuerza a la cara. El muchacho dice que se quiere bajar del auto y como no obtiene respuesta, grita: me quiero bajar. Denisse se arrima y lo abraza.
64. Con el parabrisas roto y la cubierta trasera destrozada, el auto ingresa a la estancia del Francés y se estaciona frente al galpón. Todos bajan al mismo tiempo, Pedro Luis tomándose la cara, Denisse tras él, abatida, lo acompaña hasta la casa. Mario lleva el morral con el libro dentro del tinglado metálico, mientras Andrea levanta la capota, rodea el auto y abre la puerta del maletero también. Luego vuelve y se inclina sobre el motor.
65. El Francés se encuentra en el hall de la casa, lo recorre con el gran danés tomado de una correa. Las pezuñas del animal resbalan sobre el piso recién lustrado del salón, ahora totalmente vacío: cada fastuoso elemento de los que la noche anterior lo decoraban, ha sido retirado. Bajo el marco de la puerta doble que da al comedor, la señora morena espera junto a cuatro hombres jóvenes de color y su hijito. El Francés se detiene frente a ella y baja la cabeza, agradeciendo. Le deja un dinero, la morena lo acepta con dificultad, los hombres se miran entre sí; pero el Francés hace un gesto afirmativo y le cierra la mano, indicándole quedárselo. Luego, se acuclilla frente al pequeño. Ahora la cabeza jadeante del mastín, la suya y la mirada del niño, quedan a la misma altura. El Francés le pregunta, en un perfecto castellano apenas afrancesado, si quiere irse de viaje con él. El niño mira a su madre, que no hace ni dice nada, vuelve la mirada al hombre y niega con la cabeza lentamente. El Francés insiste, le pregunta si quiere viajar en avión, a un lugar donde hace frío. El niño niega más rápidamente y se esconde tras las faldas de su madre. Se oye una tremenda explosión que viene de afuera. Todos, menos el Francés, bastante tensos para entonces, reaccionan asustados, la mujer contiene un grito. El Francés le arrebata al niño tomándolo de la cintura, este comienza a llorar, extendiendo los brazos hacia su madre. Ante la reacción natural de la doña, el gran danés ladra feroz. Los ladridos en el espacio cerrado son ensordecedores.
66. Frente a la parte posterior del galpón, el Piper se encuentra con las hélices encendidas. Mario está en la cabina, chequeando controles que hay sobre su cabeza.
67. Andrea viene del interior de la casa, lleva su revólver en alto apuntando a Denisse y Pedro Luis que caminan delante, separados, el joven lleva un apósito en la cara. Más atrás sale el Francés con el perro sujeto y una pequeña mochila con motivos infantiles al hombro, lleva al niño en brazos, llorando.
Pasan a un lado del auto que está en llamas, pero ni el Francés ni Andrea se inmutan, Pedro Luis se aparta un poco y acelera el paso.
Detrás, en la casa, los morenos se asoman a la puerta. Te lo traeré en marzo, grita el Francés a la señora, y será un hombre. Andrea sonríe entre dientes, malvado.
Soltando la correa y al grito de allez, el gran danés sube primero al avión; detrás de él, Pedro Luis deja pasar a Denisse, gira enfrentando a Andrea y con la mano que no sostiene el apósito, baja suavemente el cañón de su arma. El italiano suelta una carcajada y guarda el arma en su cintura. Con un ademán protocolar indica paso al Francés que va consolando al niñito y sube ágil tras ellos, se inclina y pone en funcionamiento la puerta, que se repliega sobre sí misma. Mientras esta se cierra, saluda hacia fuera, los morenos se han acercado a un costado del avión. La doña levanta la mano diciendo adiós.
68. Desde el interior de la cabina, de rodillas sobre el asiento del copiloto, el niño mira a su mamá por la ventanilla. El Francés se acomoda en el sitio del piloto, dispuesto a despegar el bimotor. Mario se hace a un lado, dejándole el lugar y se dirige hacia el compartimento de pasajeros.
69. Allí, Andrea, Pedro Luis y Denisse han tomado asiento. El perro está elegantemente sentado al centro del pasillo. Más atrás, amarrado con correas ajustables, el oso embalsamado de pie, emerge tras los asientos. Pedro Luis mira por la ventanilla hacia el personal de la casa que saluda. Detrás de éstos, divisa una caravana policial que irrumpe en el predio a gran velocidad, con las sirenas encendidas. Se lo señala a Denisse, ella mira a Andrea, este se pone de pie y se asoma para ver. Luego se dirige raudo a la cabina.
70. Lo primero que le dice el Francés, al percibirlo sin necesidad de mirarlo, es: ya los vi, los vi y los oí; y agrega, por favor ponle el cinturón de seguridad a mi hijo. Andrea atiende al niño. El Francés toma el timón y tira hacia atrás con firmeza para comenzar el despegue.
71. Por un camino lateral de la estancia del Francés, siguiendo la línea del cuadro sembrado con girasoles en flor, el Piper se desplaza maniobrando ligero.
Detrás, la hilera compuesta de tres móviles policiales ululando, cruza en diagonal el espacio que separa la casa del galpón. Atraviesan el improvisado hangar de un lado a otro, todas las puertas han quedado abiertas.
El Piper comienza a carretear, y da unos brincos en el suelo.
72. En el interior de la cabina del bimotor, el Francés supervisa la situación de su hijo. El morenito lo mira sonriente, inflando sus narinas, respirando nervioso. Es la primera vez que se separa de su madre. El Francés lo tranquiliza y vuelve a concentrarse en el despegue, pero el avión no ha conseguido la velocidad necesaria.
73. El bimotor atraviesa un guardaganado que separa el cuadro sembrado del límite del hipódromo. El suelo cambia a un césped perfectamente cortado con marcas de cal hechas sobre la superficie.
74. El Francés mira hacia delante, la vista fija. Toma coraje y pone su avión a toda marcha. Es su última posibilidad de lograrlo.
75. Epaminondas Cano traspone el término del campo del Francés e ingresa también a la cancha hípica. El conductor del auto, su asistente, duda, pero el detective le hace una seña afirmativa, hay que seguir adelante.
76. Desde las gradas del hipódromo, llenas de gente en la quinta carrera de la tarde, la escena excede cualquier imaginación: al extremo final de la pista, traspasando el disco de llegada, vienen un bimotor Piper color blanco y rojo en contramano, a punto de levantar vuelo, y tres móviles policiales detrás con las sirenas encendidas. En dirección opuesta, entrando a la recta final a galope tendido, el pelotón de caballos va a su encuentro.
77. El Francés no sabe si va a lograrlo, el niño está viviendo la mayor aventura de su vida.
En los asientos traseros, tampoco pueden creer lo que ven ni Denisse ni Pedro Luis: son las gradas repletas de un hipódromo al atardecer, con todo el mundo de pie.
78. Los jockeys tienden a frenar en masa, lo que produce algún choque y una rodada, un jinete vuela por los aires y varios caen de sus monturas. Los relinchos, los gritos humanos y el ruido ensordecedor del avión que se eleva por sobre sus cabezas, llenan el ambiente. El tren de aterrizaje arranca las guirnaldas de banderines de colores que atraviesan la pista y se las lleva enganchadas, flameando.
La gente aplaude y silba el espectáculo.
Los móviles policiales clavan los frenos, cruzan las direcciones y se esquivan entre ellos para no chocar mutuamente ni con los animales. Un caballo muy asustado, galopa desenfrenado con el jockey colgando de un estribo. Otro potro sale de la calle y entra a las tribunas.
79. Pedro Luis mira alejarse la escena desde las alturas. Las nubes comienzan a tramarse sobre la gran vista del hipódromo uruguayo, donde los autos, la gente y los animales aparecen diminutos.
80. Secuencia de montaje.
El Piper blanco y rojo sobrevuela el ancho río Paraná, rojizo, abriéndose camino en la selva verde. Los flamencos, en bandada, levantan vuelo a su paso, espantados.
Es de noche y llueve en las alturas, en la ventanilla del bimotor vemos a Pedro Luis, la cara apoyada contra el vidrio, mirando de reojo el agua caer. Sobre su hombro, Denisse ha recostado la cabeza, va dormida.
En la cabina, Mario pilotea el avión. El Francés en el asiento del copiloto, con su hijo sentado sobre la falda, le explica los controles de vuelo.
El oso embalsamado tiene un sujetador puesto, Denisse sale de detrás de él, riendo de su travesura. Andrea, de pie junto a Pedro Luis con un vaso de whisky en la mano, se dirige al animal y le coloca un cigarrillo en la boca rugiente, sujetándolo entre los colmillos.
En lo alto de una montaña amarilla, en algún lugar de la Puna, el Piper se encuentra detenido en un pequeño aeródromo con surtidores industriales de aeronafta. El sitio está alambrado en su perímetro. Pedro Luis y Denisse caminan, estirando las piernas. Mario asiste a un peón con rasgos del altiplano que carga combustible.
A través de la maleza selvática, el avión lejano atraviesa el cielo.
Allá abajo, las cumbres nevadas de los Andes, en una tarde muy oscura, tormentosa. Desde la ventanilla del avión, el niño y Pedro Luis, observando. Este le señala una manada de guanacos corriendo por la ladera nevada.
Los rayos dorados de la última luz del atardecer atraviesan los nubarrones coronando la cumbre del imponente volcán Chimborazo.
81. El bimotor aterriza en una pista rural ecuatoriana. En los alrededores, un caserío desperdigado; los niños del lugar corren al encuentro de los recién llegados.
De una de las casas, palafitos construidos de madera, sale Rubio Sunblad. Es un panzón con barba rala y gorra de béisbol. Detrás de él, dos jóvenes locales se asoman en el marco de la puerta. Rubio baja las escaleras examinando el tambor de su revólver, un Ruger GP 100 calibre trescientos cincuenta y siete magnum, y luego mira la hora. Sube a un cuatriciclo Honda TRX 350 FM color rojo y se dirige a la pista.
82. El avión está detenido, la puerta se abre y la escalera desciende, los niños debajo festejan la aparición de los pasajeros. El primero en salir es Andrea, que levanta las manos como si fuera un político conocido. El hijo del Francés se asoma tomándose de sus piernas, el italiano lo agarra de la mano y juntos descienden las escaleras. Detrás aparece Denisse, fumando un cigarrillo, lleva shorts y una camiseta sin mangas. Pedro Luis también ha cambiado su atuendo y acarrea el oso embalsamado. Mario colabora, entre ambos lo bajan y lo apoyan sobre el suelo. Los niños quedan tiesos y exclaman al ver a ese animal frente a ellos, algunos se asustan. En la puerta del avión se presenta el Francés con su perro gran danés sujeto por la correa.
En ese momento, Rubio Sunblad frena su motocicleta frente a ellos. Se apea y, apartando a los niños de su camino, recibe al Francés. Rubio Sunblad, querido amigo, me alegra estar en Chimborazo, el centro del mundo, otra vez contigo, lo saluda el coleccionista. El panzón se acerca y le tiende la mano, dándole la bienvenida mientras el perro lo olfatea. Mi casa es tu casa, le dice y se dan la mano. Entusiasmado, el Francés lo invita hasta la bodega del bimotor. Una vez que esta desciende, el Francés le indica a Mario abrir la caja de cartón que se encuentra en su interior entre los bolsos y las valijas. El italiano, extrayendo una navaja de la cintura, corta el precinto. Desparramando bolitas de corcho por doquier, el Francés toma el cáliz de Santa María de los Buenos Ayres y lo eleva por sobre su cabeza, triunfal. En la tarde tropical, el espejo destella reflejando el sol; detrás, la cumbre nevada del volcán.
83. En una cama rodeada de tules que ofician de mosquitero, Denisse y Pedro Luis yacen desnudos, sus cuerpos perlados por la transpiración. El joven la interroga sobre sus planes próximos, ella le dice que se acerca el último de los robos. Pedro Luis le pregunta dónde están, ella le contesta que en Ecuador, él dice que eso ya lo sabe, pero en qué lugar exactamente. Denisse le dice que en las afueras de Riobamba, en la provincia de Chimborazo, que es ese volcán que se ve afuera. Pedro Luis agrega que nunca pensó en estar allí y tras unos momentos pregunta qué piensan robar.
84. En su despacho de la Jefatura de Policía de Colonia, un edificio de estilo inglés, con interiores revestidos en madera y ventiladores en el techo, Epaminondas Cano revisa unos libros sobre el escritorio. Hay dos enciclopedias de arte religioso y un pequeño manual sobre aviones de negocios. También hay un mapa y una guía de viajes de Sudamérica. Golpean la puerta, la mujer policía se presenta, anuncia que trae al prisionero. Escoltado por su asistente, ingresa Verdiell en una silla de ruedas eléctrica. Tiene ambas piernas escayoladas y un suero portátil conectado a su brazo. Su imagen es aterradora, lleva un vendaje rodeando su cabeza y la piel llena de hematomas y cortes cicatrizándose. La joven mujer aparta un silloncito para hacerle lugar frente al escritorio. Verdiell aguarda a que esto suceda e impulsa con la palanca su silenciosa silla hasta allí. Dice: no vengo a negociar. Epaminondas Cano, asintiendo con la cabeza, lo invita a explayarse. Verdiell continúa: sé cuándo es el próximo robo y dónde será. Epaminondas Cano le extiende el mapa acomodándolo a su punto de vista y le entrega un lápiz.
85. Por las callecitas empedradas de Riobamba, Pedro Luis conduce el cuatriciclo con Denisse subida detrás, indicándole el rumbo; es la hora de la siesta. Pasan por una plaza de armas rodeada de instituciones gubernamentales, atraviesan la ancha avenida, giran en el monumento de la vaca-cebra y pasan delante de un parque de diversiones con montaña rusa y noria que parece abandonado o fuera de temporada. Pedro Luis va muy contento manejando la ruidosa máquina de Rubio Sunblad, con la italiana aferrada a su cintura. Doblando en una esquina empinada, dan con el Convento de la Concepción.
86. Allí, Denisse se apea y le pide al joven que la espere. Pedro Luis no oculta su disgusto, deduce fácilmente que ese será el sitio del próximo saqueo y ni quiere que ella lo haga, ni quiere colaborar. Como si un beso pudiera solucionarlo, Denisse lo aprieta contra sus labios. Además, le dice en un susurro, luego de esto desapareceremos, volveremos a Buenos Aires y con el dinero, si quieres, puede venir a Italia conmigo y estudiar diseño de coches en la escuela de Pininfarina. Eso si sale como lo tienen pensado, retruca Pedro Luis, sino tendré que enviarte en un ataúd a Pesaro. Denisse se aparta, reaccionando, pero aún no se aleja. Sonríe, cambiante, y se yergue; le toma la barbilla con cariño y le pasa una mano por la pequeña cicatriz que el vidrio dejó en su mejilla. Luego se va, caminando audaz como es, por el patio delantero del monasterio ornamentado con motivos católicos hechos en piedra, por manos indígenas, siglos atrás.
87. Al llegar al pórtico, debe hacerse a un lado para dejar pasar una hilera de niños que, ordenadamente, salen del convento. Es un grupo de varoncitos de la misma edad, guiados por una maestra vestida con uniforme, lleva una larga falda beige, camisa blanca y una corbata roja. Es una joven muy hermosa, de rasgos europeos, que, con acento español, reprende a tres niños que corren a mirar el cuatricilo de Pedro Luis.
88. Como no le hacen caso, fascinados como están con el vehículo, haciendo preguntas acerca de los neumáticos, mirándose en los espejitos retrovisores y pidiéndole dar una vuelta, la española se acerca a buscarlos. ¿Eres de la congregación? ¿Te envió el padre Faluggi?, le pregunta la muchacha, mientras va capturando uno por uno a los niños. Pedro Luis la mira a los ojos y le miente: le dice que sí y qué necesita. La señorita suspira aliviada y le extiende la mano, soy Amparo Mathews. Pedro Luis le da un beso, saludándola. Ella tiende a darle otro, el segundo, en la otra mejilla, pero él no lo espera, quedando lejos y Amparo se estira para hacérselo llegar. Ambos dicen perdón al unísono y se quedan con la mano tomada.
89. Los niños insisten, interrumpiendo. Pedro Luis enciende el cuatriciclo, todos a su alrededor se asustan. El muchacho invita a subir a uno detrás y a otro delante y comienza a pasearlos por el interior del patio.
Los niños se turnan para subir a bordo, Pedro Luis da una vuelta corta con cada uno, jugando. Por último le dice a Amparo, frenando justo a su lado: ahora te toca a vos ¿A mí?, pregunta ella, intimidada. Pedro Luis extiende sus brazos del manubrio, haciéndole lugar y le indica subir allí. Amparo accede y se monta de costado, como lo hacen las mujeres con falda. El muchacho gira alrededor del patio, despacito. Le pregunta qué hace allí, en Riobamba, siendo española. Ella dice que es trabajadora social y está en un programa de niños de la calle, y que los trae a almorzar al convento. A su vez, le pregunta qué hace él ahí, siendo argentino. Pedro Luis le dice que lo han traído contra su voluntad. ¿De vacaciones?, pregunta Amparo. Eso es lo que trato de pensar, contesta y le cambia de tema: ¿Podemos vernos más tarde? Espero a mi tía y la tengo que llevar de regreso. Amparo no contesta, ocupada como está en no perder el equilibrio y vigilando a los niños a la distancia, algunos de ellos siguiendo a la moto.
90. En uno de los giros, Denisse aparece, las manos en asa, junto al pórtico, mirando a Pedro Luis a los ojos. Pedro Luis termina la vuelta y le dice a Amparo, debo irme, y se detiene en el sitio más apartado del patio. Denisse se dirige hacia él. Pedro Luis se apura, volviéndole a preguntar, ¿Dónde puedo verte más tarde? A la hora de la merienda dejo a los niños en el Colegio Nacional y quedo libre, contesta la muchacha. Denisse se aproxima a la moto. Amparo aplaude para llamar la atención de los chicos y corre a formarlos.
91. Denisse sube a la moto y le dice que está lista para partir y agrega al oído, Don Juan. Pedro Luis patea el arranque y la saca de allí. Antes de trasponer el pórtico, por donde viene ingresando un cura, gira para mirar a Amparo que, tomando a uno de los niños del hombro, mira hacia él. El padre Faluggi frunce el ceño, no explicándose qué hace una motocicleta de ese tamaño en el interior del monasterio. Denisse lo saluda en italiano. El padre baja la cabeza y sigue su camino. La moto parte.
92. Rubio Sunblad y Andrea están en el interior de un Jeep Liberty Renagade frente al coliseo de gallos. Pedro Luis y Denisse llegan y se estacionan. Rubio le pregunta a Andrea por el muchacho, le dice si madame Verdiell tiene un hijo. A Verdiell el códice le salió caro, responde Andrea. ¿Ah, sí?, ¿y por qué?, pregunta Rubio. Fue lo último que tocó antes de morir, dice Andrea. ¿En vez de tocarla a ella? Andrea suelta una carcajada y lo mira a los ojos. Repentinamente se pone serio: ella lo mató y el muchacho no es su hijo, es el que le hace el amor. ¿Ese niño? Ese, y en unas pocas horas debo matarlo. ¿Necesitás ayuda?, dice Rubio; si hay algo que me puede apetecer más de Denisse, es saberla viuda. Cambiame dinero, pide Andrea, y de una riñonera, entre un fajo desmesurado de dólares, toma trescientos y se los extiende. Mientras Rubio Sunblad los cambia a sucres, Andrea pregunta, ¿Madrugador se llama el gallo? Muy gracioso. Y ambos se bajan del automóvil.
93. En los angostos pasillos de la gallera San Francisco hay mucha actividad. Los criadores junto a los jueces pesan a los gallos de riña en balanzas colgantes, tomándolos por los costados, con las alas plegadas. Denisse y Pedro Luis caminan por los ruidosos corredores, donde los dueños pican a los animales enfrentando sus espolones a la salida del pesaje. Salvo la italiana, sólo hay hombres en el lugar. Rubio y Andrea toman asiento en el coliseo, la riña se apresta a comenzar, los extranjeros hablan con los tomadores de apuestas.
94. Pedro Luis y Denisse se sientan una hilera más atrás. Los criadores exhiben los espolones de sus animales a los jueces, que los sellan con lacre. Elevando sus patas y enfrentándolos, los aguijonean antes del combate. Luego se apartan a sus rincones y el juez da por comenzada la pelea. Los dueños, acuclillados cada uno a un extremo de la pista, sueltan sus gallos. Enseguida corren a pelearse, son animales extremadamente flacos y parecen muy nerviosos, se picotean y clavan los espolones que llevan en sus patas, algunas plumas vuelan por el aire. La concurrencia se pone de pie, siguiendo las vicisitudes del combate. Los tomadores de apuestas, ubicados tras los dueños, reciben dinero que pliegan entre sus dedos ante cada revés del desarrollo. Andrea y Rubio, de pie, suben sus posturas a favor de Madrugador, que va ganando. Es un bicho pequeño, totalmente negro, salvo por su cresta de color rojo.
En el ambiente corre mucho alcohol y hay una densa nube de humo provocada por los fumadores. A Denisse le impresiona mucho todo lo que pasa, se agarra de Pedro Luis, tapándose la cara para no mirar.
En un traspié que sufre queriendo escapar de un picotazo, al dar contra la pared de la gallera, el favorito queda de espaldas al otro gallo, que es rojizo, y este aprovecha para picotear su costado a la altura de los oídos, para luego montársele encima, clavándole, feroz, ambos espolones sobre las alas. El dueño no llega a quitarlo a tiempo y su gallo termina muerto.
Esto causa una gran conmoción, ni siquiera los ganadores festejan lo acontecido. Algunos se acercan a la pista para ver mejor, entre ellos Denisse, que está muy angustiada. Madrugador yace convulsionándose, su dueño lo mira apenado, acomodando sus alas, enderezándole el cuello.
Pedro Luis aprovecha la confusión y sale del coliseo.
95. Cuando gana el pasillo, donde otros gallos esperan su turno en jaulas apiladas unas sobre otras, Pedro Luis comienza a correr.
96. El joven sale a la calle y sube al cuatriciclo, lo enciende y se marcha.
97. En la clase turista de un avión comercial, Epaminondas Cano y sus dos asistentes escoltan a Verdiell. Lo han colocado junto al baño donde hay lugar más amplio para su silla de ruedas. Lleva una manta de viaje sobre su falda, ocultando las manos esposadas.
Epaminondas Cano hace una seña a la asistente, para que se dirija a ver si necesita algo. La mujer abandona su asiento y camina hacia Verdiell por el pasillo. Cuando llega adonde está el detenido, ve que duerme. Una azafata pasa en dirección a la cocina, pidiendo permiso. Una vez que cruza, aprovechando el momento de estar cubierto, Verdiell, con ambas manos, empuja subrepticiamente la palanca llevando la silla con violencia a chocar contra la mujer policía, sorprendiéndola y haciéndola caer encima suyo. De un rápido movimiento, inclinándose hacia la pernera de su pantalón, le arrebata la pistola Browning FM Hi Power Rosario que allí lleva y apunta en dirección azarosa a los pasajeros por la espalda. La mujer se queda congelada sin saber qué hacer, Verdiell le dice que se ponga de pie tranquilamente. Luego guarda el arma bajo la manta y se acomoda. Con un gesto despectivo de la cabeza, le dice que se vaya.
98. En el parque 21 de Abril, a la puesta del sol, Amparo camina junto a Pedro Luis. La joven va vestida de otra forma, ya no es la educadora uniformada de esta tarde y luce hermosa con el vestido que lleva. Lo conduce hasta un área más alta, desde donde se divisa la ciudad de Riobamba. La muchacha le señala distintas partes del panorama, explicándole acerca de lo que conoce. Pedro Luis la mira más a ella que a lo que ella señala. Luego se sientan en el suelo a ver caer el sol. Pedro Luis le dice: esta mañana te mentí y estoy metido en un grave problema.
99. Ya es de noche. Denisse está desnuda en el interior del palafito, se prueba una toca de monja frente a un espejo alargado. Pedro Luis entra en la habitación y al verla, le pide disculpas. La mujer se dirige hacia él y lo toma de ambas manos. Lo empuja suavemente con toda su humanidad preguntándole en voz baja, muy sugestiva, ¿dónde estabas?, ¿dónde fuiste?, hasta el pie de la cama cubierta con tules. Los descorre y lo sienta dándole un empujoncito. Luego se arrodilla y separándole las piernas, hunde ahí su cabeza. Mirándolo a los ojos con la toca en la cabeza, es la imagen misma del sacrilegio. Pedro Luis cae de espaldas en la cama, Denisse se sienta a horcajadas.
100. El Francés observa a su hijo montar sobre el gran danés como si fuera un caballo. Es el interior de una sala técnica, también de madera, con un sistema de radio control y un pequeño radar, entre otros instrumentos de radionavegación. Rubio Sunblad entra por una puerta posterior, alza al niño en sus brazos, y lo eleva dándole unos giros antes de dejarlo en el piso. Papá, tengo hambre, dice el morenito. ¿Cenamos, Rubio?, pregunta el Francés. Voy a cocinar, ¿me acompañas?, y le tiende una mano al niñito. El Francés se pone de pie tras ellos y enfrenta un armario, que abre. En su interior hay dos escopetas Verney-Carron Sagittaire calibre doce. Vigila que Rubio y el niño hayan ido hacia la cocina, extrae una de ellas, pliega el cañón sobre su antebrazo y, de una caja, toma cartuchos que introduce en su bolsillo. Sale de la cabaña, el perro va tras él.
101. Los dos hermanos, Mario y Andrea, que lleva las manos en los bolsillos, se encuentran afuera. El Francés se reúne con ellos. No hablan demasiado, el coleccionista le tiende la escopeta a Andrea y deposita los cartuchos en su mano. Luego sigue el paseo con su perro, suelta la correa y el gran danés corre en dirección a los arbustos.
Mario y Andrea se dirigen al palafito de Denisse y Pedro Luis. Se agazapan tras la baranda alta de la galería. Andrea le indica a su hermano rodear la casa. Mario lo llama desde el otro extremo, haciéndole señas. Por la ventana, ven a Denisse, caminando completamente vestida de monja, ensayando su papel, jesuseando con la cabeza gacha. Los hermanos buscan a Pedro Luis. Andrea rodea el palafito, mientras que Mario vuelve al frente. Por la escalera trasera Andrea irrumpe en la habitación.
102. Denisse lo espera con su pistola Baby Glock en alto. Con la mirada le pregunta qué quiere. Andrea se lleva el dedo a los labios en señal de silencio. Por la puerta delantera de la cabaña ingresa Mario, su hermano le indica detención. Mario le pregunta a Denisse por Pedro Luis, sólo levantando el mentón. Denisse guarda el arma y señala en dirección al baño. Andrea se dirige hasta allí y abre la puerta, pero el joven no está. Andrea sale y pregunta dónde fue. Denisse levanta los hombros, lo ignora. Los dos hermanos salen del palafito.
103. Pedro Luis empuja el cuatriciclo por un camino de tierra rodeado de vegetación. La luna ilumina los alrededores, un cebú cruza mirando curioso. Llegando a lo más empinado de la senda, frente a una gran bajada, Pedro Luis da el último empujón y se sube, deslizando la motocicleta en silencio. A mitad de la pendiente enciende el motor y se aleja presuroso. Su camiseta flamea al viento.
104. Epaminondas Cano está reunido con el padre Faluggi en la sacristía, a un lado, sus dos asistentes. Verdiell grita de dolor y pide agua. El padre Faluggi se pone de pie y sale. El asistente del detective uruguayo se le acerca y pregunta qué le pasa. Dolor, dice. ¿Le subo el apoyapiernas?, pregunta y se agacha. Verdiell lo apunta con el arma. Déjelo como está. El padre Faluggi llega con el vaso de agua, se queda helado al ver la situación. Deja el vaso sobre la mesa, sin acercarse demasiado y vuelve a tomar asiento. Verdiell toma una pastilla del bolsillo de su camisa y la traga con agua, apresurado. Faluggi se dirige a Epaminondas Cano, que se toma la cabeza, cansado de la prepotencia de su detenido, ahora armado. El padre pregunta: ¿Cuál es el plan, detective?
105. Pedro Luis llega al convento. Apaga el motor unos metros antes e ingresa con la inercia a una calle lateral que lleva al estacionamiento. Desde una ventana alta, asomada, Amparo lo mira llegar. Pedro Luis, de pie sobre las pedalinas de la motocicleta detenida, la saluda por su nombre. Ella contesta el saludo y baja a recibirlo.
106. Escaleras abajo, Amparo Mathews pasa corriendo. Girando en un pasillo lateral, donde las luces están más tenues, queda a punto de chocar con la silenciosa silla de Verdiell, que viene en dirección contraria. Amparo reprime un grito y aminora su marcha, girando para ver pasar a ese extraño hombre que no se ha inmutado, aunque la miró fijamente. Luego sigue su camino.
107. Verdiell observa las vitrinas con antigüedades de oro de la época colonial. Se detiene frente a una vitrina más grande, perpendicular a las demás, donde se encuentra la invaluable Custodia de Riobamba Antigua, una pieza de oro macizo de más de un metro de alto.
108. Amparo finalmente llega al patio donde Pedro Luis la espera con ansia. Él da unos pasos a su encuentro y la besa en la boca. Luego de unos instantes, al separar sus labios, la luna aparece detrás de ellos, iluminando el encuentro. Llegó un detective uruguayo, dice ella, vino con dos personas y un hombre muy extraño, en silla de ruedas, recién casi me lo choco. ¿Podré hablar con Faluggi?, pregunta el joven. Te acompaño, y tomándolo de la mano, lo guía hacia el interior del monasterio.
109. Denisse camina por el atrio del Convento de la Concepción, disimulada tras la vestimenta de beata. Suena la alerta de su radio, la italiana contesta. Andrea pregunta si está entrando, ella dice que sí. Gira a mirar hacia el jeep estacionado, hace una seña levantando la mano y entra. Mario se baja del vehículo, lleva herramientas en las manos.
110. A través de una mira telescópica que sigue a Denisse por el interior de la iglesia, Andrea vigila los movimientos desde la balconada de un piso superior. Quita el seguro de su escopeta y espera.
111. Amparo ingresa a la sacristía, donde permanecen reunidos el padre Faluggi, Epaminondas Cano y sus dos asistentes con Verdiell. Pide permiso y se dirige al cura, le habla en privado. Pedro Luis ingresa y se mantiene aparte. El padre Faluggi le indica, con un gesto, acercarse. El joven da varios pasos, Epaminondas lo reconoce y se pone de pie, al igual que la asistente, dispuesta a detenerlo. Verdiell gira su silla, para saber quién es, de manera tal que, cuando termina de hacerlo, queda enfrentado al muchacho. Pedro Luis abre los ojos como si viera un fantasma, profiere un grito inesperado y lo noquea de una trompada en la barbilla, cobrándose venganza de lo ocurrido hace cuatro días en la marina de Martínez. De inmediato, los policías desarman a Verdiell y luego contienen al muchacho, preguntándole quién es, por qué hizo eso. En ese instante, se corta la luz. En la oscuridad, Pedro Luis dice: son ellos.
112. Mario está de pie sobre una silla. Tiene un casco de minero con la linterna encendida. A su lado, la hermosa monja que compone Denisse sostiene su pistola, atenta. El italiano corta el vidrio que protege al cáliz con un estilete de diamante mientras sostiene el retazo saliente con un succionador de ventosa. Terminada la operación, quita el pedazo irregular de cristal, se baja de la silla y lo apoya contra el pedestal de una imagen. Mira hacia arriba, iluminándola: la Virgen Apocalíptica con el índice en alto, parece estar perdonándolo. Para esto, Denisse, ha retirado la custodia de la vitrina. De repente se oye un disparo proveniente de la iglesia.
113. La nave de la iglesia está iluminada sólo por la luz de las velas allí encendidas. Andrea vuelve a disparar, el asistente del detective uruguayo cae herido a los pies del presbiterio. Epaminondas abre fuego, mientras la asistente, nuevamente armada, cruza la crujía en dirección a su compañero, al que arrastra tras una columna. Andrea vuelve a disparar y vuela un vitreau. Cano se protege de los vidrios y gira en busca del padre Faluggi que hace la señal de la cruz, rezando. Le indica por señas que pida refuerzos. El padre asiente y sale.
114. En la galería, el Padre Faluggi se topa con Denisse y Mario, que vienen en dirección opuesta, buscando una salida alternativa a la puerta principal. El cura no puede creer lo que ve, se llevan la Custodia de Riobamba con ellos. Mario le apunta con su revólver Taurus 82 B calibre treinta y ocho a la cabeza y le indica quedarse tranquilo y caminar.
115. En el interior de la sacristía, Amparo acaba de encender el grupo electrógeno que habilita unos pequeños tubos fluorescentes. Pedro Luis sonríe por volver a verla. Irrumpen en la habitación Denisse, apuntando al padre Faluggi, y Mario que apoya la custodia en el piso y cierra la puerta. Al ver al joven, Denisse le grita, en italiano, traidor, y dispara. Vuelan los papeles del escritorio y suena un ruido metálico al fondo de la habitación; Pedro Luis y Amparo se zambullen en el piso, cubriéndose. Traidor, vuelve a gritar la italiana. Mario le baja el arma. Denisse da unos pasos hacia la silla de ruedas e incrédula, ve que es Verdiell. Se arrodilla junto a él y le toca la cara, ¿Estás vivo?, le dice, ¿estás vivo? Verdiell, con los ojos entreabiertos, la mira cariñosamente. Denisse gira rápidamente. Pier Luigi, dice, salí de tu escondite. Pedro Luis se pone de pie con los brazos en alto. Denisse le dice: tú también vienes y lo apunta durante todo el trayecto. Verdiell pone en marcha su silla y, tomado de la cintura de Denisse, como novios, salen de la sacristía. Mario empuja al cura dentro de la sala, recoge la custodia y se marcha.
116. Epaminondas Cano sube junto a la asistente a la balconada superior del monasterio, pero allí no hay nadie. Cano recoje unos casquillos del piso, haciendo una trompita con su boca y negando con la cabeza. Su asistente baja el arma, abatida. Epaminondas se acerca al rosetón vidriado que da a la calle. Allí, Andrea alza a Verdiell y abandonando la silla a un costado, lo sube al jeep que se encuentra con el motor encendido en la puerta del estacionamiento. Denisse corre al otro lado del coche y sube. Mario carga la Custodia de Riobamba en el maletero.
Epaminondas y la asistente bajan, presurosos.
117. En la calle, Rubio Sunblad, al volante del jeep, baja ofuscado. ¡Qué hace mi cuatriclo ahí, Denisse! Pier Luigi nos traicionó, déjalo. De ninguna manera, mujer, mi cuatriclo no. Rubio, dentro de muy poco la policía estará aquí, debemos irnos. Andrea baja del auto, ¡Qué pasa! ¡Denisse, sube ya al auto! ¡Rubio! ¿Qué pasa con tu moto? No voy a dejarla, Andrea, ¡me costó diez mil dólares, la conocen en toda la ciudad! Ve a buscarla, dice Andrea, nos vemos en el Chimborazo. Y dicho esto, se sube al jeep y lo saca rugiendo de ahí.
118. Rubio desenfunda su revólver, entrando al acceso del estacionamiento con sigilo. Corre los últimos pasos que lo separan de su motocicleta. Al llegar a ella, guarda el revólver en la cintura y se sube. Cuando se eleva para patear el arranque, Epaminondas Cano aparece por la puerta de la galería apuntándolo. Rubio Sunblad se vuelve a sentar, las manos en alto. Epaminondas lo rodea y con una sola mano, fruto de años de oficio, lo esposa.
119. El asistente del detective uruguayo yace herido sobre el embaldosado de la crujía. Su compañera se encuentra en cuclillas a su lado, dándole palabras de aliento. El cura Faluggi, sentado en el primer banco, mira fijo, muy impresionado. Epaminondas Cano entra con Rubio esposado y lo acuesta, boca abajo, en el suelo. Amparo viene tras él proveniente de la sacristía. La policía ya está viniendo, dice, y esquiva en su recorrido a Rubio que, desde el piso, mira con furia a Jesús crucificado.
120. Mientras tanto, en el jeep, Andrea maneja refunfuñando, con Verdiell sentado a su lado. Detrás, Denisse mira indignada a Pedro Luis, cabizbajo. No debimos dejarlo, dice Mario que mira hacia atrás. Callate, Mario, le dice su hermano. Yo me callo, pero el Francés… Denisse gira a mirar también, ¿No aparece?, pregunta. Mario niega. Déjenme ir por él, dice Pedro Luis, si lo atraparon pueden cambiarme por él. Andrea frena repentinamente el auto. Dame tu radio, le dice a Denisse.
121. En el interior de la iglesia suena la alerta del radio en la cintura de Rubio. Epaminondas Cano señala a la asistente y le indica contestar. ¡Hola!, dice. ¿Quién es?, pregunta del otro lado Andrea. Policía uruguaya, contesta la asistente. ¿Dónde está Rubio? En el piso, esposado. Epaminondas, el padre Faluggi y Amparo están todos expectantes por la frase siguiente. Vamos a cambiarles nuestro rehén por Rubio, dice del otro lado el italiano. Epaminondas asiente. Bueno, tráiganlo, transmite la asistente. Vamos a cambiarlos en el patio del monasterio, en unos minutos. Téngalo en la puerta.
122. Y quítenle las esposas, agrega. Andrea gira en medio de la calle y regresa al Convento de la Concepción. Al día de hoy te has salvado cuatro veces, le dice al muchacho, ojeándolo por el espejito retrovisor. Pedro Luis mira hacia fuera, desairándolo. Mario saca su revólver y le quita el seguro.
123. En la calle Argentinos, la del monasterio, hay una ambulancia cruzada y tres móviles policiales alineados, todos con las sirenas encendidas pero sin emitir sonido. Rubio Sunblad está con las manos en alto, custodiado, en mitad del patio delantero.
El jeep aminora su marcha y pasa muy despacio frente a los demás autos, ante la mirada de varios policías de Riobamba, muchos de ellos apuntando sus armas. Andrea gira y en dos maniobras, esquivando la silla de ruedas abandonada, queda en dirección para salir. Desde adentro, abren la puerta trasera.
124. Bajo el pórtico de ingreso, Epaminondas Cano, junto al superior ecuatoriano, baja la cabeza, cediéndole el mando. El comisario levanta una mano y el policía junto a Rubio lo deja ir. Rubio camina unos pasos con las manos levantadas, luego las baja y se apresura a subir al vehículo.
125. Pedro Luis se baja por su lado, antes de cerrar la puerta, mira a Denisse, las luces de las sirenas giran sobre su piel, se miran a los ojos. Pedro Luis sonríe y cierra la puerta despacio. La italiana suspira.
126. El jeep sale de la calle empedrada, el comisario grita fuego. Una balacera múltiple cae sobre el auto de los italianos, que se aleja. Los tiros se repiten una vez más y otra, hasta que el vehículo queda fuera del alcance. Uno de los autos se enciende y comienza la persecución, detrás sale un segundo móvil.
127. El comisario, Epaminondas y la asistente cruzan el patio, traspasan el pórtico y suben al tercer móvil.
128. Amparo corre al encuentro de Pedro Luis. En el mismo sitio del patio donde se vieron por primera vez, se abrazan. Pedro Luis le pregunta si el cuatriciclo sigue allí, donde lo dejó, en la calle del estacionamiento. Amparo dice que sí, pero no vayas, que la policía lo resuelva sola. Son muy peligrosos, agrega, hace un minuto se tirotearon dentro de la iglesia. Ya sé, los conozco, pero sé cómo ayudar. Volveré en un rato, con el detective. A un lado, los camilleros sacan al asistente de Epaminondas y lo llevan hasta la ambulancia. Pedro Luis espera a que pasen y la besa en la boca, luego se aparta en dirección al estacionamiento. Amparo queda sola unos segundos, luego corre tras él.
129. Pedro Luis enciende el cuatriciclo en el acceso al estacionamiento y de pie sobre la moto gira hasta quedar de frente a la calle. Allí, a la luz del faro delantero, ve llegar a Amparo. Voy contigo, dice la joven. No, Amparo, no, contesta Pedro Luis. Ella se sube atrás, conozco el lugar, agrega, vamos.
130. Por las callejas de Riobamba, ricas en fachadas coloniales, los dos jovencitos marchan veloces, sus pelos volando al viento.
131. Subiendo la gran lomada rumbo al caserío de palafitos, el cuatriciclo va dejando atrás una nube de polvo que la luna atraviesa con sus rayos.
132. Luego ingresan al camino rodeado de vegetación desde donde se divisa el caserío. Pedro Luis le señala el sitio, le dice que allí es donde lo tuvieron secuestrado. Al acercarse, se divisan las sirenas policiales, hay un gran despliegue y los habitantes están convulsionados, asomados a las galerías de los palafitos. Pedro Luis y Amparo se bajan de la motocicleta y él la lleva hasta la cabaña que ocupara hasta esa tarde.
133. Amparo lo espera afuera. Pedro Luis vuelve a salir, han dejado todas sus cosas, dice. Acompáñame, y la toma de la mano, caminando perfectamente de perfil, la vista fija adelante en la cabaña del Francés. Pedro Luis sube presuroso las escaleras e ingresa. Allí, Epaminondas Cano y el superior ecuatoriano revisan el lugar junto a algunos asistentes, entre ellos la mujer. Buscan pistas en los papeles junto al transmisor de radio. Señor Cano, dice Pedro Luis, se han ido dejando sus cosas, ¿se llevaron el avión? Epaminondas niega con la cabeza. El superior ecuatoriano pregunta, ¿Quién es usted, joven? Él responde: mi nombre es Pedro Luis y fui capturado hace cuatro días en un robo similar al de hoy en Buenos Aires, ¡creo que sé dónde van! Epaminondas Cano lo mira profundamente, asintiendo, invitándolo a hablar. Oí que decían de encontrarse en el Chimborazo. Un policía ecuatoriano irrumpe en el cuarto, ¡Jefe, venga a ver!, dice.
134. En el exterior de la cabaña, una hilera de campesinos con antorchas encendidas y linternas, sus niños y algunos animales domésticos, emprenden el éxodo del poblado. Formando una columna, van con instrumentos variados, platillos y algunas trompas metálicas, haciendo bastante ruido. Epaminondas Cano enarca las cejas en señal de pregunta. Es la procesión de la Candelaria, no puedo detenerlos a todos, contesta el jefe de policía.
135. Pedro Luis y Amparo están dormidos en la cama con tules que usaran con Denisse la noche anterior. Al despertar, el joven se queda mirando a la chica, aún con los ojos cerrados. Sonríe y se acurruca junto a ella, la abraza fuerte, la besa. Ella, entre sueños, murmura, para luego abrir los párpados lentamente y sonreír. Mira a su alrededor, sin moverse de su sitio. Pedro Luis le dice, nos quedamos dormidos. ¿Qué hora es?, pregunta ella y fijándose en su reloj, se responde, las ocho. Debo estar al mediodía en Riobamba, ¿hay un baño? Pedro Luis se lo señala.
136. El joven se despereza en la galería del palafito, es un día nublado y muy húmedo. Pasó su primera noche tranquila en casi una semana y se siente renovado. Apoyado en la baranda de madera de la galería, observa al Piper blanco y rojo que aún permanece en la pista de tierra. De repente, frunce el ceño y baja las escaleras pensativo, para luego correr hacia allí.
137. Amparo sale da la cabaña, con el pelo atado, lo busca y lo descubre corriendo hacia el avión.
138. Pedro Luis se detiene junto a la nave, esta rodeada de un precinto policial. La puerta está abierta, la escalera sigue tendida. Sube por ella, da al interior del avión con el que cruzó Sudamérica.
139. Va hasta la cabina, mira buscando algo, abre un par de compartimentos superiores, revisa algunos papeles y vuelve a salir.
140. Afuera, se encuentra con Amparo. Se han ido todos, le dice. Pedro Luis, desde lo alto de la escalerilla, mira en dirección de la cumbre cubierta de nieves eternas. ¿Cómo hago para ir al Chimborazo? Baja y la toma de la mano. ¿Te llevo a Riobamba?, le dice. ¿Tu qué haces?, pregunta ella. Pedro Luis vuelve la mirada al volcán. Necesito saber qué pasó, ¿me acompañas? Déjame llamar al padre Faluggi, contesta la muchacha.
141. De regreso en la cabaña control de pista, Amparo llama al párroco. Pedro Luis revisa la habitación, de un perchero toma unos ponchos y sobre una cama, encuentra y toma la mochila de motivos infantiles del hijo del Francés. Abre el armario donde queda un arma larga y de allí, toma una pistola lanzabengalas Webley & Scott de diecinueve milímetros y tres cartuchos fosforescentes.
142. El cuatriciclo sube la cuesta del Chimborazo. Llegan a un pequeño poblado con una proveeduría, también desierto. Se escucha música muy lejana de instrumentos de viento y de percusión. Pedro Luis pregunta a Amparo por el sonido, ella se encuentra frente a una máquina expendedora de gaseosas. Con las manos cargadas de latitas, contesta: es la Candelaria, van a estar festejando todo el fin de semana. Sigamos, dice él, quizás podamos festejar nosotros también.
143. A un lado del cuatriciclo, ambos se colocan los ponchos, Pedro Luis se quita el cinturón y se lo vuelve a colocar por encima. Amparo guarda las bebidas en la mochila del niño.
144. La motocicleta con la española y el argentino sigue viaje cuesta arriba, a más de cuatro mil metros de altura, por la cara sudoeste del Chimborazo.
145. Por un camino lateral, la muy ruidosa procesión de locales con estatuillas religiosas en alto, va marchando. Los hombres tocan música y las mujeres bailan o acarrean niños.
146. Pedro Luis y Amparo llegan a un parador turístico previo al ascenso de la cima, es una construcción cuadrada de material donde hay bastante movimiento. Los turistas recién levantados, algunos con toallas al cuello y cepillos de dientes en la mano, otros desarmando carpas y alistando sus mochilas en el exterior del sitio donde han pasado la noche, observan la llegada del cuatriciclo.
147. Más allá de la construcción, los móviles policiales están aparcados. A un costado, el jeep abandonado. Han quedado ahí algunos oficiales como base de operaciones, a la escucha de la radio. Pedro Luis y Amparo detienen la motocicleta. Le preguntan a un policía qué sucedió con la persecución. El oficial les dice que se han ocultado metros más arriba.
148. Pedro Luis y Amparo siguen su camino, cruzan un puente colgante sobre el caudaloso río de deshielo del glaciar de Thielman. La nieve derretida brilla sobre la vegetación, ahora más rala.
149. Andando por el manto blanquecino donde el camino se hace difícil de distinguir, se les cruza el gran danés y, ladrando, los persigue un trecho. De repente, un disparo pasa cerca de Pedro Luis, que agacha la cabeza instintivamente. Amparo lo imita y se agarra fuerte de su cintura. Vuelven a disparar, el perro sigue a su lado corriendo. ¡Didí!, le grita Pedro Luis, llamándolo. Cien metros más adelante, Pedro Luis detiene la marcha en un bajío rodeado de nieve barrosa. El perro se acerca y le lame la palma la mano y la cara, reconociéndolo. Pedro Luis le dice, ¡Didí, qué alegría verte! Luego le pide a Amparo que le pase la mochila, de ahí extrae la pistola de señales, la carga leyendo las instrucciones en el cartucho, y, cerrando los ojos, dispara un bengalazo fucsia que se abre camino hacia el cielo.
150. Por detrás de la pequeña colina, con un impermeable negro ondeando al viento, emerge acompañado por su asistente y por el superior ecuatoriano, la flaca figura del detective uruguayo, Epaminondas Cano. Lleva el revólver en una mano. Desde el suelo, Pedro Luis los saluda levantando el brazo. La comitiva policial se aproxima y se acuclilla junto a ellos. El joven les dice que les han disparado del otro lado del camino. Este es el perro del Francés, agrega, vino a nosotros ladrando, seguramente se les escapó, deben estar a pocos metros.
151. En una hilera desperdigada, encabezada por el Francés cargando la Custodia de Riobamba, Denisse cargando al niño y Mario llevando a Verdiell en brazos, todos muy fatigados, la banda de saqueadores de antigüedades camina con la nieve hasta las rodillas. En segundo término, vienen Andrea y Rubio con las armas en sus manos, uno acarreando el cáliz de Santa María de los Buenos Ayres y el otro el morral con el códice jesuita. El Francés les grita y todos intentan apurar el paso. En la gran extensión blanca del paisaje, hay ojos de agua despidiendo vapor. El Francés llega hasta una cueva en la roca.
152. Desde lo alto del cráter volcánico, la hilera de hombres entrando en la montaña se ve diminuta.
153. Pedro Luis y los agentes uruguayos le dan a olfatear al perro gran danés la mochila del pequeño hijo del Francés. El perro comienza a correr inmediatamente en dirección a las alturas, sus patas flacas bajo el peso del cuerpo lo hacen hundirse hasta el pecho en la nieve. Todos los demás lo siguen, Amparo y Pedro Luis en una segunda línea, como lo dispone Epaminondas.
154. Un helicóptero sobrevuela al grupo, el superior ecuatoriano le hace señas para circunscribirlo a la operación. Del gran danés, adelante, sólo emerge la cabeza de la nieve, el perro se va abriendo paso como puede, con vigor notable, llegando a la parte más alta donde están los géiseres de agua caliente y la roca volcánica, grisácea, se abre entre la nieve acumulada. Didí da su último trote y llega a la cueva.
155. Tras los promontorios de lava petrificada, la policía uruguaya y ecuatoriana se parapeta: finalmente han logrado acorralar a la banda en la cumbre del Chimborazo. Desde lo alto, el helicóptero domina la situación.
156. En el interior de la caverna, una amplia galería de formaciones rocosas muy extrañas, el Francés recibe al niño de brazos de Denisse y lo deposita en el suelo sobre su chaqueta. El perro, exhausto, se tiende a su lado. Los maleantes están abatidos, se tienden uno a uno en el suelo, cayendo rendidos, exhalando vapor por la nariz y la boca. Son una sombra de los glamourosos ladrones que han sido. Al centro de sus cuerpos rendidos se eleva el botín dorado, el fruto de su ambición.
157. Verdiell emite unos quejidos y Denisse, bastante desmejorada y angustiada se le arrima y le acaricia el pelo mientras le da aliento al oído. Mario respira por la boca, hace círculos acompasados con el hombro como si se lo hubiera dislocado o lo tuviera acalambrado. Rubio y Andrea han dejado sus armas tiradas y se convidan fuego, compartiendo un cigarrillo. El Francés, sentado en una roca, con los antebrazos sobre los muslos, las manos distendidas, tiene la mirada clavada en el suelo. Mecánicamente extiende la mano y acaricia la cabeza de su perro.
Cierra a negro.
158. Amparo está desnuda y jadea, sus pechos saltan al ritmo de los empellones de Pedro Luis detrás. Ambos están de pie, ella tomada con las manos de una cómoda de la habitación de hotel. Se corren. La mujer gira y lo enfrenta, besándolo. Sus rostros están transpirados y se dicen pequeñas palabras de amor. Suena el teléfono en el otro extremo de la habitación con amplios ventanales a la calle y pisos de pinotea. Amparo corre desnuda y se tira en la cama para atenderlo. Pedro Luis, en su versión más erguida y masculina, con el aplomo de la aventura y del sexo reciente en su figura, camina hacia ella y se sienta a su lado. La toca en las nalgas mientras ella espera que le pasen el llamado. La muchacha se vuelve, riendo, él cambia a tocarle los pechos, entonces. Amparo le pasa el tubo, es para ti, dice, tu tía Elba. Pedro Luis toma el tubo y pregunta: ¿Llegaste? ¿Estás con mamá? Bueno, ya bajo. Mientras tanto, Amparo hace de las suyas en la entrepierna del muchacho. Pedro Luis la mira hacer y con una expresión de satisfacción en sus ojos que se entrecierran, cuelga el tubo y cae de espaldas en la cama.
159. En el comedor del hotel que conserva el estilo colonial, el grupo compuesto por Epaminondas Cano, su asistente mujer, el asistente con el brazo en cabestrillo, el superior ecuatoriano, el padre Nelson Faluggi, Amparo y Pedro Luis recién bañados, junto a Elba y su madre que no dejan de tocarlo, toma café en la sala con gran mesa cuadrada al centro. Se los ve satisfechos y relajados. Por una puerta, desde el hotel, ingresa un señor mayor y dando un aplauso para llamar la atención general, dice: Señores, el periodismo los espera.
F I N
Títulos finales
Inscripción en la Dirección Nacional de
Derecho de Autor número 507512
© Daniel Villar, 2006
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