miércoles, 30 de septiembre de 2009

“Todo roto”

A los quinesiólogos, traumatólogos y rehabilitadores del mundo.

1. La voz de Rosario pregunta al licenciado Olaya quién queda. Isidro, contesta yéndose Ángel y saluda en voz alta, ¡chau, Isidro! Desde el pequeño vestuario, sentado en la única silla que allí cabe, Isidro Iriarte se pone las medias mientras responde, ¡adiós, Ángel!, hasta mañana. Termina de vestirse de manera muy mecánica, a paso firme. Los últimos meses, desde su accidente, se ha cambiado y descambiado hasta seis veces por día, sacó la cuenta. ¿Te esperan, Rosario?, pregunta en voz alta. Sí, para ir al súper, por eso me voy temprano. ¿Temprano?, si ya es tardísimo, responde él a través de las mamparas, ¿qué vas a cocinar? No sé, algo fácil, fideos. Una vez listo, el muchacho mira a su alrededor, verificando no olvidarse nada y sale.

2. A un lado de la puerta del exiguo cambiador, de un perchero, entre pelotas de goma de color, colchonetitas y algunos aparatos más complicados apilados, descuelga su campera y un bolso. ¡Qué rico, fideos, con el frío que hace!, le conversa a la distancia a la recepcionista, con manteca, que a los chicos les encanta. Se termina de poner todo allí y comienza su camino hacia la salida.
3. Para eso, atraviesa el gimnasio, como denominan los quinesiólogos a ese lugar del centro. Las luces están apagadas y hay cierto aire de fin de fiesta. La máquina de isquiotibiales con el respaldar bajo, algunas colchonetas y sus almohadillas en el piso y los artefactos de equilibrio, el trampolín y las cintas de elongación, tirados. Rosario brega en voz audible, ¡mi campera!, ¿dónde habrá quedado mi campera? Buscala, la debés haber dejado por ahí. Como la tele ha quedado prendida en un eterno partido de rugby, Isidro desvía su camino y la apaga. Al regreso, se cruza con la pelota chata roja, y con todas las ganas, le da un boleo. La pelota chata roja da a cámara y allí se escribe:

“TODO ROTO”

4. En el pasillo de puertas de los gabinetes, algunos han quedado abiertos y otros no. Rosario se choca con él. ¿La encontraste? Acá estaba, ¿me firmás? Isidro encuentra el talonario a su paso, preparado en la recepción. Estampa una firma, le da un beso a la mujer y por el pasillo, saludando, parte a la calle. Tras la puerta vidriada esperan, tomados de la mano, el padre oficinista, marido de Rosario, fumando un cigarrillo, y sus dos hijitos, muy seguidos ambos, con uniforme de colegio. Son las nueve de la noche.

5. Las hermosas vidrieras de calle Arenales son objeto de atención para Isidro, aunque hace meses que transita por ahí. Las hay de trajes de baño coloridos, siendo casi invierno, de telas dispuestas de manera muy original y alguna de ropa clásica de hombre donde detenerse a fantasear un traje, las hay de sillas de acrílico transparentes y una de cerramientos con grandes fotos de vistas marinas. Allí, con ese fondo de mar artificial, es interceptado por dos mujeres. Un momentito, ¿dónde va?, dice la morena de rasgos quechuas. Isidro se sorprende, hola, cómo están. Y le da un beso a cada una. Yo te dije, relata la señora mayor, aquel que viene allá es Isidro, por tu forma de caminar, ¿viste? ¿Qué pasó que no vinieron?, las reprende el joven. Ah, no, con el frío que hace, como para andar en bicicleta estoy. La otra mujer, que la tiene tomada del brazo, lo mira resignada, haciendo una mueca y enarcando las cejas. ¿Qué vas a comer?, se despacha la anciana. Isidro pone la boca en trompita, lo ignora. ¿Querés cenar con nosotras?, tengo lentejas. ¿Con picante?, pregunta el muchacho. Con ajíes bolivianos que me trae esta señora. Isidro da media vuelta en respuesta y los tres emprenden camino, Arenales abajo.

6. Otro Isidro, mucho más barbudo este y de expresión huraña, algo tenso en la mirada, pero contradictoriamente histriónico, circula Arenales arriba con muletas. Va cantando “Vicious” de Lou Reed en voz alta, cuando sobrepasa a Ninfa del brazo de Angélica. La anciana le dice a la mujer, mirá ese muchacho, escuchá qué bien canta en inglés, andá, paralo. Angélica, vos que podés, paralo y decíle que le quiero hablar. Señora, no me haga hacer eso, después se desilusiona. Paralo, por favor, Angélica, alcanzalo y paralo. Angélica mira hacia donde se fue rengueando el muchacho, y dice, levantando un dedito, pero señora Ninfa, me aumenta a siete la hora. Bueno, refunfuña la otra, está bien, pero dale que se te escapa. La morena sale tras él, mientras la anciana queda apoyada sobre la baranda de un negocio de productos del país, a la sombra de un ficus. ¿Qué pasó?, dice al verla volver con la respiración agitada. No hizo falta que le dé alcance, va al mismo lugar que nosotras, a quinesiología. Y volviéndola a tomar del brazo, mientras ella piensa en lo que ha escuchado, le replica: pero el aumento me lo da igual. ¡Ah, también!, contesta la señora. Era por atraparlo, no por traer información, por informante te subo a seis cincuenta. Y se miran y ríen, frunciendo la nariz, cada una a su manera.

7. El licenciado Ángel Olaya entra al edificio de medios de comunicación empujando la silla de ruedas de su asistida por la rampa de descenso. Diligentemente, el guardia de seguridad ha concurrido a abrir la puerta lateral. El apuesto joven, bronceado y ágil, saluda con amabilidad y maniobra el ingreso. ¿Usted es Salomé Colandrea?, pregunta el policía. Sí, sonríe ella. Ah, encantado, mucho gusto, sabíamos que venía. Y para esto han llegado los tres al gran mostrador, donde una recepcionista y una guardia de seguridad los reciben con un saludo. Ángel se adelanta por un lado y se presenta. Tenemos una entrevista en la radio a las diez. Es la señora Salomé Colandrea, la candidata, interviene el guardia, para luego sonreír a la mujer, que sentada por debajo del nivel de la recepción, queda inevitablemente fuera de la conversación. Cada una de las mujeres de la entrada se dispone en combinación rítmica: la uniformada señala una camarita web, les vamos a sacar una foto y a requerirles los datos identificatorios, mientras que la secretaria añade, y después les vamos a pedir que vuelvan a salir e ingresen por la cochera, ahí hay un ascensor que los lleva directamente a la radio. Ángel mira rápidamente a Salomé y se vuelve abriendo las manos. Sí, bueno, está bien.

8. Completamente desnuda, en la pose retorcida que adquieren los que tienen frío y están de pie en medio de un vestuario, como ella, María del Carmen llora. Lleva, hay que reconocer, la gorra de nadar en la cabeza. Y baja la vista, apenada, para dejar de mirar, por el angosto margen abierto de esa ventana alta del vestuario que da a la pileta, al bañero. María del Carmen, la despabila suavemente su compañera, ¿no te vestís? Oteando por última vez en dirección al hombre, asiente con la cabeza, luego descuelga el toallón del perchero, se cubre y se sienta. ¿Vas a ir a inscribirte? Sí, vence hoy, y al mismo tiempo que se enjuaga una lágrima, sonríe, siempre lo dejo para último momento. No es para menos, responde la amiga mientras ultima los detalles de su partida, una se inscribe, se banca la cola, pero de ahí a que se presente un cargo; ahora, inscripto tenés que estar, eh, bien burocrático. Sí, responde María del Carmen, suspirando nuevamente entristecida. La otra joven se calza la mochila, le estampa un beso susurrándole fuerza al oído y sale. La chica, apenas cubierta y volviendo la cabeza a la ventana de vidrio ahumado, se diría que no tiene fuerzas ni siquiera para ponerse una media.

9. El Isidro barbudo, tras gafas oscuras, sentado frente al escritorio, ve entrar al Dr. Leiguarda que viene leyendo una ficha y se descubre la cara. Como no puede ponerse de pie, estira la mano. Buen día, Leiguarda. Hola, Iriarte, ¿cómo estás?, le responde mientras toma asiento, ¿empezaste quinesiología? Isidro baja la mirada al piso, esboza una sonrisa, no, dice. El doctor deja el papel sobre el escritorio, cruza las manos inquisitivo delante de su rostro huesudo y pregunta, ¿por qué? No, no sé, balbucea el muchacho. Mirá, Iriarte, vos tenés que ir a quinesiología dos veces por semana y usar el bastón canadiense, como te prescribí hace díez días, y después volver a verme, ¿okey? Isidro respira hondo por la nariz y ensaya una respuesta mirando hacia el ventanal, lo que le produce un momentáneo encandilamiento. Vuelve entonces hacia el doctor y dice, lo que pasa, yo pensaba, que si usted me va a obligar a usar muletas, porque yo bastón canadiense prefiero no usar… Es lo mismo, interrumpe el traumatólogo volviendo a la ficha y llenando una fecha que mira en su reloj. Sí, retoma Isidro, pero yo pensaba, que por ahí sería bueno, si me da un certificado para que me den licencia en el trabajo. Iriarte, a mí deprimido en tu casa no me servís, corta Leiguarda. Pero es que ir todos los días a trabajar, con muletas… ¿Ah, sí? ¿Y los discapacitados cómo hacen? ¿No trabajan entonces? Es que me da vergüenza, explota Isidro. El doctor le extiende una orden. Después te vas a divertir, vas a ver. Chau, acá tenés diez sesiones, volvé en quince días. Isidro toma el papel, dificultosamente se pone de pie, y rengueando va hasta la puerta del consultorio. Y usá las muletas, y la férula por afuera del pantalón. Isidro asiente y sale. ¡El que sigue!, gruñe Leiguarda.

10. Angélica entra al departamento con su propia llave, cuelga la cartera sobre el espejo del palier y lleva las bolsas por el pasillo hasta la cocina. Las apoya enseguida en la mesa y se sacude una mano contra la otra. Cantando un bolerito se dirige a la habitación de Ninfa, abre la puerta y bajando el tono, mira en su interior, pero no la encuentra. Vuelve a salir al pasillo y va hasta la habitación contigua. Ninfa, dice antes de entrar, señora. Traspone la puerta y da con ella: está tirada en el piso, extrañamente doblada. Me rompí la cadera, dice sin quejarse la anciana, menos mal que viniste. Ay, ay, ay, responde Angélica, y rápidamente se agacha junto a ella. A un lado ve la escalera bajita junto al placard y las puertas de la baulera superior abiertas, pero no pregunta nada.

11. Cuando la candidata aparece saliendo del estudio, Ángel Olaya deja la revista de deportes, se pone de pie, saluda a la secretaria de la pequeña recepción y comienza a caminar a un lado de la silla de ruedas, con las manos en los bolsillos. Salomé eleva la cabeza para mirarlo y dice, me fue bien. Sí, te escuchaba, hablaste lindo. Gracias, responde. El quinesiólogo la deja pasar primero por la puerta vidriada, ella sale al hall hacia la izquierda. No, vamos por acá, indica Ángel, hay escalera mecánica, y sonríe. La mujer vira y se detiene a la espera, él gira tras la silla y la impulsa.

12. Con el volumen alto, del equipo que se encuentra en el living pasando “Hi-Lili, Hi-Lo” por María Betânhia, Isidro ingresa al baño, lleva una larga bata de algodón estampada que deja caer al piso en su dificultoso viaje hacia la bañera, y desnudo como Dios lo trajo al mundo, se inclina, apoyando las manos sobre el borde más lejano de la losa. Luego gira sobre sí mismo, valiéndose sólo de la pierna derecha, y recostándose hacia atrás, a medida que dobla los antebrazos, se sienta en el otro borde. Así, transversal en la bañera, suspendido en el aire, comienza a retraer su rodilla izquierda en lentas flexiones, que le resultan muy difíciles de realizar. A cada movimiento del ejercicio, él lo acompaña con una respiración y una tenue cuenta. Su cara también hace fuerza.

13. En la pileta cubierta, María del Carmen pasea a Tristán por el agua tomándolo de las axilas, es un niño pequeño que expresa de muy extraña manera el placer que esto le produce. Eventualmente ríe, pero nunca deja de mostrar una reserva de temor en lo que experimenta. Es autista. La profesora de natación, a su vez, pareciera tener una alegría tan natural como uniforme. Se disfrutan mutuamente. Luego, cuando ella recoge de un canasto unos juguetes flotantes, el niño aprovecha y nadando como perro, se aleja en dirección a lo profundo. Con la agilidad de una sirena, y su suavidad, María del Carmen, que lo ha advertido, se le presenta delante, diciéndole, ¿adónde vas, Tristán?, y corrige su rumbo. Detrás del vidrio humedecido, abrigada, con la cartera bajo el brazo, la madre observa sonriente.

14. Angélica, con las manos entre los muslos, a la expectativa, mira entrar a la secretaria de guardapolvo blanco. Con igual tensión, pero aun así amable, Ninfa saluda. Mirá, quedate tranquila que en dos o tres horas viene el camillero a buscarte, bromea la recién llegada. Bueno, y bajando el tono, me joderé, dice la señora, por caerme yo sola. No diga eso, Ninfa, la señora le está haciendo un chiste. No, si ya sé, Angélica, ya sé. Pero la secretaria está recibiendo a dos jóvenes con vestimenta de futbolistas que se aproximan, y se ve obligada a acompañarlos. Ya estoy con ustedes, ya vengo. Ninfa asiente con una sonrisa. No sé si es tan en chiste, le dice a Angélica en voz bajita.

15. Ángel, el joven quinesiólogo, recorre el centro verificando las rutinas de todos los a su cargo. En diez estamos, señala a uno de los acostados en la camilla en plena fisioterapia. ¿Cuánto te queda, Ninfa?, pregunta a la anciana que pedalea. Recién empiezo. Diez minutitos, precisa Angélica, desde una silla, junto a la máquina de agua. Ah, bueno, bueno, ¿Isidro? Ya termino las de aguantar y me faltan tres de diez con una pierna. Okey, después a correr quince minutos, ¿de acuerdo? Isidro termina la permanencia, baja la pantorrilla y dice, tengo que dejar de fumar. ¿Ah, fumás?, se interesa el quinesiólogo. Sí, poco, pero sí, me falta el aire. Ángel hace un rápido gesto horizontal con la mano y dice: fundamental.

16. ¿Adónde vamos, Ninfa?, pregunta Isidro, cuando se sube a su lado, en la cinta de correr, mientras ella pedalea agotada. ¿Palermo, te gustaría? ¡Me encantaría, pero esta bici no me va a llevar muy lejos! Angélica se mata de risa, ¡y a él esa cinta tampoco! Isidro aprieta una serie de botones y comienza a caminar rápido, negando con la cabeza.

17. Este cebiche me encanta, dice Isidro luego de hundir la cuchara llena de sopa en su boca. Y apurado por tragar, habla: ahora, ¿cómo es que vos hacés cebiche, si sos boliviana? Por que soy de Copacabana, del lago Titicaca y allí también hacemos cebichito, nada más que no le llamamos igual. ¿De Copacabana?, ¡yo estuve! En el noventa y ocho, durante la Candelaria. Ninfa disfruta de la charla, mirando al muchacho con devoción, mientras come muy educadamente. Ay, la Candelaria, dice Angélica, nostálgica, y clarea su garganta con un fondito de vino. Cuando vine para acá, hace veinte años, me la perdí, lo último que vi fueron los preparativos. ¿Hace veinte años que estás acá?, pregunta Isidro y le sirve vino y luego a Ninfa, que le señala amablemente, con una mano, hasta ahí. Veinte años, reflexiona, y doce con la señora, y levanta la copa y todos brindan. Y no he vuelto más. ¿Ni una vez? La copacabanera niega, los labios fruncidos. Y desde que estoy acá, nunca me tomé vacaciones; una semana, una vez. Y eso que le ofrecí hasta acompañarme en las mías, aclara Ninfa, pero ella no. ¿Y sabés que más, Isidro? No conoce el mar. ¿No conocés el mar? ¡No!, dice simplemente Angélica. ¿No fuiste nunca a Mar del Plata?, insiste incrédulo Isidro. ¡No! Ah, tenés que ir, te va a encantar. Sí, la señora me ofreció un departamento que tiene, y se pone de pie, pasándose una servilleta sobre la boca, traigo un poquito más, dice, y sale hacia la cocina. Ninfa mira a Isidro a los ojos, que todavía no lo puede creer. La mujer levanta la copa y toma, mientras calla.

18. El Isidro barbudo va y viene por el living de su departamento. Se refriega una palma contra la otra, nervioso. No voy, no voy, no voy, ¡no voy! Y toma un bolso armado de encima del sillón y arrastrándolo por el piso, lo tira al fondo de la habitación. Va hasta el teléfono y disca, su respiración se ha agitado. ¿Hola, mamá? Má, tengo una de esas históricas, no voy. Del otro lado replican, las pupilas de Isidro se mueven, expresando dificultad. Porque no, má, no quiero, no puedo pasar por el caos de Retiro, hoy, como estoy. Del otro lado insisten, él responde, no sé lo que me pasa pero no puedo, me quedo y punto. Y el pasaje ya veré, llamo ahora a ver si se puede dejar la fecha abierta y si no, no sé, lo perderé. Bueno, te dejo, perdón, chau, un beso. Sí, llámenme en nochebuena, voy a estar acá. Y corta con un botón y llama inmediatamente a otro número. ¿Hola, Dante? ¿Podés venir? ¿Ahora?, gracias, te espero acá.

19. La piscina nocturna, un haz de luz cae oblicuo al centro, surcándola hasta las profundidades. Allí, conteniendo la respiración en su última posibilidad, la madre de Tristán vestida de pies a cabeza, con la cartera bajo el brazo como es su costumbre, se ahoga. Sobre la superficie, pero vistas desde abajo del agua, una filita de viejas patalea al ritmo de un ejercicio de bicicleta forzada, sentadas sobre los flota-flota de colores, pero se diría que no la ven. Por el andarivel contiguo, en plena rutina de nado, con gorrita y antiparras puestas, Isidro se desespera al comprobar que nadie hace nada y tras dudar un instante, viendo a Tristán en una inesperadamente clara actitud de pedir socorro desde el borde, se sumerge. En lo azul del agua, el muchacho bucea rumbo a lo hondo cuando la antiparra se le desprende de la cabeza. María del Carmen ríe, como borracha, desde una banqueta, mientras el bañero le besa el cuello con sensualidad. El joven toma a la madre con ambos brazos, ella gesticula desesperación, el abrigo de gamulán desprende burbujas torrenciales, la cartera ingrávida asida de la manga. Con toda la fuerza posible, las rodillas del muchacho se flexionan sobre el suelo de la pileta e impulsan a ambos cuerpos hacia arriba. Desde allí, vemos la cara de Isidro en mitad del rescate, a punto de lograr emerger del agua con lo justo y necesario.

20. Isidro despierta abruptamente, sin aire, vestido como quedó en su cama, en medio de la noche. La televisión está prendida, el joven se incorpora y la apaga. Vuelve agitado a sentarse y en la oscuridad, recupera el aliento.

21. Visto desde arriba, el círculo que forman hombres y mujeres en su abrazo, parece un ritual primitivo. Alguien dice, por los que estuvieron antes que nosotros, por los que ya no están y por los que están sufriendo ahora, y repiten todos, solos no podemos, juntos sí. Y se separan. Isidro se sienta, levemente avergonzado, apoya las muletas a un costado y extiende la pierna rígida. La persona más importante del grupo es el nuevo, dice una voz, voy a preguntar, ¿hay alguien nuevo hoy? Isidro levanta la mano, y se nota que alguien más también, porque enseguida baja la cabeza en forma de saludo. ¿Querés presentarte?, invita quien coordina la reunión. Sí, soy Andrés, ya hice algunas terapias anteriormente pero ninguna funcionó, así que vine para acá, escucha Isidro atentamente. Y bueno, soy anestesista, y si bien yo, que ya tengo cuarenta y dos, nunca había probado nada, me hice adicto a los opiáceos que se usan en mi trabajo, inyectables. Isidro frunce el ceño. Ya nos vas a ir contando, lo detiene la voz, si vas a querer seguir hablando después, levantás la mano y te anoto, ¿sí? ¿Y vos, compañero? Isidro, interpelado, se yergue en su asiento, tomando con una mano la férula para ello, y respira hondo antes de hablar.

22. En el espejo reticulado, se reflejan los cuerpos de Isidro y del Salteño, haciendo equilibrio cada uno sobre un aparato distinto, la pelota chata roja y el trampolín. En una pierna ambos, Isidro sobre la izquierda, el Salteño sobre la derecha, realizan una tanda de flexiones. Este yo no lo hago ni con la pierna sana, dice el de tonada norteña, y se cae. ¿A vos cuántos te dan?, replica el porteño por adopción. Diez de un minuto, contesta el otro volviendo a intentar el ejercicio. A mí me dan tres, ¿por qué será?, ¿vos sos jugador de fútbol profesional? No, nada que ver. Ah, pensé. No yo soy, ¡era!, jugador de rugby, dejé. ¿Por la lesión? No, ya iba a dejar para venir a estudiar acá y en el último partido… Para despedirte, interviene Isidro. Sí tal cual, contesta el Salteño. ¿Qué pasa que hay tanta charla acá?, ya parecés tu primo, eh, dice Ángel mientras domina con el pie una pelota de goma blanca. ¿Vino, ese chanta?, se interesa el ex rugbier. Sí, pero estaba de perezoso, contesta el quinesiólogo haciendo jueguito con el balón. Sí, si aquel no dice mañana voy a quinesiología, dice mañana voy a ver si voy… Todos ríen, incluso algunos otros, acostados aquí y allá, sentados en máquinas, rotos todos. Ninfa, pedaleando, sigue la conversación y también sonríe por el comentario. Angélica se pone de pie y la toma de un brazo, ya están los quince, anuncia. La señora se deja ayudar, descuelga la cartera del manubrio y baja de la bicicleta.

23. En la camilla están acostados, vecinos, Ninfa e Isidro. Ambos con magnetos colocados en sus lesiones respectivas, a la cadera, a la rodilla. Qué increíble lo que contaba este muchacho, ¿no?, es tan gracioso, lo que le pasó, eh. Y el primo también, agrega Isidro, son graciosísimos los dos, son salteños. Me parecía que tenía un cantito, sí. Ahora, yo no sabía que le había pasado así, ¡qué mala suerte!, y desvía su mirada hacia el techo, afligido. Mi traumatólogo dice que lo mío fue un boicot, que lo hice a propósito, que si él hubiera sabido de qué se trataba, ni loco me hubiera dejado hacer lo que hice. ¿Pero qué hiciste, Isidro? Él vuelve su mirada a ella, y percibiendo su rededor, baja la voz y dice: surfear, de noche, drogado.

24. Viendo el rostro de Leiguarda, se podría decir que nació traumatólogo. Su frente, sus pómulos, la pera, tienen el mismo contorno huesudo de su carácter vasco. Indica sentarse a Isidro con poca expectativa, ¿cómo andás, Iriarte? Bien, bárbaro. El doctor levanta un ojo de la historia clínica, a ver, desvestite. El muchacho se incorpora, hace las muletas a un lado, se quita la campera y dice, empecé natación. El doctor ha rodeado el escritorio y ya señala la camilla, apuntando con una birome, ah, muy bien, muy bien. Isidro desprende su férula y se quita los pantalones. Caminando regularmente, hace los tres pasos necesarios y se acuesta boca arriba. Una vez allí, se relaja. Leiguarda le practica la revisión clínica a su pierna, primero el test de pivot shift, luego la prueba de bostezo, sus ojos celestes absortos van leyendo lo que sus manos tocan, finalmente parece sonreír. Estás bárbaro, vestíte que te doy diez sesiones de quinesiología más, ¿con el quinesiólogo todo bien? Sí, muy bien. Bárbaro, la férula ya no te la pongas, indica mientras toma asiento y se dispone a completar la orden. Cuando se la extiende, mira al joven más humanamente, ¿estás mejor, no, Isidro? Sí, y lo de la férula es una muy buena noticia. Pronto te voy a retirar las muletas, también, y arremete, incluso ganaste peso, ¿no es así? Sí, cinco kilos desde la operación. Muy bien, te veo en un mes. Isidro, que ya tiene la bolsa de los estudios en la mano y las muletas bajo las axilas, saluda y sale. Entonces, Leiguarda gruñe, ¡el que sigue!

25. María del Carmen se pone en cuclillas, ejemplificándole a Isidro. Desde su perspectiva más baja en el agua, no está nada mal para un viernes a la mañana. Pero su cara no lo expresa, si bien sonríe, y ella también, atiende las indicaciones, porque pregunta: ¿talón arriba? Talón arriba, confirma la instructora, ¿estás listo? Isidro asiente; con la gorrita puesta y mojado, su rostro se ve notoriamente más infantil. Como un bailarín tomado de la barra, el joven comienza a bajar, flexionando sus rodillas al máximo, y a subir hasta quedar en puntas de pie. Por detrás de él, la fila de señoras sobre flota-flota pasa pedaleando. ¡Eso!, derechito, incentiva María del Carmen. En un extremo de la pileta, mientras tanto, la figura taciturna del bañero sentado escucha a volumen bastante alto, “Si no te hubieras”, de Marco Antonio Solís en la radio.

26. Al regreso de una serie de crol, Isidro se frena en lo bajo. ¿Terminaste?, se arrima preguntando María del Carmen. El muchacho asiente con la cabeza, mientras aquieta la respiración. La nadadora se zambulle de pie a su lado. ¿Cansado? No, estoy bien, dice Isidro y hunde la barbilla en el agua. ¿Vas a empezar a venir dos veces por semana?, si querés como hoy, tomás dos clases seguidas, pero desde las nueve. ¿Los sábados no das? No, yo no. Ah, así podés salir los viernes, dice él, y vuelve a hundir el mentón en el agua, como si reposara ideas. Ella sonríe y se sumerge para salir a los pies de la escalera, donde Tristán, junto a su madre que lo sujeta de un brazo, vacila al borde de uno de los peldaños. ¡Hola, Tristán!, saluda María del Carmen, ¡uno, dos y…! ¡Uno dos y…! Y Tristán finalmente se larga, para dar en sus brazos emergiendo de abajo del agua, sus ojos cerrados. Isidro los contempla, admirando el amor de ella para con él, cuando es descubierto por la madre, que lo observa sonriente. Hola, se saludan mutuamente. El joven sale del agua, toma sus cosas de una banqueta y envuelto en el toallón, saluda de espaldas y se va.

27. Es la hora después del almuerzo, en el bar de una esquina sobre avenida Corrientes, en la parte de los barrios. La candidata, Salomé Colandrea, termina un café. La silla la aleja del borde de la mesa, pero salvo por eso que se presiente, el resto de su actitud es como la de cualquiera al tomarse un café. Ángel vuelve del baño, ¿nos terminamos el cafecito y salimos a pasear por Corrientes?, total hay que hacer tiempo, ¿o qué tenés que hacer, vos? Vamos, hasta cuatro y media, nada. Hay solcito, todavía, me estaba fijando, y adquiriendo un gesto de total seriedad que ahoga en el primer sorbo, dice, si tenés que ir al baño andá, Salomé, hay piso derecho y no te digo que son una maravilla, pero hay barra, y se ríe. Voy a ir, dice, y se aparta de la mesa, ¿vas pagando? Dejame a mí, dice Ángel bromeando, como si fuera a pagar realmente él.

28. Pasean entonces por la gran avenida, curiosamente los autos en dirección al centro casi no hacen ruido. Es un camino entretenido, hay que dejarse pasar en el quiosco de diarios, hay algún arreglo con cinta de precaución y desvío. La mano de Ángel interviene amable acomodando desde la empuñadura o indicando paso a algún peatón, discreta. Llegando a la ochava en la cortada, esperando bajar el cordón, Ángel se acuclilla y ajusta una mariposa de la horquilla de la rueda, descansa en una pierna, luego cambia a la otra, chequea la de la rueda chiquita a la pasada y sacudiéndose las palmas, se pone de pie, va hasta detrás de la silla y ayuda a cruzar, sonriente, explicando lo hecho, mientras mira a ambos lados.

29. Isidro está en plena sesión de adictos, sus párpados se cierran lentamente. Yo no estaba preparado para amar, escucha decir, ni para las cosas buenas que me iban a pasar, de tan mal que había estado siempre, tan acostumbrado que estaba a eso. Es una dicción pobre y trabada, espontánea a borbotones. Alguna de estas expresiones hace a Isidro abrir los ojos repentinamente y observar allí de donde provienen. Pero luego, tapándose la vista con una mano, incluso, se concentra en oír. Por eso siempre digo que al grupo vengo sí o sí, que acá aprendí eso, y bueno, quisiera comentar que además estoy enamorado, por primera vez en mi vida. Isidro no sonríe ni aspavienta demasiado, pero lentamente retira la mano de sobre su vista y eleva la cabeza hacia quien habla, que continúa; de alguien de acá, del grupo. Ahora sí el joven se tensa al escuchar y mueve rápidamente sus pupilas hacia los demás. Y mi enamorada es ella: y una mano gorda, de alguien treintón, señala la lánguida figura de María del Carmen, también sentada allí, en incomprensible traje de baño, con Tristán alzado, en malla y gorrita, los dos mojados.

30. Isidro abre lo ojos, turbado, en el colectivo. Su cabeza está apoyada contra el vidrio, parece estar sabiéndolo ahora. Escudriña la calle y se da cuenta de que no está tan lejos. Se pone lentamente de pie, desencaja su par de muletas de entre los hierros del coche y calzándoselas bajo las mangas, da un único paso hacia el chofer, se las quita de las axilas, e inclinándose, le dice, me bajo en Arenales, ¿puede ser por adelante? Pero cómo no, contesta el conductor, déle tranquilo. Luego la gente que espera por subir, se hace a un lado en grupo. Isidro, las muletas primero, él después, va descendiendo escalón por escalón, hasta llegar a tierra firme. ¡Muchas gracias, caballero! Gracias.

31. El Isidro barbudo, recién operado, lo percibimos en su férula de la que asoman unos vendajes teñidos de iodo, en su melena revuelta de varios días, en su balanceo inestable sobre las muletas al cerrar su departamento, sale al pasillo. La luz que entra por el ventanal dice que son las diez de la mañana. Gira con el procedimiento básico, adelantando una muleta en dirección a la salida y acompañando con la torsión de su cuerpo el despegue de la otra. Ya en paralelo, hace unos lentos y acompasados vaivenes sin apoyar la pierna izquierda para quedar encarando la escalera. Allí tiene que hacer uso de su paciencia, y respirando hondo, comienza a bajar, primero las muletas al primer escalón, luego su pierna derecha que apoya diciendo, uno. Después las muletas al segundo escalón, seguidas de su pierna derecha que apoya, dos. Cuenta treinta y nueve escalones. Más tarde, de nuevo en lento vaivén por el largo pasillo a través del patio de luz y de ahí a la entrada. Allí, los giros que propone abrir una puerta, al fin el bullicio de la calle. Isidro se pone los lentes de sol, otro lento vaivén hasta el quiosco de la esquina. Hola, Marlboro Lights de diez, pide con fastidio.

32. Yo no supe que existían las drogas como hasta los treinta y pico de años largos. En esa época no se hablaba tanto como ahora, yo había estado ocupada con los chicos desde muy joven y mi marido no era un tema que tocara, por supuesto, y menos conmigo, dice Ninfa, en medio de un té, con una pierna fuera de la mesa a la que tiene sujeta una pesa, con la que hace flexiones. Isidro unta una tostada, es un tema largo, prologa, en los medios de comunicación está muy asociado a la delincuencia o a la mala vida, por decir así, pero las aplicaciones son muchas y no todo tiene que ver con la joda, ¿no? Me imagino, acota Ninfa, aunque dudosa, y se inclina y cambia la pesa de pierna. Yo además nunca fui de ir a las milongas, ni nada por el estilo, mis hermanas sí, aunque no creo que jamás se hayan drogado, tomarían una copita, yo vino empecé de grande, mirá lo que te digo, porque supe que hace bien al corazón. Una copita sola, interrumpe Angélica desde el lavadero, donde se enfrenta a una pila de ropa para planchar, y se ríe, doblando algo. Y bueno, retoma Isidro, las drogas también pueden usarse para concentrarse, para escuchar mejor al cuerpo, yo a quinesiología, a natación, voy siempre un poquito fumado, mejorás los ejercicios. ¿En serio, me decís?, se escandaliza Ninfa. Sí, lo único que pierdo la cuenta de la cantidad que estoy haciendo. Los tres se ríen, a carcajadas.

33. El viernes cumplo años, le cuenta la anciana al joven en la puerta del ascensor, esperando a que llegue, ¿vas a venir? Si me invitás, replica Isidro. Ninfa le acomoda la bufanda y se la mete dentro del buzo, por supuesto que te invito, sos mi nuevo mejor amigo, y se quedan mirando, sonrientes. Tuve una idea, para festejar, quería decirte, ahora vos no tenés ninguna obligación. El joven junta las cejas, intrigado. Pensaba si te quedás a dormir y al día siguiente nos llevamos a Angélica a Mar del Plata, a conocer el mar. ¿En serio me decís? A mi departamento, en serio, yo invito los pasajes. El ascensor llega, ¿sábado y domingo?, pregunta Isidro. El lunes estás acá para ir a trabajar. Me encantaría, ¿Angélica sabe? Todavía no, te quería consultar primero. Está bien. ¿Sí? Sí. Ninfa le da un beso y antes de separarse, cuando aun están cerca, le pregunta: ¿podrías traer unos porros a mi cumpleaños? Así nos llevamos de viaje. Cómo no, contesta él, y sube al ascensor. Ella espera a que arranque, maternal. Y le grita, cuando ya se ha ido, ¡es a las nueve, no traigas regalo!

34. ¡María del Carmen!, grita Isidro a la muchacha que camina delante de él, y la alcanza. Pensé que te quedabas, y se levanta los lentes de sol para hablarle, te invito a desayunar. ¿A desayunar?, pero mirá que no estoy con mucho tiempo. Dale, vení, acá en la esquina hacen un café con leche letal, y la toma de un brazo para convencerla. Ella sonríe y emprende la marcha, Isidro la suelta, ¿Tristán no vino? No, está enfermito. Él la mira de arriba abajo y le espeta: nunca te había visto vestida. Ella lo golpea con una mano, mordiéndose los labios.

35. Ángel apaga el motor frente a lo de Salomé. Hoy casi me convencés. ¿Así, por qué, qué dije? Cuando hablaste de las adversidades, me gustó esa palabra, que tienen que enfrentar las personas con discapacidad porque esta ciudad no cumple con las ordenanzas municipales, no sé, lo explicaste bien, diste algunos ejemplos que yo me agarraba la cabeza. Pero no me vas a votar, ¿no? Ángel sofoca una sonrisa, la mira a los ojos, no sé, todavía no sé. ¡Vos me estás haciendo la psicológica, tanta psicología deportiva! ¡No, nada que ver!, pero ya te dije, en casa somos todos peronistas, qué le voy a hacer. ¿Querés subir a ver el informativo, Juan Domingo? Ángel se ríe, asiente y baja del auto repitiendo, Juan Domingo…

36. En el centro de quinesiología se produce una situación poco habitual, todos los rotos se encuentran concentrados alrededor del televisor. Son los tantos finales de un partido de tenis entre Cañas y Federer. Ángel está sentado en la máquina de isquiotibiales, los demás, algunos sobre colchonetitas, otro que elonga y mira de reojo, Isidro pedaleando en la bicicleta, ninguno quiere perderse el triunfo del recuperado sobre el perfecto. Cosa que sucede, en un punto que es festejado a los gritos, en el momento en que Ninfa y Angélica aparecen por el pasillo de los gabinetes, sin entender nada. El griterío aturde a la anciana, sorprende a la morena y así, tomadas del brazo como están, sonríen, alegrándose por la alegría ajena.

37. Una ambulancia se detiene en la puerta del edificio de Isidro, el camillero baja del lado del acompañante y desliza la puerta lateral. Allí, expectante, sentado en una silla de ruedas, se encuentra la versión barbuda del muchacho. ¿Te podés pasar al asiento?, le preguntan. Sí, puedo. ¿Seguro? Mientras ya, tomándose del manillar del vehículo y elevando la cola, cambia de lugar. Muy bien, felicita el camillero, y pliega la silla, la baja y la vuelve a abrir con destreza, sobre la calle. Para entonces ya está ahí el conductor, esperá que yo te ayudo. No, está bien, ¿qué tengo que hacer, me paso ahí? Sí, ¿vas a poder? A ver, intento, y elevándose en la única pierna válida, que apoya sobre el estribo de la combi, en un sólo movimiento, Isidro queda a nivel y se tira a la silla, ya está. Así da gusto, y lo llevan hacia la vereda. Soy joven, es más fácil, ¿quiere abrir, por favor?, pide Isidro, tendiéndole las llaves. Pero van a tener que venir los dos, eh, es por escalera, perdón. Ah, repite uno de los camilleros mirando al otro, es por escalera.

38. Me muero de vergüenza, dice Isidro, mientras lo acarrean, un camillero en el extremo de las rueditas chicas, el otro detrás, por las empuñaduras. Está bien, no te preocupes, contesta no sin esfuerzo, uno de ellos. Son dos pisos, informa el muchacho. Al llegar al primero, habiendo confirmado que esté apoyado en ambos ejes, los auxiliares descansan. ¿Querés cambiar?, propone uno al otro. No, está bien, sigamos, y empuja la silla hasta el inicio del tramo siguiente. Gracias, muchachos. Uno, dos, tres, lo vuelven a elevar por ambos lados. Uno a uno, sube los peldaños el curioso trío, Isidro tomado de los apoyabrazos, la única precaución que le es posible. Una vez en el pasillo de su departamento, el joven vuelve a pedir que abran la puerta con sus llaves y es ingresado. Allí lo cambian a un sillón. Ágil, de una caja de navidad que hay depositada en el piso, Isidro toma una botella de vino y un pan dulce, y pide: acéptenmelos, por favor, y se las extiende, una a cada uno.

39. Isidro ingresa al centro y Rosario toma la carpeta de órdenes. No lo saluda pues habla por teléfono al mismo tiempo. Le da una para firmar y alejando el tubo de su boca, dice, Ángel hoy no viene. Él, con un gesto, pregunta por qué. No se sentía bien, susurra ella. Bueno, no importa, yo puedo hacer la rutina solo.

40. Angélica recorre el supermercado chino con un carrito bastante lleno. Frente a la góndola de los vinos, leyendo una listita, va tomando diferentes botellas. Corrobora las etiquetas con lo pedido y cambia alguna, se ve que no es su especialidad.

41. Ninfa toma un baño de inmersión lleno de espuma, parece estar festejando algo. Se seca las manos con el toallón colgado detrás suyo y del borde de losa toma un cigarrillo y los fósforos y lo enciende. Cuando se recuesta, suena el teléfono. Primero se frustra en un gesto, pero de inmediato se ve que no le importa y pita tranquila.

42. María del Carmen habla por teléfono, deja un mensaje. Hola, Isidro, cómo estás, soy María del Carmen, de natación. Bueno, quería saber cómo andaba tu rodilla y decirte que mañana yo no voy a poder ir porque estoy engripada y en la pileta contagio a todos, y se ríe de su propia ocurrencia y prosigue, pero vos andá igual, porque ya hablé con las chicas y una te va a supervisar, no te preocupes. Te dejo un beso, gracias por el café con leche del otro día. Chau.

43. Ángel toca el portero eléctrico del edificio sobre la calleja que termina en el regimiento. Se anuncia y vuelve, bajando las escaleras, hacia la vereda, donde el encargado barre. El quinesiólogo le extiende la mano, y mientras espera por Salomé, se pone a charlar.

44. En los casilleros de la pileta, ya en traje de baño, Isidro guarda sus cosas y cierra con candado. Cuando se dispone a bajar la escalera, el bañero lo llama, ¿sos alumno de Cuqui? ¿De María del Carmen?, sí. El bañero hace un gesto de contrariedad, María del Carmen, siempre me resultó un poco largo, y dándole alcance, superándolo en la escalera, le dice, hoy te voy a dar clase yo, ¿estás operado de ligamentos, me dijo?, ¿cuáles? Isidro se detiene y señalándose con precisión en la rodilla izquierda, refiere: cruzados anteriores, lateral interno y me fracturé el cóndilo, también. ¿Cuánto tiempo hace? Cuatro meses de la operación y seis desde el accidente. Cuatro meses, repite el bañero y lo deja pasar primero para ingresar a la pileta, y mirándole la pierna, estás bien, eh, muy bien para cuatro meses.

45. Los culitos de las viejas y sus patitas pedaleando pasan por el andarivel de al lado. Debajo del agua todo parece tener una calma natural, las luces del día que ingresan por la gran claraboya que corona la piscina, se tuercen caprichosamente al ritmo de la oscilación del líquido. Sólo la respiración de Isidro nadando surca esa paz. Diez, dice al llegar. El bañero asiente, bueno, salí nomás, estamos por hoy. Gracias, dice Isidro, estuvo entretenido, y sale. Mientras toma sus cosas de la banqueta, el guardavidas le pregunta, ¿querés miel?, vendo, es buena para las articulaciones. ¿En serio? No, broma. ¿Cuánto vale? El bañero le muestra dos potes, tres el chico, cinco el grande. Bueno, ahora bajo y te compro uno grande. Una pregunta, dice Isidro volviéndose, ¿me podés dar el número de Cuqui? Le quiero devolver un mensaje que me dejó. El bañero se rasca la cabeza y le dice, sí, ¿tenés para anotar? Isidro muestra el carné de cartón.

46. En casa de Ninfa suena “Can’t give you anything but love” de Duke Ellington, Angélica viene con una bandejita de canapés a medio vaciar y se cruza a Isidro en el pasillo. Intercambian una mirada rápida, están muy vestidos para la ocasión, el joven con una copa en la mano, la morena ocupadísima. Entre las varias señoras y algún señor presente, la cumpleañera conversa sin descuidar nada a su alrededor, muy atenta con todos. Un señor gordo y trajeado cuenta una anécdota divertidísimo, sobre un gato que es pisado por alguien y hace un maullido feroz que desata la risa de todos. Ninfa aprovecha para apartarse, se dirige al joven y brinda con su copa, estás guapísimo. Isidro se encoge de hombros, mirándose a sí mismo. Y más pícara e íntima, ¿trajiste lo que te pedí? El muchacho se limita a abrir su saco, del bolsillo interno emergen tres largos porros.

47. En el balcón francés que da a Arenales al mil trescientos, con las luces mortecinas de la ciudad en un sexto piso de fondo, Ninfa e Isidro fuman. Pero esto no hace nada, che. Y tenés que esperar, yo te dije que al principio, hasta que le encontrás la vuelta. Bueno, está bien, la paciencia nunca fue mi fuerte, y pita. Angélica viene a la habitación con sándwiches de miga en un platito. ¿Qué hacen ustedes dos? Llegás justo, dice la señora, me agarró un hambre, y suelta una carcajada. Isidro levanta las cejas, dame uno a mí también. ¿Puedo probar?, pregunta la morena. Ninfa, inclinándose hacia ella, le pone el porro en la boca. Angélica pita y tose. ¿A qué hora salimos?, pregunta el muchacho. Seis y media, no sé dónde puse los pasajes. Los guardé yo, déme otra, y vuelve a darle para fumar. Vengan, no se queden ahí, la que cumple años es usted, señora Ninfa, dice Angélica, yéndose. Ya voy, estoy conversando con mi amigo. Isidro toma el porro de su mano. ¿Entonces?, pregunta la anciana. Isidro pita y pensativo, dice: estoy enamorado de mi profesora de natación. Ninfa se vuelve hacia la vista nocturna de la ciudad, ¿y se lo dijiste?

48. Vestido como está, de ambo verde chillón de pies a cabeza, con unos lentes que nunca le ha visto y cofia, Leiguarda parece otro. ¿Cómo estás, Iriarte? Isidro, en la camilla, un poco asustado se ve, le dice bien, muy bien. ¿Listo? Sí, listo, doctor. Nos vemos después, ¿sí? Que le quede lindo, sugiere el muchacho. El camillero sonríe, y lo empuja en dirección al ascensor. Allí, el ascensorista los recibe con un saludo. ¿Quinto, Leiguarda? Así es, responde el otro. ¿Estás nervioso?, le pregunta al joven.

49. Salomé entra al automóvil, ayudada por Ángel que la deposita en el asiento. Me senté arriba del cinturón, dice la candidata. Sacalo vos, mejor, bromea él y la ayuda a levantarse. Ella, con esfuerzo, se lo quita de debajo de la cola. Sus caras quedan cerca y sus bocas también. Salomé sonríe inquieta, Ángel se diría que se queda helado, para luego salir. Ella lo mira irse, nerviosa, y bajando el espejito del acompañante, corrobora su aspecto. Por el reflejo, mira a Ángel guardar la silla en el baúl del coche. El quinesiólogo entra al auto, se acomoda frente al volante, y antes de encender el motor, como si fuera a decirle algo, se dirige a ella y la besa. Salomé corresponde.

50. En la terminal de Retiro, sentados al amanecer en las sillitas de la plataforma de partida, Isidro, Ninfa y Angélica esperan junto a los bolsos. Llamala, dice la señora. A mí me parece mala hora, dice la morena. Es muy temprano y yo estoy muy loco, contesta el joven. Nada que ver, es una hora muy romántica, replica la señora. Isidro disca en su celular, contestador, dice en un susurro. Angélica se ha puesto de pie y habla con un despachante de equipaje. Dejale algo dicho, dale, hombre, insiste Ninfa. Hola, María del Carmen, soy Isidro, te estoy respondiendo el mensaje que me dejaste, perdón por la hora. Estoy yéndome para Mar del Plata, pero quería decirte que te llamo el lunes, me gustaría invitarte a salir, sabés, hacer algo en la semana, fuera de clase. ¡Bien!, dice Ninfa cuando corta, Isidro no está muy convencido. Perdimos el micro, anuncia Angélica. ¿En serio?, preguntan al unísono los otros dos. La mujer asiente y los tres se echan a reír.

51. Por el ingreso a quirófano los camilleros dejan deslizar a Isidro. Arriba de la ventanilla, un Cristo crucificado bendice la sesión. El sitio, sumamente tecnológico y lleno de una luz tremendamente blanca, encandila al muchacho. El anestesiólogo gira y le habla, te voy a dormir para ponerte la peridural, no vas a sentir nada, y le acerca una máscara laríngea. Isidro lo toma de la mano, frenándolo, sos Andrés, ¿no?, y más bajo, de narcóticos anónimos. El anestesista mira a su alrededor y dice, quedate tranquilo, te voy a drogar.

52. ¡Por favor, señor! ¡Estamos llevando a esta mujer a conocer el mar! El gerente de ventas, detrás del mostrador, no sabe qué decir, con los pasajes en una mano y el vendedor que lo mira. ¡No lo sentimos partir!, acota Angélica. ¡Estábamos haciendo un llamado muy importante!, sobrecarga Ninfa, muy sonriente, mientras Isidro la mira tratándola de controlar. A ver, dice el gerente suspirando, y revisa la computadora del empleado. Gracias, muchas gracias, hoy es mi cumpleaños. Cuántos motivos, contesta no sin sarcasmo, el señor.

53. En asientos contiguos, la anciana y el muchacho duermen, completamente agotados. Angélica los mira, despierta como va y luego tuerce hacia la ventanilla, al paisaje de campo. Sonríe sola, mordiéndose una uña, recordando las travesuras que han hecho. Isidro parece inquieto, es que sueña.

54. En el centro quinesiológico, de noche, Isidro ha quedado encerrado. Va en camisolín de operado saliendo del vestuario, mientras llama, ¡Ángel!, ¡Rosario! Le cuesta arrastrar sus piernas desnudas, es como si cada paso fuera un triunfo. Los aparatos están vacíos, sin embargo, una extraña fuerza los mueve: los pedales de la bicicleta avanzan, la cinta de correr se mueve sola, las pesas de la máquina de isquiotibiales suben y bajan, la pelota chata roja se comprime y se descomprime. Isidro camina por el pasillo de los gabinetes abriendo puerta tras puerta, encontrándolos vacíos, hasta que finalmente, abre y ve a María del Carmen, en malla y gorrita características, sobre una camilla con un magneto puesto en la pierna. El joven, ayudándose con una mano y la otra para mover cada una de sus piernas, logra dar los pasos necesarios hasta ella. La toma de la mano, e inclinándose, la besa en la boca.

55. Delante de la luminaria de alta cirugía del quirófano, le colocan el barbijo a Leiguarda. Luego, el traumatólogo toma la rodilla desnuda de Isidro con ambas manos enguantadas, comprueba la estabilidad lateral y con un fibrón que le extienden, hace cuatro marcas alrededor de la rótula.

56. Las piernas de Isidro descienden del taxi, es acá a la vueltita, dice Ninfa y baja delante de Angélica, tapándole los ojos. Ay, señora, me da vergüenza. Aguantá, es un minutito, nomás, ¿oís el ruido? Isidro, que acarrea los bolsos consigo, paga por la ventanilla delantera. El trío se aleja en dirección a un edificio frente al mar. Es un soleado día de invierno, la costa de La Perla está hermosísima.

57. El muchacho tomó la posta, e ingresa al departamento tapándole él los ojos a Angélica. No, está bien, dice Ninfa que se ha adelantado, dejé la persiana cerrada. Bueno, menos mal, ¿puedo ir al baño?, pregunta la morena, recuperando la visión. Sí, vayamos todos, dice Ninfa, ¡Isidro, poné agua para el mate, ya venimos!

58. Ninfa toma un matecito, bueno, ¿lista, nena? Angélica está sentada en el futón del living, que han acomodado en paralelo al ventanal. Sí, dice, y se yergue. La anciana baja la cabeza dándole la orden al joven. Isidro, entonces, sube la persiana como si se tratara de un telón. La luz del día comienza a elevarse sobre el rostro de rasgos quechuas. Todavía no, todavía no, relata Ninfa. Finalmente toda la persiana está arriba. Angélica parpadea dando leves asentimientos, parece el Titicaca, concluye.

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Derecho de Autor número 571371
© Daniel Villar, 2007

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