LIBRO PRIMERO
“Cayetano & Cayetano”
MOMENTOS PREVIOS
Anteriormente a ésta noche, ha habido un día de viaje, no sin accidentes. Cabe aclarar primero el motivo del viaje mismo, empecemos por el padre, defender a los 57 años su tesis doctoral que versa sobre la desertización de La Pampa, cosa que será hecha con éxito horas más tarde, acabada esta pieza. El motivo del hijo es, en superficie, acompañar al padre, pero con segundas intenciones de conciliar profundas diferencias, algunas acuciantes, durante el trayecto. Fácil es para Cayetano, ocultarse de Cayetano, que así se llaman, igual, tras la máscara de avezado fotógrafo para la ocasión, que terminará por no poder registrar nada debido a problemas insolucionables con sus aparatos.
No sin accidentes, dado que hay uno, automovilístico, a la altura de Jacinto Aráuz, contra un viejo indignante, tanto como su carromato, sin seguro, que va a dar sobre el auto de los dos Cayetano. Con la edad de licencia totalmente vencida, insolvente para colmo aunque no pobre, lo que es peor, con toda su herencia dada, un viejo en los últimos días del verano de su vida, doblando veraniegamente a la entrada de su pueblo. Colisión frontal tuvieron, sobre el lado de Cayetano padre, al volante.
El auto irá a parar inesperadamente a la banquina opuesta, no a la propia, mientras que, apenas coleando, pesado, el otro entra desanoticiado a la misma rotonda que todos éstos años lo interna en el desierto. Los Ruiz, afortunadamente, han ido a dar a un también inesperado pajonal verde, en redonda loma que los amortigua. No de un poste, que sin dañar, golpea contra la puerta de Cayetano hijo, impidiéndole luego salir por ése lado. (Cayetano padre, mientras tanto, nadie sabe cómo, ha logrado no sólo salir). Lo primero que ve el hijo al recomponerse, es la silueta negra de su padre gesticulando detención a alguien a su vez más lejano. Con fuerza apenas para mover los ojos, ve la nave blanca contra la que han chocado que se aproxima lentamente a parlamentar, es la que él vislumbraba oxidada y polvorienta mientras le decía su padre no recuerda qué cosa.
PRIMER ACTO
Cayetano hace el primer intento de salir del auto, el vidrio se baja solo al intentar abrir la puerta. Repara en el poste, que está muy inclinado por el impacto, intenta volcarlo pero es en vano, sigue firmemente sujeto. Toma fuerzas y sale por el lado del conductor. Para esto, su padre ha regresado, cansadísimo.
Cayetano: ¿Estás bien, hijo? (Se acerca y lo samarrea.) ¿Te hiciste algo?
Cayetano no dice nada pero niega, se sienta en el suelo.
Cayetano: ¿Qué hiciste, le tomaste los datos?
Cayetano: Le dí una tarjeta… (se ha puesto en la posición del arquero frente al tiro del penal).
Cayetano: ¿Una tarjeta suya, digo tuya?
Cayetano: Sí, mía, no tenía para escribir, ni él, ni yo… (Reparando en el auto) Uy, mirá el auto, nos hicimos mierda, Cayetano.
Cayetano: La puerta de mi lado también se rompió…
Cayetano: (sorteando el auto, sonriente) ¿Nos frenó un poste, no? ( Y viendo) Sí, pero se hizo moco la puerta. (Cayetano padre hace el primer gesto dramático, llevándose la mano a la boca, para luego de un instante transformarlo rápidamente tomándose la barbilla con preocupación, está pensando en su doctorado.) Tendríamos que arrancar (se ve que no ha sufrido físicamente porque de un paso, sube al auto y lo arranca. Su hijo se sobresalta ante la cercanía del motor).
ENTREACTO
Vemos la escena del choque otra vez, pero ahora es noche estrellada. El desierto y su asfalto, la oxidez del cartel de paso a nivel amarillo a medio caer, y la insinuación de la entrada a Jacinto Aráuz. Una mujer joven embarazada, apenas suspendida sobre la ruta, sostiene su panza con ambas manos. Es una presencia. Va en ropa interior y lleva sus pechos tapados tras un leve tul que al mismo tiempo le cubre la cabeza. Se llama Mina y es la novia de Cayetano hijo. Posa renacentista.
Mina: (a él) Al principio pensé que no, pero después cuando vi las primeras ecografías, de ésas que tienen imágenes, no las comunes, me di cuenta que era tuya, tiene la misma nariz ancha.
(La escena se oscurece).
SEGUNDO ACTO
Hotel frente a la terminal. Habitación en planta baja con ventana doble de postigos de madera, que están cerrados, presumiéndose un lavadero exterior próximo, y más allá una angosta entrada para autos, la medianera y la calle. Las dos camas dispuestas paralelas, una de una plaza y de una plaza y media la otra, arropadas livianas con sábanas y manta. En el centro, un pequeño zapatero como mesita de luz, mantelito y velador. Delante arriba, una tele, asomando a la escena como un pajarraco oscuro. Ambos Cayetanos sentados en los bordes de sus camas, en calzoncillos.
Cayetano: Nos vamos a tener que quedar acá, hijo mío. (El joven desde su cama, diametralmente opuesto, se ríe distendiendo en una carcajada todo su nervio). Un asco... (Inesperadamente ágil, el viejo se mete dentro de las sábanas, abriéndolas en un sólo movimiento). ¿Apagás?
El hijo hace un gesto de empezar a explicar, pero desiste.
Cayetano: (todavía entre sonrisas) Decíme qué les costaba lustrar, el piso de abajo es setenta veces mejor que ésta imitación. (Se agacha y toma una muestra del flexiplast y la arranca, llevándose un trozo mucho mayor al esperado, lo cual hace que su viejo se incorpore, exasperado.)
Cayetano: ¡No! ¿Qué hacés loco? ¡Avisá, que después nos la fajan a nosotros!
Cayetano lo observa enarcando las cejas, un poco sobresaltado por su reacción, mostrando el trozo de flexiplast barato.
Mutis. El hijo en su gesto congelado de explicación, el padre congelado en su gesto inquisitivo.
Cayetano: Es una porquería...
El viejo se da vuelta, arropándose más que dándole la espalda y agrega:
Cayetano: Bueno sí, pero nos la van a cobrar como buena... (se ríe de su propio chiste).
Cayetano: (verdugeándolo) Ahora te reís, Cayetano (manotea el cable de la lámpara). Apago (y apaga).
Cayetano padre continúa riéndose.
Cayetano: (ríe mucho y entre dientes carraspea) … pagar por buena… (hasta que se extingue).
Mutis.
Los postigos recortan la luz de mercurio anaranjada, copiando los bordes de la madera sobre la pared. La ventana abierta deja pasar los ruidos de la noche afuera, unos últimos perros lejanos y algún que otro auto, cada tanto.
Cayetano: (palpando el colchón) Uy, no ¡esto es lo máximo! (Cayetano hijo prende el velador. El viejo asoma entre las mantas, se ve que ha seguido riendo todo este rato).
Cayetano: ¿Qué hay?
Cayetano: ¡Esto es lo máximo! (se pone de pie, diríase que eyectado, señalando el colchón con ambas palmas) ¡Le ponen un plástico para que la leche y el flujo no pasen al colchón!
Y hace una arcada con toda la lengua afuera y los ojos cerrados. Termina en un escalofrío que lo recorre eléctrico, de arriba a abajo. Y vuelve inspeccionante hacia su cama lo cual hace sonreír a su viejo que lo observa. El joven Cayetano levanta con impresión un ángulo de la sábana y lo retira como quien quita un pañal con caca. Cuando ve el hule que separa la ropa de cama del colchón, se retira asqueado.
Cayetano: No podés... no podés....
Cayetano: Dale acostate, ¿qué esperabas, el lecho del guerrero?
Cayetano: ¡Leche de guerrera!
Cayetano: Esta mañana casi nos matamos, tendrías que agradecer volverte a acostar.
Mutis.
Cayetano se sienta nuevamente al borde de la cama, como al principio, abatido.
El viejo Cayetano gira boca arriba, no se sabe si dramático o pensativo, diciendo en lentas palabras, suaves, mientras emprolija el doblez de la sábana sobre la manta.
Cayetano: La culpa fue de él, Cayetano. (Pausa). Mientras lo corría pensé en lo que habíamos venido hablando y cambié de idea (lo vuelve a mirar en éste punto) ¡Pare, pare! No lo tuteaba al viejo hijo de puta. Decí que estaba el paso a nivel, que me tuvo que ver, si llegaba a ser una recta, todavía estamos mirando la nube de polvo del catafalco ése... (e imitando la respuesta del viejo) “No lo vi, si yo siempre doblo acá.”
Cayetano: ¿Así que cambiaste de idea? (Cayetano hijo ha adoptado una posición similar de reflexión hacia el techo, echándose destapado, hablando con el mismo tono bajo que usó su viejo para cambiar de tema) ¿Pensaste en cobrar la indemnización?
Cayetano: (gira para mirarlo) Lo pensé, y en dividirla en cuatro y llevármela a tu madre a Méjico seis meses. El hijo gira y lo mira a los ojos.
Cayetano: ¿Me das la razón?
El viejo se calla. Parece ensayar una explicación en los gestos pero no habla.
Cayetano: Fue un momento de acción (sonríe) me puse emotivo.
Cayetano: (irónico) Un momento de acción... (gira para el lado contrario apagando de un manotón la luz).
Mutis.
Cayetano: No es la primera vez que casi muero en Santa Rosa, no me voy a ablandar por eso...
Cayetano: (con voz de que se está durmiendo) No es ablandarse.
Cayetano: (ignorándolo, siguiendo adelante) Estábamos con tu madre en un hotel mejor que éste, el San Martín. Por la tarde les habían dicho que íbamos a pasar la noche ahí, que no nos tocaran en la Universidad. Para mí venir acá era como estar de vacaciones, para ella no, siempre estaba preocupada. Venir solos a aventurarnos, ¡dejarte a vos!
Cayetano: (molesto) Dale, viejo…
Cayetano: Teníamos tu misma edad, Cayetano, hacíamos lo mismo que hacen vos y ... (cauto) Mina. Esa noche nos fuimos a dormir temprano, estábamos levantados desde las cinco.
Cayetano: Viejo...
Pausa.
Cayetano: ¿Qué?
El hijo se da vuelta en la oscuridad.
Cayetano: No, que ya lo sé, y me pone muy triste, ¿sabés?
Cayetano: Y bueno, ¿ves por qué no quiero cobrar? (Pausa) ¿Eh?
Cayetano: Pappone, quiero contarte algo… (el padre gira como para hablar, pero no lo hace, el hijo retoma) Mina está embarazada.
Cayetano: ¿Vas a ser... pappone?
Mutis.
Cayetano: No sé (se acomoda o gira).
Cayetano: (murmurando) No sabe… (retoriza, como si le contara a su mujer) ¿Y vos qué crees?
Cayetano: Que no. (Cambia el tono para dar inicio a una narración) Después de que me contó que estaba embarazada, lo primero que dijo fue: antes que me preguntes nada, no es tuyo. (Pausa media) No es la primera vez, ya, al mes de conocernos, me salió con un embarazo psicológico.
Mutis.
Cayetano: A ver, prendé la luz, Cayetanito…
Al encender, volvemos a ver a Cayetano & Cayetano. Están distintos, cambiados, y no sólo respecto de adaptarse a la luz y los pelos de dormidos, cambiados en la tensión, más parecidos a los momentos del choque.
Cayetano: Hoy te estaba por contar y nos chocaron. Es una necesidad que tengo, creo que por hablarte a vos, que sin haber tenido un padre, fuiste tan buen padre mío.
Cayetano padre acusa recibo, compungido.
Cayetano: (concluye) Estoy feliz de que hayas salvado tu vida dos veces. (Retoma) Por eso quisiera ser buen padre de Barbarita. Barbarita se va a llamar.
Cayetano: ¿ Barbarita? ¿Así le va a poner? ¿En diminutivo?
Cayetano: A mí me encanta.
Cayetano: Habrá que esperar.
Cayetano: En tu indemnización podés pensar ahora.
Cayetano: (subrayando tiempo y lugar) ¡¿Ahora?!
Cayetano: Papá, tenemos que hablarlo, sabés que no es común que pasemos un rato solos. Acá, ahora te tengo para hablar.
El padre se gira, apoyándose en los codos.
Cayetano: Si dijera que sí, me estaría dando por reparado, aceptando callarme, como si vendiera mi conformidad. Y yo no voy a perdonarlos.
Cayetano: ¡Si cobrás y me la das a mí, voy a sentir que me indemnizaron por quitarme a mi padre! ¡Y la voy a usar para ser padre!
Cayetano: (elaborando una posibilidad de acuerdo) Si es cuestión de guita, yo te presto.
Cayetano: ¡No quiero!
El viejo entonces gira, dándole la espalda.
Cayetano: (se incorpora, también apoyándose en los codos) ¡Papá!
Cayetano: Mañana, hoy me doctoro. En pocas horas más, Cayetano.
Cayetano: (suplicante) ¡Cayetano!
Mutis.
TERCER ACTO
La escena del doctorado, inmóvil, una mañana de agosto, Santa Rosa, La Pampa. Ante una concurrencia en su mayoría sentada, hay un jurado compuesto por tres mayores, dos hombres y una mujer. Al frente, suspendida en un gesto introductorio, la maestra de ceremonias. A un lado, detrás del único escritorio y munido de sus papeles, con la actitud humilde de quien es presentado, Cayetano padre dispuesto a doctorar. Ilumina la sala en todo su largo un ventanal por el que se ve, sin mayores explicaciones, el mismo fondo del Primer Acto: el desierto longitudinal bajo un cielo despejado. En la primera fila, Cayetano hijo sufre un atasco fotográfico. De todos los presentes en la clase magistral, es el único que no está en pose de audición.
(La escena se pone en movimiento).
Cayetano: En primera instancia, agradecerles a todos que hayan venido. (Pausa cortés). A los jurados, Antonia, Sartoris, Casamiquela (los señala, gentil) y a Cristina, que nos presentó. (Dirigiéndose a toda la clase) A los alumnos que presencian, muchas gracias, y a aquellos que han viajado, muy amables. (Se retrotrae, gira y se ensismima). El tema central de la tesis que me dispongo a defender, es un fenómeno oportunamente visible (apuntando ligeramente hacia el ventanal) en una mañana como esta: desde una altura así es posible observar el efecto de la desertización en el centro oeste pampeano.
(La escena se inmoviliza y oscurece).
ENTREACTO
Una mujer se aproxima a Cayetano hijo, es la presencia de su madre. Se agacha para quedar mirándolo a la altura de los ojos mientras le pone una mano al hombro, como quien busca transmitirle algo de importancia a un niño, y declara:
Madre: Va a estar de viaje un tiempo, Cayetanito.
Cayetano: (cabizbajo, con voz de niño) Papá pasa más tiempo con las piedras que con nosotros.
MOMENTOS FINALES
(La escena se pone en movimiento).
Cayetano: Eso le da a La Pampa un aire más primitivo, anterior. Ser bautizado La Pampa es como reconocer que no se tiene historia sino sólo geografía. La provincia mediterránea apoyada en el Colorado (y señala hacia allá correctamente) y diseñada con regla y ángulos rectos, remite, desde el nombre y constantemente, al mapa. Es tan alevoso el proceso que, por ejemplo, La Pampa, como provincia, subraya con sus límites el perímetro de las propiedades privadas. Y lo mismo pasa con los caminos y rutas, que, excepto transversalidades relativamente recientes, funcionales para el tránsito rápido a otros destinos, en la cordillera por ejemplo, dibujan los codos, bordean las primitivas estancias, no las atraviesan. Quiero decir: los caminos y límites políticos se dibujan a partir de la previa repartija de la tierra. Sólo rastrilladas abandonadas equivalentes culturales a los naturales cauces secos, indican la posibilidad de un ordenamiento diferente. Eso fue lo que se hizo con ése falso desierto.
(La escena se inmoviliza y se oscurece).
Cayetano hijo se pone de pie.
Cayetano: (con desesperación contenida) ¿Por qué, por qué? (Mientras, frenéticamente, intercambia la batería de su filmadora, la enciende, y abriendo la pantalla lateral o, alternativamente, mirando por el visor directo, comprueba que no funciona) ¿Por qué no me andan las baterías? (Y las prueba de nuevo, guardando la anterior en el bolsillo del saco) ¡¡Dos traje!! ¡¿Las dos me tienen que cagar?!
Cayetano: (prudente) Tené cuidado igual, hijo. Pensalo bien. A mí el accionar de ésa chica, que primero te dice que no y después que sí, que, según tus propias palabras, ya te fue en ocasiones anteriores con temas así…
Cayetano: Está en el quinto mes de embarazo. Y si las baterías no me andan, no puedo filmar tu doctorado.
Cayetano: (exasperado) Bueno parala un poco con la cámara, che. Aflojá.
Cayetano hijo lo enfrenta con la mirada, lo quiere estrangular.
Cayetano: ¿Querés que te estrangule?
Cayetano: Hoy recordé mejor que nunca el día que me entregué, hijo. La vigilia contigo me hizo acordar a la de aquella madrugada, con sabor a muerte próxima en la garganta.
Cayetano: Si Barbarita es mía, seré su padre.
Cayetano: Era la tarde y la hora/ en que el sol la cresta dora/ de los Andes. El desierto/ inconmensurable, abierto.
Mina, angelical, desciende a la escena.
Mina: ¿De mí nadie habla?
Caminando hacia el centro, ubicándose a un costado de ella, entra Madre.
Madre: ¿Y yo, qué pito toco en éste asunto?
EPÍLOGO
(La escena se pone en movimiento).
Los jurados están de pie en corro, se los ve conformes. Cristina, con gesto de consulta en suspenso, toma del brazo a un Cayetano más relajado ahora, incluso despeinado como quien termina una faena, que recibe de un señor con aspecto de geólogo menonista, unas calurosas felicitaciones. Madre se dirige para darle un abrazo mientras Cayetano hijo, toma fotografías.
Las luces se apagan, sólo el desierto permanece.
Telón.
LIBRO SEGUNDO
“Mina”
PRIMER ACTO
Escena 1
Estamos en plena oscuridad, sólo se escuchan las voces de los personajes hablando entre sí. Es el último momento de un orgasmo, ambos gimen sin gritar. Acaban.
Mina: Ah, Cayetano, tengo una inundación… ¿Te acordás cuando dábamos vueltas carnero sin sacarla? (Pausa) Estuve haciendo pelotudeces.
Cayetano: Drogándote…
Mina: No. Me fui a la villa a buscar un negro que me quisiera pegar un tiro.
Cayetano: Ay, Mina, otra vez con lo mismo… ¿Y Barbarita?
Mina: Con la vecina. Al final me fui a lo de Estelita…
Cayetano: La puntera…
Mina: …no, y nos quedamos hablando…
Cayetano: Duras hasta las cinco de la mañana.
Mina: No, si fui a la mañana y volví al mediodía. (Pausa) Quiero verte, quiero que nos veamos…
Cayetano: Bueno.
Mina: Fijate si puede ser éste fin de semana.
Cayetano: Bueno.
Mina: Yo acá no tengo dónde recibirte y no sé si vos querés que vaya… (Silencio) Te quiero, te necesito… ¿No nos vamos a ver nunca más?
Cayetano: ¿Por qué decís eso? Yo pensaba ir para allá, pero no me quiero meter en el ojo de la tormenta y vos la última vez que viniste para acá…
Mina: No me quería volver…
Cayetano: Sí, pero las cosas que dijiste, cómo te comportaste…
Mina: No me quiero ni acordar.
Cayetano: Y yo no me puedo olvidar.
Mina: ¿No nos vamos a ver nunca más? Porque si no voy a poder decir más te amo, te extraño, te necesito, quiero que nos casemos, prefiero olvidarte. Yo por vos, Gordo, por amarte, pasé frío a la intemperie, desconcierto, locura, falta de motivos para vivir. Tuve hambre, yo por amarte casi me suicido, me encerraron, hice cosas malas y no quiero sufrir más por amor, Caye, llorando por los rincones.
Cayetano: Mirá, para mí vos tenés que apoyarte en la parte sana de tu familia…
Mina: Mis hermanos no están sanos.
Cayetano: ¿Beatriz tampoco?
Mina: Tienen todos la cabeza comida por mi mamá. (Silencio) ¿Qué vas a hacer el fin de semana? (Silencio) ¿Eh?
Cayetano: ¿Otra vez con lo mismo?
Mina: Es que te recontraextraño, boludo…
Cayetano: ¿Querés que vaya para Santa Fe?
Mina: Es que no puedo recibirte.
Cayetano: Acá no estás invitada.
Mina: ¿Por qué?
Cayetano: Porque no te invito.
(Silencio)
Mina: Me dejas muda…
Cayetano: Lo que pasa es que no hay nada para decir…
Mina: Chau, nada más.
(Silencio)
Mina: Chau.
(Silencio)
Mina: ¡Chau!
Y corta la comunicación.
Escena 2
Ahora la luz se ha encendido, clarificando el contexto de la escena anterior. En un mismo escenario, divididos por un angosto tabique (que es en realidad una puerta corrediza de gran porte) vemos a la izquierda en una habitación incompleta, a Mina, una joven muy hermosa que da empujoncitos con un pie a un changuito de bebé fuera de cuadro. A la derecha del tabique, vemos a Cayetano, un joven un poco mayor que ella, en un medio sillón que hay en su parte del cuarto. Hablan por teléfono.
Mina: Estoy muy contenta, Caye, por algo que me ocurrió ésta tarde. Estuve jugando con los chicos de la cuadra al fútbol con la pelota que le regalaste a Barbarita.
Cayetano: No se la regalé, me la pediste.
Mina: Sí, porque yo quise que su primer regalo fuera una Penalty. No sabés, los pibes están enloquecidos, tocan el timbre y piden la pelota.
Cayetano: ¿Y vos?
Mina: Yo le pregunto a Barbarita si quiere prestárselas y ella se las dá. Ahora se la piden directamente a ella.
Cayetano: Y vos te jugás un picadito.
Mina: Sí, ¡necesito botines!
Cayetano: Ay, Mina…
Mina: Bueno, pará, ¿qué te estaba diciendo?, que te quería contar… ¡Ah! Entonces pregunté la hora y eran las tres y le tenía que dar de comer a Barbarita, así que como estábamos en la calle, me aparté un poco y me senté en una piedra grande que hay debajo de un árbol y nos quedamos ahí. ¿Y sabés qué, Caye? Cuando termino de darle la teta me doy cuenta que ése es el árbol donde me violaron cuando tenía diecisiete y que ni me molestó. ¡Me puse tan contenta! Se ve que estoy curada.
Apagón.
Escena 3
A oscuras, otro día. Sólo observamos, del lado de ella, la brasita encendida del cigarrillo.
Mina: …parecía que sabía tomar la teta de toda la vida. (Risas) Te quería contar, ayer Barbarita me dijo mamá y papá a la vez.
Cayetano: Ay, Mina…
Mina: Y sí, boludo, ya no es recién nacida.
Cayetano: ¿Y como te dijo?
Mina: A la tarde, porque estaba queriendo que la alce, haciendo berrinchos me decía agogopapá. Y a la noche me insultó y en el medio dijo mamá.
Cayetano: Ah, empezamos bien.
Mina: ¿Venís el sábado?
Cayetano: Si dios quiere…
Mina: Sí, quiere.
Escena 4
La puerta divisora se ha corrido en el apagón despejando ahora un escenario único, del cual la primer mitad de Mina formaba exacta parte, ampliándose a todo un comedor diario. Colgados formando un tándem, se observan cuatro retratos infantiles con sus nombres manuscritos y más abajo un recortecito de cuero con un quinto nombre. Hay una colección de clásicos de la literatura de cien títulos casi completa. En un rincón, una foto de un joven uniformado de liceo militar y sobreimpreso: ¡Sí, juro! Una imagen devastadora: un arbolito de navidad armado. Está seco y muy polvoriento, con alguna rama quebrada. Sobre el piso, arrinconados, dos trofeos genéricos medianos.
Mina y Cayetano al centro, él deja su valija y reconoce el lugar, recién llegado. Ella con la mano que llevar a Barbarita alzada le deja libre, acomoda algunas cosas que trae, ropa de mujer envuelta.
Mina: Ah, te quería decir que cuando me mandaste el adn, ¿viste?, Beatriz vio el consolador.
Cayetano: ¿Pero, por qué, Mina? Si te lo mandé envuelto…
Mina: Es que abrí la encomienda adentro del auto…
Cayetano: ¿Y qué dijo?
Mina: Y me preguntó, porque pensó que no se te paraba…
Cayetano: Ay, Mina, ¿y vos que le dijiste?
Mina: No, que lo usábamos como fantasía, para reinventar la pareja…
Cayetano: ¡Pero si es tuyo! ¿Por qué no le dijiste?
Mina: Le dije que me lo habían regalado para el cumpleaños de veinte porque yo siempre que me preguntaban qué querés que te regalen para el cumpleaños, decía: un consolador. Y un día me lo regalaron de verdad, no como en el secundario que me terminaron echando…
Cayetano: ¿Por?
Mina: Porque me regalaron un cepillo anatómico con un forro puesto en la punta.
Cayetano: ¿Y Beatriz?
Mina: Se quedó impresionada. Me dijo: ojalá yo nunca lo tenga que usar.
Risas. Se abrazan, se besan, los tres.
Cayetano: Y del resultado del adn, ¿qué opinó?
Mina: Eso fue antes. No bien me enteré le mandé un mensajito: No es el papá. Qué lástima.
Cayetano: ¿Y ella?
Mina: Ella me mandó otro diciendo: ¿Y ahora? Yo le contesté: Yo ya sabía.
Tocan el timbre, Mina sale. En off desde la puerta, atendiendo al dependiente.
Mina: (A los gritos) ¡Trajiste medio supermercado!
Él sonríe, halagado.
Apagón.
Escena 5
La luz vuelve a prenderse, ahora verdosa, noctámbula. Digresión, no se habla, es color, paso de tiempo. Música fuerte.
Paulo, de visita y con él, Grace, una belleza de juguetería de treinta y nueve años de edad. Totalmente gatuna y sensual en términos llamativos, no habla demasiado con nadie, ni siquiera con su ex marido. Además tiene la vista fija y apenas se mueve en una especie de tensión quieta, lo cual se contradice con su ropa prieta y provocativa. Sentada, fuma porro, impávida. Mina abre el champagne recién llegado, lo sirve con hielo. Paulo enciende fuego sobre un plato para calentar cocaína. Ambos hablan a la vez. Cayetano anfitriona y ahúpa a Barbarita. Mina pierde el control, lo pelea.
Al pie de la cuna, Paulo, Cayetano y Mina, terminan pasándose a Barbarita que profiere alaridos que nadie sabe acallar. Cayetano, juicioso, se retira a dormir.
La luz total y la música funden lentamente.
Escena 6
Cuando se enciende la luz nuevamente, el tabique está puesto, se ve la mitad original de Mina, la izquierda, en un tono rojo mortecino, el lado derecho oscuro.
Vemos una cama y allí, a Cayetano dormido. Entra Mina, se desnuda y se agazapa sobre él, haciéndole el amor. Llora al acabar.
Funde nuevamente a negro, más rápido.
Escena 7
Se enciende la luz de un velador en el lado izquierdo. Cayetano en remera, calzoncillos y medias, mira dentro del placard buscando entre las cosas de Guillermina algo para ponerse, se acaba de duchar. Toma un saco de corderoy y se lo prueba, el forro está reseco y roto, no tiene botones. Mina entra, recién bañada, con un toallón faraónico sobre la cabeza.
Mina: Te queda bien, te lo regalo.
Cayetano: No, está bien. (Amaga a quitárselo, Mina lo contiene cariñosamente. Cayetano coloca las manos en los bolsillos, resignado. Encuentra algo, es una carta, la lee.)
Cayetano: Una carta de amor desesperada.
Mina: ¿A quién se la escribí? (Toma a Barbarita de la cuna, la lleva en brazos hasta la puerta del placard y de allí extrae una lata con inscripciones infantiles, la alcancía de la beba.) Te devuelvo tres con treinta que te debía, Barbaranne y quedamos al día, ¿sí, gordita? (Guarda la lata) ¡Esto me quiero poner! (Descuelga el abrigo de piel, Cayetano sale, aún leyendo. Gritando) ¡Ona! ¿Vos qué hacés? ¡Porque nosotros nos vamos con Caye de luna de miel! (Y ella misma apaga la luz y sale.)
Apagón.
SEGUNDO ACTO
Escena 1
Ahora es la mitad de Cayetano, la derecha, la que enciende en lento fundido desde negro, pero a diferencia de antes, es su cocina lo que vemos. Riganti, un amigo cincuentón, arma un cigarro.
Riganti: No te puedo creer. Ahora, lo que vos me referís es exactamente igual a lo que sucedió el año pasado, cuando yo la conocí, Cayetano. Imaginate que según lo que me dijeron en el neuropsiquiátrico Moyano, la habían intentado maniatar entre ocho policías, mirá que la policía cuando te quiere sosegar, ¡no sabés lo que es! Si dicen que desprendió la caja del McDonald’s de raíz, ¡con lo que debe pesar eso! Yo no sé, las terminales de cable, los bulones que debe tener, ¡para revolearla contra la policía que se le venía encima!
Cayetano: Bueno, similar. Se la llevaron esposada.
Riganti: A la jaula.
Cayetano: Directamente, porque en un primer momento los canas, como vieron que era una disputa familiar, que estaba presente el psicólogo de ella y que habían dado parte a la clínica, se fueron. El problema es que después agarró un cuchillo y una tijera me parece que agarró y amenazó a una vecina, que no sé por qué cayó en la volteada…
Riganti: ¿Y la bebita?
Cayetano: No, parece que tuvo la precaución de dejarla en lo de Ona antes de enloquecer. ¿Le darán electroshocks?
Riganti: No creo.
Cayetano: ¿A vos te daban?
Riganti: No, no me daban por la forma en que miraba a los enfermeros. Pero sí me ataban de las manos y las piernas a la cama, para que no me picara.
Cayetano: ¿Sabés que te quiero pedir antes de que te vayas, Riganti? Si no me dibujás las venas, por favor, así aprendo.
Sale, entra con un bolígrafo y se lo da. Riganti sostiene el capuchón con la boca, Cayetano tiende el brazo derecho primero, luego el izquierdo, su amigo dibuja el mapa.
Apagón momentáneo.
Escena 2
Ahora encienden ambos hemisferios al unísono. El izquierdo, que ha estado a oscuras todo este tiempo, se ha transformado en la habitación de Mina en el psiquiátrico. Digresión, no se habla, es color, paso de tiempo. Música fuerte.
Allí, una enfermera inyecta a Guillermina mientras un enfermero observa tomado con las manos del marco de la puerta. Está tensa, los dientes apretados y cierto prognatismo, pero sumisa, contenidamente quieta.
La parte de Cayetano ha permanecido cocina. Con miedo y todo el instrumental sobre la mesada, atiende un nudo corredizo hecho de un cargador de celular, cerrando el torniquete en su brazo izquierdo. Se inyecta.
Apagón lento a negro en los dos lados.
Escena 3
Ambos hemisferios oscuros. Cayetano al teléfono.
Mina: (parsimoniosa, con la boca un poco rígida) ¿Hola?
Cayetano: Hola, Mina…
Mina: ¿Quién es?
Cayetano: Cayetano.
Mina: (sonríe lo poco que le permite la medicación) ¡Hola, Gordo!
Cayetano: Me hice pasar por Gastón, no me nombres.
Mina: Sos vos… ¡qué sorpresa!
Cayetano: ¿Cómo estás?
Mina: Bien, ahora bien. Ayer y anteayer no sé porque me dieron ésa pasta que te deja la lengua dura, como en el Moyano.
Cayetano: ¿Y te tratan bien?
Mina: Sí, Gordo, rebien. Lo único malo es que los mogólicos que están acá cada vez que prendo un pucho me lo quitan porque lo único que piensan es en fumar, fuman como locos. (Se ríe y más tierna) ¿Por qué tenés ésa vocecita?
Cayetano: (Duda) Y Mina, porque todo esto no me gusta. Los mensajes que me dejaste el otro día tampoco me gustaron nada, eran muy agresivos.
Mina: Sí, eran agresivos.
Cayetano: Yo además te contesté, pero pensaba que el número de tu casa lo seguías teniendo.
Mina: (Cortante) Mirá, Gordo, eso ya lo quiero olvidar, a mí ahora lo único que me importa es volver a ver a mi Barbarita y olvidarme de mi pasado y de mi familia que de lo único que me habla es de darme a mi hija en adopción.
Cayetano: Lo que pasa es que vos mucho no ayudás con el comportamiento que tuviste.
Mina: Yo estoy acá porque le pedí a Mauricio que quería internarme porque las pastillas de la locura no me estaban haciendo bien.
Cayetano: Hablé con Mauricio.
Mina: ¿Sí?
Cayetano: Y con Elisa, ellos me contaron todo y me dieron éste número, me contaron lo que pasó…
Mina: Lo que pasó es que el viernes íbamos a salir y yo me fui a la Eg3 a comprar unas pelotudeces y por el camino encontré a un señor apuñalado y nadie lo ayudaba así que fui a la comisaría y nos tuvieron tres horas.
Cayetano: Mina, yo te hablo de la escena que hiciste en tu casa…
Mina: Yo estaba muy mal porque mi abuelito se iba a morir.
Cayetano: Sí, que al final parece que no va a ser tan así… Pero yo te hablo de cómo te pusiste, que amenazaste con cuchillos y tijeras, que te tuvieron que sacar de los pelos con la policía, llevarte esposada…
Mina: Gordo, eso ya pasó. Si vos me querés, sabés que yo te amo. Ahora estoy acá para cuidar mi enfermedad. La semana que viene me pasan a otro sector y de ahí a casa a ver a mi Barbarita. Tengo una muy buena noticia además, para vos. Cuando salga te la digo y si querés festejamos…
Cayetano: Bueno… ¿te fueron a visitar?
Mina: Yo no ví a nadie, pero vinieron porque me trajeron ropa (Silencio) Gordo, hablá con Dr. Aldacour y decíle que somos novios hace tres años.
Cayetano: Bueno, no exageres, Mina, de a temporadas.
Mina: Sí fuimos, Gordo, tres años. Es algo.
Cayetano: Hubo semestres en que ni nos vimos...
Escena 4
Cuando la luz se enciende, sólo lo hace en el lado derecho, el lado cayetanesco, donde ahora se representa el consultorio del Dr. Aldacour.
Paul: Pasá, Cayetano (y a él) yo los espero afuera, doctor. (Sale.)
Entra, el tipo ha permanecido sentado. Le tiende la mano, lo saluda y en un mismo gesto le indica tomar asiento. Cayetano así lo hace, acomoda sus petates, también.
Dr. Aldacour: A partir de que Guillermina ingresa aquí con ése cuadro, su padre, con quien ella tiene especial encono, me recomienda fuertemente no pasarle llamados ni dejarla visitar, argumentando la posible mala influencia de un entorno que, en la situación en que ella se encuentra hoy, no correspondería a lo que ésta chica está haciendo por sanarse. Este muchacho Paul (y señala hacia donde se ha ido) también fue indicado por su padre como… no muy recomendable… pero hasta ahora, no sé, ha venido, le alcanza cosas. Si sigue así, yo no le voy a impedir que venga y la visite. Por eso le pedí a usted que me llamara al llegar a Santa Fe y, bueno, ahora hablar acerca de las particularidades del régimen. No puedo permitir nada que la excite o la dañe ¿me comprende?
Cayetano: Sí, pensaba en las cosas que le traigo…
Dr. Aldacour: ¿Por qué? ¿Qué le trae?
Cayetano: No… cigarrillos.
Dr. Aldacour: No, cigarrillos, déle. ¿De los comunes, no?
Cayetano: Sí, y dígame, Dr. Aldacour, cuando usted habla de cuadro, ¿podría definirlo? ¿Darme…?
Dr. Aldacour: Sí. Es un brote.
Cayetano: ¿Un brote psicótico?
Dr. Aldacour: Sí, sí… un cuadro que eclosiona por la concurrencia de determinados factores. Esta chica explotó, no sé si conoce los hechos… (Cayetano asiente) Bueno, si sabe, sabrá que amenazó a la madre, con quien tiene especial encono.
Cayetano: Menos que con el padre, si me permite.
Dr. Aldacour: Puede ser, la cuestión con el padre parece ser…
Cayetano: Sí, que siempre vuelve a él…
Dr. Aldacour: Sí, pero con la madre también se lleva muy mal.
Cayetano: Ahora mucho menos, me parece.
Dr. Aldacour: El padre tampoco se lleva bien con la mamá, lo cual complica. Tengo entendido que con una hija tampoco se ve, con la mayor.
Cayetano: Beatriz, sí, no se ven. Está embarazada.
Dr. Aldacour: Por eso, ya le digo. (Pausa conclusiva) Bueno, usted viajó hasta acá para verla, así que yo lo único que le pido es que la trate bien, que le hable, esté con ella. Ahora va a pasar.
Cayetano: Bueno, muchas gracias. Y dígame doctor, ¿cuál es su perspectiva del tratamiento?
Dr. Aldacour: Mire, no, ésta mujer con el nacimiento de su hija eclosionó. Todo lo que vino después fue demoledor para ella, le trajo consecuencias y hubo que evitar que se las trasladara a la bebé.
Cayetano: ¿Tiene que estar medicada?
Dr. Aldacour: Sí, de por vida. Y además necesita una contención extra.
Cayetano: Sí, no tiene red social.
Dr. Aldacour: Claro, algo, un hombre que se decida a acompañarla, a estar junto a ella, ayudándola, queriéndola…
Mutis.
Cayetano: Yo lo entiendo mejor que nadie, doctor. Porque a nosotros nos unió una relación sentimental…
Dr. Aldacour: Bueno, véala, háblele… Ahora lo van a hacer pasar. (Cayetano se pone de pie con él, que en un sólo gesto le estrecha la mano y le indica la salida) Pase, ahora lo van a llamar.
Cayetano: Gracias, doctor.
Apagón.
Escena 5
Se enciende la luz en el hemisferio izquierdo, la habitación de Mina, que termina de entrar. Su dicción no es tan fluída y camina con equilibrio precario, las manos levemente yergas. Él se incorpora de la cama, donde la ha estado esperando.
Mina: ¡Caye!
Cayetano: (Tímido) Hola, Mina.
Mina: Hola, Gordo (y busca sus ojos) Te pusiste el saco que te regalé… (Guillermina toca el saco, lo inspecciona) ¿Lo cambiaste adentro?
Cayetano: Miralo.
Mina: Ah, ¡quedó buenísimo!
Cayetano: Ponetelo.
Se lo pone, le queda perfecto y suspira con placer.
Cayetano: Y le hice poner los botones, que no son nuevos, fijate.
Mina: Ah, son nuevos.
Cayetano: No, mirá, son antiguos, de época.
Mina: Ah.
Cayetano: Y le arreglé los bolsillos.
Mina: Los cosiste.
Cayetano: Yo no, el sastre.
Mina: Te quedó bárbaro. Y estás hermoso, Gordo.
Cayetano: Gracias, Mina. Vos también.
Cayetano le muestra lo que le ha llevado. De su mochila vacía una bolsa, ella lo ayuda. Hay una pareja de cactusitos, un libro de yoga de Indra Devi, caracolitos y cuentas para hacer collares. Mina guarda todo en la mesita de luz de chapón blanco y muestra un libro que tiene ahí, uno de la colección de clásicos de su casa: “Elogio de la locura” de Erasmo de Rotterdam.
Cayetano: Te manda saludos Mimí.
Mina: ¿Y qué te dijo?
Cayetano: Que Juan Manuel estaba bien, un poco ansioso por salir, nomás. Y Riganti también, te mandó un beso.
Mina: ¿Y qué te dijo?
Cayetano: Que la próxima vez que caigas presa, caigas en Buenos Aires, así te va a ver.
Le entrega cigarrillos y Coca-cola, Mina es fanática, toma dos vasos seguidos.
Mina: ¿Me traés fasito mañana?
Cayetano: Nada que pueda traerte problemas.
Ella lo abraza. Luego se pone de pie y lo conduce de la mano al baño contiguo, él se resiste, temeroso. Cierran la puerta y quedan en off. Sonidos amatorios de golpes físicos acomodándose y tumbos y silencio y algún gritito perdido y en sincro mordaz, golpean la puerta de la habitación. Mutis. Mina entra, saliendo del baño mientras se acomoda mínimamente y abre la puerta.
Mina: ¡No-tengo-Galetti!
Nonno: (en off) ¡Galetti, salí de ahí!
Ella gira, se recompone, Cayetano ha vuelto muy preocupado al cuarto. Ella hace una mueca parodiando lo sucedido, se arrima gatuna.
Mina: Pero puedo chupártela… (lo empuja a la cama. Él se queda sin palabras, ella lo desabotona y se la chupa, suavemente) ¿Se nota que te quiero, cuando te la chupo?
Entra María explicándose a más no poder, junto a su padre ciego, a quien nadie atina a saludar, y a quien Mina, en su resentimiento, no vé. Cayetano la toma suavemente de la muñeca, indicándole paciencia.
María: … pero los enfermeros… ¡Guillermina yo no quería venir, pero me obligaron! ¡Y dicen que dejes la puerta abierta!
Guillermina no llega a interpelar cuando un enfermero se asoma tomándose con ambas manos al marco de la puerta.
Enfermero: ¡Guillermina Antich la habitación es de las dos y ella también tiene visita! ¡Y usted levántese! ¡¿Qué se piensa, que esto es una amueblada?! (Se va sin esperar respuesta.)
María la mira elocuente, mientras que su padre, para quien seguramente el grito resultó sensiblemente más notorio, se congela demasiado largo en un gesto de reserva.
Mina: ¿Pero pueden ir al patio?
Ciego: Sí hija, vayamos al patiecito. (Salen.)
Con las puertas abiertas de par en par, Galetti se asoma. No llega a decir nada que Mina se le arroja como una fiera.
Mina: ¡Galetti te dije no! ¡O te empujo!
Nonno: (en off) ¡Galetti! ¡Salí de la puerta, no tiene, salí!
(Vuelve Mina.)
Mina: Acá no aguanto más. Una de las cosas que causó que yo sea esquizofrénica es que me violaron a los diecisiete (y lo atrae hacia sí por los antebrazos) y acá hay mucha agresión sexual. Están ésos tres que se pajean atrás de la cortinita del patio y uno que me agarra y me hace así (y hace el gesto) como un perro. (Silencio) ¿Te puedo pedir que le digas una mentirita a mi mamá? ¿Que te querés casar conmigo? ¿Dirías eso para que me saquen? Para que me dejen salir, no tiene que ser verdad, después vemos, ¿eh?
Ella mira sus ojos, incansable. Él en cambio esquiva los de ella, incapaz.
Apagón.
TERCER ACTO
Escena 1
En el hemisferio izquierdo Paulo al teléfono, en el derecho, Cayetano contesta.
Paul: Quiero hablar contigo de un asunto a ver qué pensás, porque estuve hablando con Teresa y veo que lo que Mina dice de querer irse a vivir a Buenos Aires y llevarse a Barbarita no le va para nada, que ella no va a dejar que la nena se vaya, que además sabe que vos también tomás merca y que no va a dejar que Barbarita… Yo le dije que todos los que estamos cerca de ella, tarde o temprano alguna vez habíamos tomado, porque dice que la merca es el detonante para ella, ¿viste? Y bueno, yo te pregunto directamente, Cayetano, para saber si es así, poder hablarlo claramente y si ella va para allá, todos felices, comemos perdices, pero aclarándolo bien. Entonces yo te pregunto: ¿vos querés formar una familia con ella?
Cayetano: No, mirá Paulo, a mí Mina algo me dijo cuando estuve el mes pasado allá, de decirle a la mamá una mentirita para que la sacaran del psiquiátrico, pero yo le dije que no, que me parecía que ella más que mentir necesitaba curarse…
Paul: No, curada está, a mí el Dr. éste…
Cayetano: Aldacour.
Paul: Aldacour, me mostró una… tomografía no sé de qué mapeo del cerebro y ella está, lo tiene químicamente equilibrado, quiero decir que como está, con la medicación que le están dando, estaría controlada afuera sin necesidad de medicación por boca, sólo con esa pichicata cada quince días alcanzaría.
Cayetano: Sí, yo hablé ayer con Mina, y…
Paul: ¿Qué te dijo?
Cayetano: No, y me dijo que ya veía más cerca la posibilidad de salir, que estaba esperando a que le salga la insanía…
Paul: Sí, no, pero ella no tiene, o sea, no hay ningún impedimento legal para que ella esté afuera, la tienen cuenteada, Cayetano.
Cayetano: ¿Vos decís que le mienten?
Paul: Sí, Caye, la tienen mentida, el viejo para que no joda, y la vieja porque ahora está cuidando a Barbarita y tienen miedo que ésta salga y empiece a tomar y se desmadre de vuelta… Yo hablé con el viejo, el otro día…
Cayetano: ¿Ah, sí?
Paul: Se me puso a llorar, el viejo, Caye, me decía todo lo que había sufrido, cosas que se te caían la medias, viejo, de cuando andaba con los narcos, porque vos por ahí no sabés todo, yo porque la conozco de hace una punta de años. Por eso es que la tienen mentida.
Cayetano: Vos sabés que ahora que me acuerdo me dijo que tenía expectativas de salir el fin de semana largo…
Paul: No, Caye, la cuentean…
Cayetano: Dice que estaba esperando que le saliera la insanía.
Paul: No. Lo que tienen el veintitrés es una comparecencia jurídica.
Cayetano: Ah, yo hablé de eso con ella, porque le dije que ahora que se acercaba la fecha, se tenía que ir preparando para, ¿y sabés lo que me dijo Paulo? Yo le digo, para reinsertarse en la sociedad, mirá lo que le digo, y le pregunto: ¿qué plan tenés? Vivir con mi mamá, me dijo.
Paul: ¿Eso te dijo?
Cayetano: Sí.
Paul: Bueno, mirá, Caye, yo te lo dejo para que lo pienses el fin de semana, sino yo hablo con Teresa.
Cayetano: Sí, yo la llamo sino a Teresa, no tengo problema. Además pienso ir para Santa Fe. Ahora no porque viene mi cumpleaños, después es el fin de semana largo, pero a fines de octubre voy.
Paul: Caye, vos vení cuando quieras, acá tenés una cama disponible, vos ya sabés…
Cayetano: Bueno gracias, Paulo.
Paul: ¿Vos tenés mi número de teléfono nuevo?
Cayetano: No, decíme.
Paul: ¿Tenés para anotar?
Cayetano: Decíme que yo me acuerdo.
Apagón sólo en el lado izquierdo.
Escena 2
Se enciende la luz en el hemisferio izquierdo, nuevamente psiquiátrico, pero ésta vez en lento fundido de negro.
Mina: ¿Hola?
Cayetano: Hola.
Mina: ¡Hola!
Cayetano: Soy yo.
Mina: ¿Cómo estás?
Cayetano: Bien, bien, ¿y vos?
Mina: Bien, Gordo, muy bien.
Cayetano: Me alegro. ¿Y Barbarita?
Mina: Barbarita habla como loca.
Cayetano: ¿Por qué, qué dice?
Mina: Pa – pa – pa – pa – pa – pa – pa – pa.
Cayetano: ¿Justo eso?
Mina: Yo le digo que se fue de viaje.
Cayetano: ¿Vos decís que se da cuenta?
Mina: No, si es muy chiquita, no entiende todavía.
Cayetano: Che, Mina, yo al final me traje los números de Juani y del Chancho, pero nunca los llamé, no sé, no me animé.
Mina: Está bien, Gordo, pero mirá, a Juani no lo llames mejor. Me parece que es del Chancho.
Cayetano: ¿Ah, sí?
Mina: Sí, me parece que sí, por lo corpulenta.
Cayetano: Entonces no hago nada.
Mina: Mejor no.
Cayetano: Bueno, sabés lo que opino.
Mina: Sí, pero yo quiero pensar, primero.
Apagón lento del hemisferio izquierdo.
Escena 3
Comienza una nueva conversación, es con Riganti que, en el lado izquierdo oscuro, aún no enciende la luz.
Riganti: En una ocasión me piqué y para que no se den cuenta, me quemé la marca con un cigarrillo para disimular.
Cayetano: ¡Colifa!
(Riganti enciende la luz.)
Riganti: Aún así, el enfermero se dio cuenta y casi me manda al frente. Pero como yo estaba por narcóticos, lo dejaron pasar. Pero ella, con intento de homicidio… No sé si la dejen salir.
Cayetano: No es para tanto.
Riganti: Ah, ¿no? Con tijeras y cuchillos, ¿vos pensás que…?
Cayetano: Amenazó, nomás…
(Riganti apaga la luz.)
Riganti: Sí, puede ser.
Escena 4
Desde el mismo hemisferio anterior, Cayetano habla por teléfono al psiquiátrico. El lado izquierdo permanece a oscuras.
Enfermera: Buenas tardes, Clínica de la Merced.
Cayetano: Buenas tardes, por favor con Guillermina Antich, es paciente del sector amarillo.
Enfermera: Me parece que está de salida terapéutica…
Cayetano: Ah, ¿salió a caminar con el padre?
Enfermera: Espere que voy a averiguar con el sector.
Pausa.
Enfermero: Hola.
Cayetano: Hola, con Guillermina Antich, por favor.
Enfermero: Antich se fue de alta.
Cayetano: ¡Ah, le dieron el alta! Bueno, muchas gracias.
Cayetano disca otro número. Se enciende la luz en el izquierdo.
Angélica: ¿Hola?
Cayetano: Hola, ¿Teresa?
Angélica: No, Angélica, la niñera de Barbarita, ¿con quién hablo?
Cayetano: Ah, qué tal Angélica, soy Cayetano, ¿está Guillermina?
Angélica: No, Guillermina salió, iba al centro a hacer unas cosas.
Cayetano: Ah, muy bien… Y Barbarita, ¿cómo anda?
Angélica: Bien, está hermosa la gorda…
Cayetano: Sale a la mamá.
Angélica: Ah, sí.
Cayetano: Bueno, dígale que la llamé, que me alegro mucho que esté de vuelta en casa.
Angélica: Yo le digo, ¿cómo me dijo?
Cayetano: Cayetano, Angélica, encantado.
Angélica: Bueno, mucho gusto, hasta luego.
Cayetano: Hasta luego.
Ambos hemisferios se apagan.
Escena 5
Estamos en plena oscuridad. En su hemisferio, Mina enciende un cigarrillo con un encendedor click. Suena el teléfono.
Mina: ¿Hola?
Cayetano: Hola.
Mina: Hola, Gordo.
Cayetano: En libertad.
Mina: Sí, estoy tan contenta, tengo unas ganas de verte.
Cayetano: Yo también. Te llamé anoche.
Mina: Sí. Me dijo mi mamá.
Cayetano: Estaba bastante preocupada.
Mina: Ah, sí. Pero yo caí a los diez minutos, lo que pasa es que se pone…
Cayetano: Y el que se quema con leche, ve la vaca y llora.
Mina: Sí. Pero yo estoy bien. Me siento bárbara.
Cayetano: Bueno, ¿y cuándo nos vemos?
Mina: Yo pensaba ir para allá, sin Barbarita, pero es el día de la madre.
Cayetano: Ah, ¡tenés razón!
Mina: ¡Mi primer día de la madre!
Cayetano: Así es. Aunque el año pasado me parece recordar que quisiste festejar igual.
Mina: Sí, el día de la futura mamá, ¿te acordás?
Escena 6
Ambas luces se encienden. Teresa, la madre de Mina, intercepta a Cayetano en el teléfono.
Cayetano: ¿Le decís por favor que volví a llamar, Teresa?
Teresa: Sí, mirá, yo quiero aprovechar para decirte que no te la lleves a Buenos Aires.
Cayetano: Bueno, sí, Teresa, vemos.
Teresa: En serio te digo, Cayetano.
Cayetano: Está bien, ya veremos, no nos pudimos ver el fin de semana largo en que salió. Después pensamos que viniera para acá, pero resulta que es el día de la madre…
Teresa: Por eso, te pido que no le digas que vaya para allá. Ella tiene que tomar la medicación y si va para allá no la va a tomar, se puede descontrolar y ¿quién la para? Después se la llevan al Oliveros y de ahí no sale, eh. Además, Barbarita…
Cayetano: ¿Qué es Oliveros?
Teresa: Un manicomio de la provincia, y de ahí no es tan fácil salir. ¿Buscaste esquizofrenia en el Google?
Cayetano: Teresa, escuchá, pará un segundo. Yo llamé porque quedamos en que llamaba después de comer. No quiero hablar de esto ahora.
Teresa: No, está bien. Pero yo quería aprovechar que ella no estaba para decírtelo, yo te pido que no le digas nada que vaya para allá. ¡Vení vos! Vení vos.
Cayetano: Teresa, disculpame pero tengo que cortar.
Teresa: Está bien, yo te quería hablar ahora.
Se apagan ambos hemisferios.
Escena 7
Al volverse a encender vemos a Cayetano, siempre a la derecha, sentado junto a un bolso en la calle, hablando desde un teléfono celular.
Mina: Hola, Gordo.
Cayetano: ¡Feliz día de la madre, Mina!
Mina: Gracias, Caye.
Cayetano: ¿Cómo andás?
Mina: Rebien, me siento bárbara.
Cayetano: Bueno, me alegro, ¿quiénes están?
Mina: Acaba de llegar Beatriz, vino con Lauro, Julia, Lucio y Lautaro.
Cayetano: ¿Qué van a comer?
Mina: Empanadas y tallarines. Las hizo mi mamá.
Cayetano: ¿Las dos cosas? ¿Empanadas y tallarines, todo junto?
Mina: No, primero las empanadas, después los tallarines. Los tallarines los trajo Bea.
Cayetano: Ah, bueno, me alegro. ¿Y Barbarita se puso contenta que vinieron los primos?
Mina: Ah, sí, está como loca, con una sonrisa de oreja a oreja.
Cayetano: Yo no la vi sonreír todavía nunca, me parece.
Mina: Ahora se ríe las veinticuatro horas del día, está hermosa, tiene la misma sonrisa que yo. Mi mamá me dice: la engendraste por vía del Espíritu Santo, es idéntica a mí.
¿Cuándo nos vemos? No me dejan ir para allá.
Cayetano: Ya sé. Está bien. Yo me puse medio cabrón con tu vieja ayer, lo que pasa es que me sorprendió.
Mina: Sí.
Cayetano: Que no se transforme en el tema del día de la madre, igual.
Mina: Entonces, ¿venís vos?
Cayetano: Sí, pero vamos a tener que esperar otra semana más, el que viene son las elecciones.
Mina: Sí, pero acá estás a más de quinientos kilómetros.
Cayetano: Ya sé, pero quiero votar.
Mina: Ah…
Cayetano: Y, sino después no me puedo quejar.
Mina: Bueno, total las semanas pasan rápido…
Cayetano: Sí, hermosa, pero estoy acá.
Mina: Sí.
Cayetano: ¿Entendés? Acá, en Santa Fe.
Mina: ¿En serio me decís?
Cayetano: En la esquina, salí a abrirme.
Mina corta y sale corriendo.
Apagón.
Escena 8
Se ha vuelto a descorrer el tabique por última vez. Todos reunidos en el comedor de Mina. Están Paulo y Grace con su hija, Florencia. Teresa con Barbarita en brazos y su novio Toribio a un lado. Beatriz vino con su marido Lauro, su recién nacida Julia y Lucio y Lautaro que están en el patio pateando la pelota. Ona fumando, Jade jugando. Angélica sirviendo los tallarines. Entran Cayetano y Mina desde la calle, él apoya el bolso en el mismo sitio de la Escena 4 del Primer Acto.
Cayetano: Ona, ¿qué tal? Feliz día de la madre. Hola Jade, hermosa. (Pasa saludando) Hola, Toribio. (Le da la mano) Teresa, feliz día, abuela. (Toma a la bebé de sus brazos, alzándola) ¡Hola, Barbarilla, bebé! ¿Ahora te reís? (Sigue saludando con la beba ahúpa) Bea, ¡Feliz día, madraza! ¿Ésta es Julita? ¡Ay, qué linda sos! ¿Y los chicos, jugando? (Abraza a Lauro) Felicitaciones, señor. Paul, feliz día del padre. (Chocan los cinco) Hola, Grace, ¿sos la madre o sos la hermana? ¿Vos sos Florcita? (Besa a la niña) Hola, Angélica. Hola a todos.
Mina: Tenemos una muy buena noticia para todos…
Lento apagón final.
Telón.
LIBRO TERCERO
“Agustín y el sexo opuesto”
PRIMER ACTO
Escena 1
Horas del día en el departamento de soltero. Ventanal con vista alta a los techos del centro. Todo está sobre el piso: discos, equipo, una hilera de libros sujetos por pesas, tv y rústica mesa ratona. Un colchón acondicionado como sillón y una cómoda de tres cajones. Suena el timbre. Entra el Colorado, en cueros, recién bañado. Abre la puerta de entrada.
Colorado: Hola, Pelu.
Entra Peluca.
Peluca: ¡Colo! Hmmm, recién bañado. ¿Y el primo?
Colorado: Se fue a tirar unos currículums.
Peluca: Me parece bárbara la movida laboral que hizo. Bueno… no importa, pasaba, nomás.
Colorado: ¿Querés tomar algo, té, café? ¿Vino?
Peluca: Recién vengo de tomarme un té en La Loba. ¡Qué buena está la moza! Le hice el cuento de cómo te llamás...
Colorado: ¿Cómo es? No lo sé.
Peluca: Agua te acepto. (El Colorado sale hacia la cocina. Peluca, en voz alta al off.) Le pregunté: ¿Cuál es tu nombre? María, me dice. Entonces le dije: ¿Puedo llamarte María? Ella me dijo que sí. Bueno, dame tu teléfono, María, le contesté.
El Colorado le alcanza el agua.
Colorado: Es muy bueno, porque hasta ese momento la moza pensó que eras un cliente súper correcto…
Peluca: ¡Claro! …que le iba a pedir una cindor con obleas… (se escuchan las llaves de la puerta de entrada) Y después aparecés vos, como un cazador de focas, y ¡pah!, palazo en la cabeza.
Entra Agustín, vestido formalmente, viene de la calle con un paquetito en las mano.
Agustín: Ah, Peluquín. Me traje algo para comer porque estoy famélico... ¡Qué buena está la moza de La Loba!
Peluca: Justamente estábamos hablando de ella...
Agustín sale hacia la cocina.
Colorado: (A Peluca) Y, ¿cómo te fue?
Peluca: Para el culo. Me dijo que ya se lo habían hecho.
Agustín: (Gritando) No me hagas quedar mal, Peluca... ¡Que no me traigan el boletín de la criatura con mal comportamiento!
Peluca: ¡Bueno! ¿Y cómo andás?
Colorado: (Respondiendo por Agustín que mastica) Este muchacho está muy confundido. Te da una versión cuando está cuerdo, después otra versión fumado, después te dice otra cosa tomando copetes, habla con la novia y le dice otra cosa a ella, yo le pregunto: Agustín, ¿quién sos?
Agustín: (Desde la cocina) Yo no soy así, son ellas las que me hacen así.
Regresa con el sándwich en la mano.
Agustín: Vos sabés que no puedo aterrizar, Pelu, desde que llegué que estoy… Todavía no mandé nada al lavadero, tengo un despelote…
Peluca: Y bueno, Agustín, déjalo ser, es el jet-lag…
Agustín: Pero cómo extrañaba a las chicas. Sufrí mucho la soledad en esos días. Allá pensaba en mis quilombos de acá, en ciertas decisiones que tengo que tomar… Difíciles… Ansioso me ponía de pensar sin resolver, de analizar, ¿viste? Y ahora que estoy acá, no hago nada, no me decido, no lo encaro.
Colorado: Te dije, ¿ves cómo está? Yo no sé si mandarlo al traumatólogo, por lo traumado.
Peluca: Pero, ¿de qué hablás? Expláyate.
Agustín: No dejá, no me den bola… Es que por ejemplo: la preciosa de La Loba, que las deben contratar lobeznas o lobatas, creo que se dice, de lo fuerte que está, tiene una cara perfecta, parece un perfil de violín, y tetas no tiene nada de nada, pero eso me atrae más, es como una estepa infantil, tan… poco pesada, nada que ver con la teta italiana interventora, sino activa, viril, ¿viste como el dicho de una novia sin tetas más que novia es un amigo? Bueno, pero la excepción a la regla, digamos… Y luego está su culo, que es la mejor pintura del big-bang que pueda hacerse, un culo elegante, celestial, un culo cósmico, que visto por adentro, desde el sacro, digamos, hacia la piel interior de las nalgas, deben verse las estrellas colgadas, como en el planetario… ¿Me fui al carajo, no?
Colorado: No un poquito, nomás, una pizca. Pero seguí, seguí que anoto…
Agustín: Dale, boludón. No, nada más… ¿Y qué querés que haga, entonces, Peluca? Si me embriago, me pongo al palo de solo mirarla, y se me altera todo, el ritmo cardíaco, el pulso arterial… ¡Y es la moza del bar de al lado, voy a almorzar todos los días!
Peluca: ¿Y no le decís nada? ¿No le hablás?
Agustín: Yo la miro y le sonrío.
Peluca: ¿La mirás y le sonreís?
Agustín: Bueno, por eso, pero no es el punto. El punto es que mi… Esta noche viene a cenar Ceci, la vecina de abajo.
Colorado: ¿La vecina de abajo?
Agustín: Vos te las vas a tener que tomar, Colorado.
Colorado: Me quedaría…
Agustín: No sabés como la conocí, de película. El otro día me dejó un mensaje: Agustín por favor cuando escuches éste mensaje vení para tu casa urgente, debés tener un caño roto porque se me está lloviendo todo el departamento. Vine para acá, no sabés lo que era esto… todo el piso inundado, se me mojó el parquet, todo, Peluca. ¿Y sabés lo que había sido? …me dejé el bidet abierto. Resulta que el vástago de la fría no anda, pero tengo la mala costumbre de abrir las dos para no quemarme el culo. Se ve que a media mañana no aguantó más y… ¡tac! Entré al baño y pegaba el chorro de agua contra el techo. Bajé, decí que la mina repiola, se le llovió todo, el empapelado parecía papel de diario. Yo después te pinto el techo, le chamuyé.
Peluca: ¿Está buena?
Agustín: Muy. Para arreglarla, la invité a cenar.
Colorado: Agustín, yo me estoy yendo al campo. ¿Qué tipo de oveja querés que te separe?
Agustín: No, la que vos elijas está bien.
Colorado: ¿Merino?
Agustín: Bueno.
Colorado: ¿Macho, hembra?
Agustín: Una de cada, destetadas.
El Colorado vuelve al dormitorio.
Agustín: Y con Delivery, no sé…
Peluca: ¿Qué pasa con Delivery?
Agustín: Siento que el amor envejece, que no se renueva. Además, cada tanto me aprieta las clavijas. Me dice que, ¿cómo me dice? Que quiere prosperar, no; prolongarse, no; ¡propagarse! Propagarse, creo que me dice. Bueno, tener hijos. Delivery… decí que la llamo y viene. A cualquier hora.
Peluca: Y vos te hacés el recontrapelotudo.
Agustín: Mucho no puedo. Evito sacar el tema, pero aparece y aparece…
Peluca: ¿Le decís Delivery?
Agustín: A veces se me escapa…
Peluca: ¿Y la Tana?
Agustín: No, mirá, de la Tana ni hablar, mejor. Me hace mal.
Peluca: Seguís enamorado.
Agustín: Yo pensé que estaba curado. Ayer llamó.
Peluca: ¿Otra vez?
Agustín: Se va a vivir a España.
Peluca: Me enteré.
Agustín: Encima me llama para decirme que podríamos intentar buscar una relación más formal... Me dejó helado, con todo el tiempo que pasó, imaginate. Pero ella, que extraña mis besos, que la pasábamos bien. Yo no sé qué recuerda exactamente, porque en la última época nos matábamos. Pero me dice que conmigo está mejor que con nadie. Yo no soy como algunos, como el Colorado (y señala hacia el dormitorio), que pueden seguir amigos con sus ex novias de por vida, yo me pongo a hablar de esas cosas con ella y me vuelvo loco… Además me agarra en crisis.
Peluca: Pero qué hija de puta… ¡Si se va!
Agustín: Por eso, para llevarme, para que arranque con ella. La Tana sabe muy bien que lo mío en Europa puede andar, que acá estoy mandado a guardar en el ámbito académico en vez de convertirlo en algo comercial, con lo que ganar guita, ¿viste? Y a mí todo eso me patea la estantería, no sé qué hacer, para dónde disparar... Para colmo, la perra nos quedó en medio de todo, la Vinka…
Peluca: Como un hijo.
Agustín: Y ahora, además, hay que operarla.
Peluca: ¿Qué le pasa?
Agustín: Prolapso total del útero, hay que castrarla... Y la Tana va a venir, la voy a tener que ver, seguro que me saca el tema personalmente. Ya me veo temblando, con la perra anestesiada, dándole un abrazo, poniéndome a llorar, arrodillándome a sus pies, agarrado así de sus tetas, diciéndole vámonos, vámonos adonde vos quieras, llevame con vos, mamá, no me dejes solo...
Mutis.
Agustín: Justo que me puse a laburar por mi cuenta, que estoy empezando, que me venga a decir que no me puede olvidar, que se va. ¡Que sea mi primer clienta!
Peluca: Que se vaya a la mierda...
Agustín: (Duda) Sí... Y después está la Negra, que es una piba genial, me ayuda en la facu, en cardiovascular, tiene veintidós añitos, el pelo azabache, y tiene unos ojos azules que son un lago para zambullirse, tipo el Futalaufquen, mirá lo que te digo. A veces la miro y me quedo contemplándola… Se me evaporan las voces, ¿viste como cuando escuchás a alguien como una voz en off? Y la turra se da cuenta que estoy en Babia, suspira, se pone nerviosa, yo por lo general reacciono antes, pero me he comido cada gaste.
Peluca: Y bueno, ahí está, apostale a la sangre joven.
Agustín: Mañana la voy a ver, vamos al campo del Colo a buscar las ovejas para transplantar. Vamos a intercambiarles el corazón.
El Colorado vuelve a entrar, cambiado.
Colorado: Si termina en asado de vuelta, avisame.
Agustín: Gracias, Colorado, por el apoyo. En serio.
Peluca: Es un accionista crítico.
Agustín: Sí, decí que los bichos los ponés vos.
Colorado: Esa idea tuya es para perros de Beverly Hills.
Agustín: En Lima, en Saõ Paulo, me creen. Acá no me dan bola. Y si es de Beverly Hills, ¿qué? Me voy para allá. Está lleno de rubias tetonas.
Peluca: Con Ferrari.
Agustín: Para cobrarles en euros.
Colorado: ¿¡A quién se le ocurre transplantar el corazón de un perro!?
Escena 2
Por la tarde, la habitación se ha convertido en un quirófano de campaña. Listones de tela verde agua sujetos por velcro a las paredes. En el corazón del ámbito quirúrgico, una camilla metálica, cubierta con una sábana que tapa un cuerpo. Es de un animal, lo sabemos por las patas caninas que emergen de un extremo. Rodeándola, Agustín y Riganti, los dos con la vista fija, como si miraran alejarse a alguien. El dueño de casa vestido con ambo y cofia, también color verde agua, las manos en los bolsillos superiores, con un rictus de afectación profesional. El otro, un señor de mediana edad, de alrededor de cincuenta, viste chaqueta de cuero, vaqueros y borceguíes. Tiene las cejas en alto y la boca haciendo una trompita. Abstraído, fuma.
Riganti: Era un animal muy querido por nosotros… Ya hace un tiempo que se sentía mal. Anoche, cuando lo llamé, estaba muy deteriorada. Pasó una muy mala noche.
Agustín: Había que sacrificarla.
Riganti: Es un día muy triste para nosotros.
Agustín: Bicho joven, además…
Riganti: ¡Cachorra! Pero esa pierna… Por eso nos la regalaron.
Agustín: Bueno, entonces, ¿cómo quedamos? Acerca del cuore…
Riganti: Il cuore, sí, sí, Agustín… ¿Y en cuanto a poder ganar algún dinero…?
Agustín: Es para fines académicos…
Riganti: Bueno, si te ayuda en tu carrera, si te…
Agustín: O sea, vos tomalo como un descuento que recibiste en la atención del paciente, ¿te parece? En ese sentido, y menos en un caso como este, yo no te cobraría un mango…
Riganti: Sí, sí, seguro, no se hable más. Yo me preguntaba porque como sé que vos te dedicás a la actividad profesional, también, que vos lucrás con esto, más que nada para saber. Si es para tu facultad, si es para vos, para avances tuyos, ¡de la ciencia! O mejoras que la pobre Malena pueda aportar con su bobito, no me voy a negar, de veras te digo, que no.
Agustín: Bueno, fenómeno (levanta la sábana, a la altura del pecho).
Riganti: Todo suyo, hacé lo que debas.
Agustín: Yo ya me adelanté.
Y con la fragilidad de quien da la mano a alguien, retira el corazón de la perra, cubriéndolo con ambas manos enguantadas. Riganti se aparta, asqueado. Agustín sonríe y coloca el órgano en un taperware pequeño con hielo molido.
Agustín: Ya vuelvo.
Va hasta la cocina y lo guarda en el freezer. Riganti apoya la mano sobre el cuarto trasero del animal.
Riganti: (En voz alta, al off) Mejor hablamos en otro momento, doctor.
Agustín vuelve sonriendo, se quita un guante y le estrecha la mano.
Agustín: Gracias por lo de doctor. Nos vemos, Riganti.
Riganti duda, como si no pudiera abandonar el sitio, pero finalmente sale. Agustín cierra la puerta detrás de él y mira la hora en su celular. Vuelve a la camilla, la empuja en dirección al pasillo y gira sobre sus talones, encara hacia la pared del fondo y, de un tirón, desprende una sección de tela, dejando al descubierto el ventanal por el que se ve, ahora, una vista atardeciendo. Del piso toma un teléfono y disca. Respira hondo y sonríe.
Agustín: ¿Negra? Hola.
(Contestan)
Agustín: ¿Pasás mañana?
(Contestan)
Agustín: ¿Tan temprano? Bueno, voy a dormir poco…
(Contestan)
Agustín: No, está bien, acabo de operar, tengo mucho lío.
(Contestan)
Agustín: Sí, estaría bárbaro, pero me quedo ordenando.
La luz se apaga lentamente.
Agustín: Me encantaría, belleza, otro día. Mañana o pasado.
Apagón.
Escena 3
Sólo un listón verde agua queda adherido a una de las paredes. En la cocina se saltea una salsa. Agustín, ya cambiado, entra llevando un plato con velitas encendidas que apoya sobre la cómoda. Quita el último paño del velcro y pacientemente lo dobla en secciones y lo guarda en un cajón.
Agustín: (inspeccionando la superficie del mueble) Acá es el cementerio, hay dos aritos amarillentos de Analía, que siguió llamándome para recuperarlos, le dije: vení a buscarlos, están donde los dejaste. No se animó, sabía que si venía, perdía. (Va juntando las cosas) Este es el arito solitario de Alejandra, que se fue frunciendo la boca, con un solo aro puesto, como desequilibrada. Acá hay una hebillita de Mecha… Un libro de Delivery (y lo hojea) con hojitas de cafeto secas adentro (apila todo) y este de Rivera, que cuando me lo prestó, Mía me hizo prometer que se lo devolvería. No devuelvo nada, que se vayan a la mierda. Aunque ya se fueron… algunas hace rato. Y bueno, quedarán como los colmillos del cazador, las cabezotas encima de la chimenea, la colección del depredador sexual. (Recoge del suelo un perrito de peluche.) El perrito también lo guardo, puede malinterpretarse como regalo de una mujer que ya no está, aunque fue para mi recibida. Este espejito es medio gay… Los forros por ahora no (y los guarda en el bolsillo).
Suena el timbre.
Agustín: ¡Voy!
Esconde el perro y las cosas apresuradamente, en una alacena alta de la cocina. Vuelve, respira hondo frente a la puerta, sonríe y abre. Entra Cecilia, caminando despacito.
Agustín: Hola, Ceci, ¿qué te pasó?
Se besan.
Cecilia: Me anestesiaron la entrepierna, apenas si puedo caminar. No me voy a quedar.
Agustín: Parestesia se llama. (Y cierra la puerta) Cuando a mí me operaron de la mano, hubo un mes que me volví loco: tenía este dedo que se me acalambraba, este me picaba en la punta, en este tenía calor y en este frío. Estaba cocinando. ¿Qué te pasó?
Cecilia: Me da vergüenza, no te quiero decir.
Agustín: ¿Es ahí?
Cecilia: En la glándula de Bertolini.
Agustín la ayuda a sentarse sobre el colchón. Se sienta él también.
Agustín: ¿Entre los labios?
Cecilia: Sí.
Agustín: Es muy común…
Cecilia: ¿Vos crees que cuando me anestesiaron, me pudieron…?
Agustín: ¿Si te pudieron qué?
Cecilia lo mira, elocuente.
Agustín: ¿Qué?
Cecilia: Garchar…
Agustín la lleva hacia su pecho, abrazándola la consuela.
Cecilia: No sé, como me duele adentro… Yo como una boluda, venían los residentes y les mostraba.
Agustín: Y está bien, ¿qué ibas a hacer?
Agustín la toma cuidadosamente de una pantorrilla y de la otra. Cecilia descruza las piernas.
Agustín: Extendé las piernas, vas a estar más cómoda. ¿Me querés mostrar?
Cecilia: Ni loca.
Agustín: Bueno, una visión profesional.
Cecilia: No, Agustín.
Agustín: ¿Te dieron una pomada analgésica?
Cecilia: (asintiendo) Casi no se ve. Apenas al tacto. Si querés podés tocar.
Agustín se pone de pie y sale hacia el dormitorio, Cecilia lo observa. Vuelve poniéndose un guante de látex. Se arrodilla frente a ella. Levanta su pollera y lleva su mano enguantada hacia el interior, corriendo las prendas. Cecilia extiende sus brazos para sostenerse.
Agustín: (mirándola) ¿Acá? ¿De este lado?
Cecilia deja caer la cabeza hacia atrás.
Cecilia: Más adentro. Despacito, Agustín, que me duele mucho, por favor.
Agustín: Sí, hermosa, la tenés replegada, ¿es acá, no? Lo encontré por la pomada.
Cecilia: Ahí, sí. Guarda que me reduele, Agustín.
Agustín: Es un pelito encarnado.
Cecilia: Un quistecito, me dijeron.
Agustín: ¿Querés que te lo saque?
Cecilia: No, no, me va a doler.
Agustín: Tengo instrumental. Me compré una pinza de setecientos pesos.
Cecilia: Dejá. Dejá ya está, si veo que no mejora, voy al ginecólogo.
E incorpora su cabeza.
Agustín: Bueno, listo.
Agustín retira su mano y se yergue, quitándose el guante que abolla y revolea hacia la cocina. Cecilia ha quedado quieta en el mismo lugar, mirándolo a los ojos. Agustín se inclina, apoya las manos en el piso y la besa en la mejilla.
Agustín: ¿Te sentís bien, hermosa?
Cecilia: Mejor, de habértelo contado. No sabía qué decirte, o si no venir, vos me habías dicho que ibas a cocinar.
Agustín: ¡La salsa, se me recontraquemó!
Agustín se pone de pie y sale. La luz se apaga rápidamente.
SEGUNDO ACTO
Escena 1
Mañana de sol, suena el portero eléctrico. Agustín pasa desnudo hacia la cocina, se detiene, respira hondo y sonríe antes de atender.
Agustín: Subí ángel, ¿te abro la ventana? ¿Subís revoloteando?
Vuelve, abre la puerta de entrada y sale hacia la habitación. Pasado un tiempo, entra la Negra.
Negra: ¡Hola, Agustín!
Agustín: Ya estoy con vos, Negri, buen día, preciosa. ¿Sabés? Estaba pensando por qué no llevamos el cuore ya. (Y entra vestido y con una cartuchera de cuero con instrumental. Le da un beso en la mejilla.) Hola. ¿Lo agarrás? Estoy verificando.
La Negra sale hacia la cocina. Agustín vuelve al cuarto.
Negra: (Desde el off) En el freezer, ¿no?
Agustín: (Desde el off del dormitorio) En un tuper verde agua.
Ambos confluyen de los respectivos off al centro de escena. Él lleva una garrafa pequeña de oxígeno o anestesia. Ella trae un corazón de papel en la mano.
Negra: ¿Estuviste con una mina, no? Te dejó esto pegado en la heladera.
Agustín: Dame. Esto es del Colorado.
La Negra lo aleja de su alcance.
Negra: ¿Te amo?
Agustín: Es de él. Bueno. Hacé como quieras.
Negra: Agustín dice acá, gilún…
Agustín: No lo ví, ni sé de quién es. ¿Vamos?
Agustín deja de mirarla para volver a la búsqueda de la valijita con ampollas, gira para verla y sorprendido, la encuentra llorando, cabizbaja.
Agustín: Pero, Negri, ¿qué te pasa?
Negra: Nada, dejame.
Agustín: Yo nunca te prometí nada…
Negra: Está bien, yo soy la estúpida. Vamos…
Agustín: El cuore, ¿no lo llevamos?
Negra: No. Si nos llega a pasar algo, se corta la cadena de frío.
Agustín: Negra, no te podés poner así (le quita el corazón de papel colorado). ¿Lo rompo?
Negra: El mío rompiste…
Agustín: Es algo sin importancia… (se aproxima)
Negra: ¿Y por qué pone te amo, si no importa?
Agustín: ¿Qué querés, que no la vea más?
Negra: ¿Harías eso si te lo pido? Pero no te lo voy a pedir. Hacé lo que te dicte el corazón. Y no hagas ningún chiste, por favor.
Agustín la toma por los codos.
Agustín: ¿Querés que te convenza?
Y la besa durante dos minutos y medio. La luz se funde muy lentamente.
Escena 2
De tarde, nuevamente en el quirófano de campaña. Sentado en un banquito de lustrabotas, pegado al suelo, Peluca. Agustín vestido con el ambo verde.
Agustín: Ni en pedo, Peluca. No.
Peluca: Boludo, en la primera guerra mundial era el pan de cada día.
Agustín: Ya sé, pero no.
Peluca: ¿Qué más tenés?
Agustín: No, ahí no te metas que son cosas caras. ¡Se puede romper!
Peluca: Sos pesado, eh. Mirá, acá está, morphine, Twydil, Basilea. Morfina.
Agustín: Dame. Externo inyectable, es esta. Es lo que usaría para una luxación de caballo, ponele.
Peluca: ¿Y para intercambiarles el corazón, qué usas? ¿Ketamina?
Agustín: También tengo.
Peluca: Dale, dame.
Agustín: ¿Para qué querés, Cayetano?
Peluca: No preguntes.
Y despliega el brazo. Agustín se arrodilla en un almohadón a su lado. Peluca se arremanga la camisa.
Agustín: A tu entera responsabilidad.
Peluca: Dale, pedazo de cabrón.
Agustín: No en serio, Pelu, sino no te inyecto nada. ¡Si yo no quiero!
Peluca: No, bueno, pero sos la persona ideal para hacerlo. La dosis, el pulso.
Agustín: Sí, eso sí. El veneno es la dosis, decía Paracelso. Pero no me gusta.
Peluca: Bueno, dale. Me tiene que gustar a mí.
Agustín le hace un torniquete con un tubo irrigador de látex. Pincha la ampolla y la da vuelta, tirando del émbolo.
Agustín: ¿Estás seguro, no?
Peluca profiere un grito como respuesta.
Agustín: Portate bien, quedate tranquilo.
El veterinario lo inyecta, luego guarda los elementos con cuidado, en cajitas metálicas. Cierra las tapas. Va hasta la cocina, tira los descartables. Peluca queda entre sueños.
Agustín: (Desde la cocina) Se va la Tana, quizás no la vuelva a ver. Imagino que tendré que olvidarla, no pensar más. Pero me cuesta: no sé si tenga que aprovechar esta oportunidad, de aventurarme con ella, de cambiar de vida, salir de acá. (Volviendo) Pensé mucho en ella, ahora, en Perú. ¿Pelu me escuchás?
Peluca: Acá estoy…
Agustín: (Se sienta) Cuatro días me pasé encerrado en el Sheraton de Lima, parecía una cárcel. Aproveché para analizar la situación, con la ventaja que da la distancia. Lima es imposible, el hotel que quedaba en el centro, no podías salir, te choreaban hasta los calzoncillos. ¿Me iba a ir a la loma del culo en taxi, a gastar guita, cuando yo estaba ahí por un problema de la aerolínea? Ni loco. Entonces hacía mi vida, compraba la cervecita enfrente, en un quiosco que siempre es más barato. Y después descubrí esas oficinas grandes, de las que usan de directorio, con una vista al casco histórico de la ciudad y me quedaba pensando. Acá no se puede estar, nos dijo la mucama. Y la sueca que me levanté en el aeropuerto, Lisa Jezebelle, se llamaba, salió corriendo en tetas a la cocinita… Me quedé sólo, sentado en el sillonazo de cuero, tomando cerveza, pensando en la Tana, cada vez que pienso en ella, la escucho ladrar a Vinka. ¡Qué perra más rompepelotas! No me di cuenta y de tanto pensar me quemé el pantalón con un porro. (Mira hacia el ventanal) Pero otro país, lejano, dejando a mi vieja acá, me daba frío en el corazón, no sé si hipotermia ventral… como los lagartos. Seguramente si me fuera, haría un montón de guita allá, o becado en las universidades. ¿Cómo estás?
Se pone de pie.
Agustín: Che, boludo. Peluca. Peluca, despertate. Despertate, pavo. ¿Cómo te sentís?
Peluca: No siento los pies… estoy abrigadito como en el útero. ¡Qué lindo es nacer! ¡Qué lindos los labios de mamá!
Agustín le toma la temperatura con la palma de la mano.
Agustín: Estás frío. (Vuelve a sentarse) Hoy en el campo con la Negra, cuando cargamos las dos ovejas en el baúl, el macho y la hembra se quedaron calladitos, uno al lado del otro. A mí la imagen me calentó y la abracé, nos echamos un polvo en el asiento de atrás. Con el movimiento, las ovejas balaban y me desconcentraban. Me gusta que ella crea en mí, los demás piensan que estoy colifa, pero ella no, viene conmigo, me ayuda a manearlas. (Pausa) No sé qué hacer. Pero me parece que voy a sacar un pasaje, saco un pasaje y me voy a España, con la Tana y la perra en una jaula. Ella va a encontrar una linda casa, yo me conchabo en una universidad, atiendo pequeños animales en el pueblo, veo de hacer cuña con mis locuras… Y tenemos un hijo, compramos un auto, aprendo a manejar y llevo a los críos al colegio, todos gritando en el asiento de atrás con su acento español, como en una película de Imanol. (Pausa) ¡Peluca, Peluca! Anestesiado, pobre. ¿Anestesiás tu conciencia? ¿Es por tu casamiento?
Peluca: Estás invitadísimo…
Agustín: No sé con quién voy a ir, se me plantean esos interrogantes, ¿ves? No sé si ir con Delivery, pero no quiero crearle ilusiones, no quiero que me mire a los ojos cuando el cura diga lo de que la muerte los separe; no sé si ir con la Negra, pero va a pensar que estoy por oficializarla; no sé si decirle a Cecilia, pero recién la conozco; o ir con la Tana, pero todos van a pensar que el que se casa soy yo… Creo que voy a terminar yendo solo, a ver si me puedo levantar alguna mina, en definitiva… ¡Peluca! ¡Cayetano!
Peluca: Tenés que aclarar lo que sentís, varón…
Agustín: Hoy pensaba en eso cuando volvíamos del campo del Colo: tengo miedo de que al cruzarles el corazón a las ovejas, les cambie de lugar los sentimientos. Mirá si después no sienten lo mismo hacia sus hijos, sus pares… ¿O seré yo, que me gustaría sentir otra cosa? (Pausa) Las voy a tener que sacrificar, para no mortificarme. ¿Te imaginás, lo que puede llegar a ser, que cuando volvés en vos, tenés sentimientos hacia gente que tu cerebro no reconoce? ¿Que la gente que siempre te acompañó te mire sin entender por qué no los querés más? Toda la carrera me pregunté por los sentimientos de los animales, pero más a partir de la muerte de mi viejo. Cuando empezó a fallarle el bobo, cuando le hicieron el triple by pass, todo ese tiempo en que sentía que se moría y que no podía hacer nada, y que él tampoco y que tampoco quería… ¿Y la despedida de soltero?
Peluca: No quiero…
Agustín: ¿Y a vos quién te preguntó?
Escena 3
El quirófano de campaña permanece en escena, horas de la noche. Ahora los vestidos con ambo, barbijo y cofia son dos: Agustín, que opera, y la Negra, que lo asiste. En la camilla, bajo la sábana, asoman las patas de un perro de otra raza a la que vimos inicialmente.
Agustín: (operando) Tengo la perra de mi ex novia en mis manos, no sé si me vas a ayudar o vas a querer matarla.
Negra: (asistiendo) No sos tan importante como para hacerme olvidar la vocación, pelotudo.
Agustín: Era broma, mujer.
Negra: Si, hacete el bromista y no te ayudo nunca más. Además no es su perra. Es tuya también, es de los dos.
Agustín: La manito ahí, no.
Negra: ¡Bueno!
Agustín: Ah, eso quería decirte, Negra. Sos muy importante para mí. Es decir, con lo de los transplantes, en eso yo estoy un poco solo. Viste que en la facu me cargan porque nos comemos un asado por mes. Pero yo ya sé lo que es. Es incompatibilidad diastólica, en los lanares es más frecuente, porque son híbridos todos. Pero en perros va a andar bien, te juro.
Negra: ¿Qué tiene? ¿Por qué tosió tanto?
Agustín: Se atragantó con una aguja. La dueña es diseñadora textil.
Negra: Tu ex…
Agustín: So
Negra: ¿No es más tu ex?
Agustín: Ni
Negra: ¿Vos te está haciendo el vivo, Agustín?
Agustín: Es que no sé. La otra vez se tragó un botón, también.
Negra: Podría cuidarla más, ¿no? Enseñarle. ¿Por qué no te la quedás vos?
Agustín: Yo no puedo tenerla, Negri, ¿dónde querés que…?
(Se corta la luz)
Agustín: Ah, la puta madre que los reparió.
Negra: ¡Estamos hasta las manos, boludo!
Agustín: ¡Viste, por eso no quería decirte nada, de que es mi perra!
Negra: ¿No me vas a echar la culpa a mí, no?
Agustín: ¡Vos quedate acá, al pie de paciente!
Agustín sale hacia la cocina, revisa la caja de la luz, sirviéndose de la linterna de su teléfono celular.
Agustín: Después te tengo que explicar todo…
Negra: Pero, Agustín, no entiendo nada…
Agustín: (desenroscando el tapón, iluminando su interior) Yo, que no puse el u.p.s. Sabía que era una castración, pero ¡no puedo!, ¡no puedo! ¡Siento que le estoy cortando las trompas a mi novia! ¡Que nunca podrá ser mamá!
Negra: Pará, Agustín, ¡prendé la luz!
Agustín: ¡No, puedo, Negra, tengo tapones, se me va a morir!
Negra: ¡Agustín!
Agustín: Cable cortado, me va a llevar diez minutos… Está prolapsada, Negra. ¡La vamos a tener que profusionar!
Negra: ¿Ah, sí? ¿Con qué, corazón?
Agustín: ¡Con el de Malena! ¡Está en la heladera!
Agustín abre el freezer, ilumina el interior y retira el tuperware. Vuelve al quirófano cuando suena su celular. Su linterna lo sorprende, mira la luz azul que se enciende en la oscuridad.
Agustín: ¡La Tana! ¡Es ella! ¿Qué le digo?
Negra: No la atiendas.
Agustín: (respira hondo y atiende) Hola, Flor, ¿cómo estás?
(Responden)
Agustín: Bien, bárbaro. Todavía no.
(Responden)
Agustín: Porque no, primero le sacamos la aguja.
(Responden)
Agustín: No yo solo, pero se habla así, en plural.
Se escucha la agitación de un cuerpo en movimiento, la Negra toma sus cosas y sale, dando un portazo. Todo es muy confuso, se oyen sus pasos urgentes al bajar por la escalera. Vuelve la luz. Agustín esta solo, tiene el corazón en una mano y el celular en la otra.
Agustín: Te tengo que dejar, no puedo hablar más, después te llamo.
Se dirige a la puerta de entrada, la abre, mira hacia el pasillo y regresa. Más tranquilo, Agustín apoya su oído sobre el costado del animal. Va variando el lugar de la auscultación. El bicho está vivo. Se incorpora, y reparando en el corazón que aun sostiene, pisa el pedal de un tachito de residuos metálico y lo tira en él.
Agustín: Perdón, Malena.
Y se limpia la mano en la pechera.
Apagón.
TERCER ACTO
Escena 1
Nuevamente de noche en el departamento de Agustín, que prepara tragos: hay tequila y limones. Peluca fuma, el Colorado prueba la bebida y hace un mohín indescriptible al contacto directo con el cítrico.
Agustín: …y nosotros escabiábamos y saludábamos, escabiábamos y saludábamos, ¡terminamos con un pedo! Las minitas entraban sucias y salían todas bañaditas, limpitas, con el pelo mojado. Dije tres millones de pelotudeces.
Colorado: Agustín está de moda…
Peluca: ¡Hace dos años que está de moda!
Agustín: Pero, qué raro, una chica tan linda…
Peluca: Será que estás gordito…
Agustín: Yo siempre fui un siete-dos, siete-cuatro, pero ahora estoy en siete-ocho quinientos, siete-nueve.
Colorado: ¿Y con Cecilia, cómo viene?
Agustín: Es más clitoriana que vaginal… La vagina en sí la tiene complicada.
Peluca: Vos te ponés muy técnico, por veterinario, yo soy menos cerebral, de no analizar tanto.
Agustín: Yo con la veterinaria intento que mi especialidad sea el corazón. Con las niñas lo mismo. ¿Vos cuántas minas te cogiste en tu vida?
Peluca: No sé, ¿vos sabés?
Agustín: Treinta. ¿Vos Colo?
Colorado: No sé, pero por ahí.
Peluca: ¿Sacaste la cuenta?
Agustín: Las tengo anotadas. El Gaita, mi amigo, se cogió alrededor de cien, y John Holmes, catorce mil. (Toma un pequeño block y lee) Lizia. La amiga. La puta del Penna. La Renga. Las hermanitas Ábalos, a las dos. María (la cuento pero fue punteada). Tres negras en Cuba y cómprame un helado de chocolate…
Colorado: ¿Y esa?
Agustín: Le puse así, no me acuerdo cómo se llamaba, pero lo primero que me dijo fue: (e imita la tonada) Cómprame un helado de chocolate… Mónica. Edith, que le regalé un corpiño y una bombacha al segundo día de conocerla, había pegado laburo, vendía bombachas. Carmencita. Laura. María. Florencia. Una mina con la que nunca hablé. Analía. Alejandra. Mecha. Abril. Mía y Dala, (levantando la vista de la lectura) que se tiró un pedo en medio de la relación y no hubo nada en el mundo que hiciera que esa mina me gustara nunca más. Delivery. Dos veces dos contra una… Las dos con vos…
Peluca asiente.
Agustín: …y una vez con dos: estuve toda la vida esperando ese momento. ¿Qué dice acá? Ah, Lisa Jezebelle. Y, la Negra, treinta y única. ¡Ah!, ¡y Cecilia! ¡Ayer! Treinta y dos. (Y la agrega a la lista) La voy a pasar en Excel. Además, ¿les digo la verdad? Me cogí una yegua en una manga y a una oveja en el medio del cuadro en un viaje al campo a los quince años en que nos pintó zoofilia.
El Colorado le da la mano, Peluca lo imita.
Peluca: Sos un libro abierto, Agustín.
Mutis.
Agustín: Yo hay tres ítems fundamentales que recuerdo de la educación amorosa de mi viejo. Lo primero que me dijo fue en el año ’77, teniendo yo seis años: con suavidad.
Peluca: Fundamental, yo todavía lo estoy aprendiendo.
Colorado: Un capo el tío…
Agustín: En el año ’84, yo ya tenía trece años, me llamó con reserva y me llevó a su habitación. Ceremoniosamente, sacó algo de un cajón: una caja de preservativos Siltex, que a mí me sonaban vagamente familiares…
Peluca: …de verlos tirados por la calle…
Agustín: Sí, o en ese mismo cajón en mis inspecciones. Me preguntó si sabía lo que eran y cómo se usaban. Me los dio y me dijo, usalos. Y cuidate mucho, muchacho. (Pausa) Tardé dos años en estrenarlos.
Colorado: Yo igual…
Agustín: Lo último que me dijo, en el año ’94, el año del triple by-pass, viniendo del aeropuerto, fue: hijo, puede ser que la carta de amor nunca llegue, que las palabras de un amigo, la reparación de un error o el perdón nunca lleguen. Pero la factura, la factura siempre llega.
Mutis.
Colorado: A mí, mi abuelo, no nuestro abuelo, el otro, me hablaba de sexo. Lo que me dejó más marcado fue que él toda su vida, al saber que iba a acostarse con alguien, previamente se masturbaba. Para rendir mejor luego, me explicó. A mí me pareció una tortura.
Peluca: Y de minas, ¿cómo venís? ¿Estás noviando?
Colorado: Sí, con varias.
Peluca: Ah, tenés la gaviota tranquila.
Colorado: Yo me fijo nada más en las minas que me miran, ¿sino para qué? ¿Idealismo?
Agustín: O sea, nada más que la que te mira…
Colorado: Y claro, no vas a mirar a la que no te mira, es perder el tiempo. La vida pasa rápido.
Peluca: La vida pasa rápido, pierdas el tiempo o no.
Agustín: Dadme una concha y moveré el mundo…
Colorado: ¡Bueno, Pelu! ¿Salimos?
Agustín: ¿Qué deseo sexual tenés antes de casarte, muchacho?
Peluca: Mis deseos son todos provistos por mi futura esposa, sino no me casaría.
Agustín: Escuchame, objeto sexual. Vamos a ir de putas, te guste o no.
Peluca: Yo no dije nada.
Agustín: O vamos a decirles a las putas que vengan para acá, como prefieras.
Colorado: Acá, no. Vamos por ahí.
Se ponen los abrigos y salen. La luz se funde lentamente.
Escena 2
Temprano en la mañana, Agustín y el Colorado toman mate, ambos vestidos con ambo, el del Colorado, color blanco.
Agustín: (murmurando) ¿Por qué no me avisó? ¡Me hubiera pasado de cama! Dormí toda la noche doblado en el catre con la cama de al lado vacía. Yo le decía, boludo, me hubiera pasado de cama.
Colorado: ¿A qué hora llegó?
Agustín hace un gesto señalando hacia la habitación, ofuscado. El Colorado se gira a mirar.
Colorado: (sonriendo) ¿Está acá?, ¿es la rubia?
El Colorado se ríe, incrédulo, y le ceba un mate a su primo.
Agustín: (recibiéndolo) Hoy voy a devolver el pasaje, no me quieren dar la guita.
Colorado: ¿Por?
Agustín: No, estuve pensándolo bien y no, no es el momento. El asunto es si me devuelven el pasaje, ¡son seiscientos y pico de dólares!
Colorado: ¿A la Tana le dijiste?
Agustín: Todavía no, lo tengo que pensar.
Colorado: ¿Qué le vas a decir?
Agustín: No, la verdad, que es un poco caprichoso, seguirla a ella, que su viaje está más que justificado, pero el mío… Además tengo que invertir unos cuantos mangos, por más económico que me maneje, pensá que de una luca y media en euros no bajás, allá no podés pensar en pesos, si estás allá, estás en euros. ¿Y cuánto puedo tirar, comiéndome la guita?
Colorado: ¿Tres meses?
Agustín: Ponele. ¿Y si sale todo mal? ¿Si nos cagamos a piñas a la segunda semana? Y empezamos con que ¡siempre hacés lo mismo!, ¡nunca lo vas a reconocer!, y todo ese quilombo. Dos inmigrantes sin papeles peleándose en el hueco de la escalera con la ley de extranjería pisándote los talones… ni en pedo. Y con Vinka pidiendo Purina que debe salir como cuatro mil euros. Además, ¿qué voy a ir a hacer de maridito allá, si tengo dos novias españolas? Me voy a volver loco, para colmo me parece que se hizo medio amiga de Alejandra, ¿con qué cara la miro?
Colorado: Terminan todos enfiestados.
Agustín: Sí, pero ni siquiera… Yo, si vuelvo con la Tana, tiene que ser para buscarle una vuelta formal a la relación, para proponer otra cosa, convertirla en algo nuevo totalmente, y el plan de irse allá es de ella. Por más que coincida parcialmente con el mío, por más que lo que a mí me interesa hacer con la veterinaria acá en la Argentina no es una prioridad, por más, incluso, que yo haya hecho movidas en España con antelación, ¡si yo le dije que se fuera a conocer, a visitar a sus amigas! ¡Yo fui el de la idea! Pero ahora mi tema está acá. Ya está. No voy.
(Suena el teléfono. Agustín mira la hora en su celular y atiende.)
Agustín: Hola, Mamina, ¿cómo estás?
(Contestan)
Agustín: Bien. Con tu sobrino, charlando.
(Contestan)
Agustín: No, de veterinaria, de una operación que tenemos que hacer juntos.
(Contestan)
Agustín: Al civil de Peluca.
(Contestan)
Agustín: Salimos de acá.
(Contestan)
Agustín: Está acá, pero no te puede atender, está durmiendo.
(Contestan)
Agustín: Bueno, me fijo, si querés…
(Contestan)
Agustín: Con traje pero sin corbata.
(Contestan)
Agustín: ¿Cómo que a una madre no se le discute?
Agustín va hacia la puerta del pasillo al dormitorio, acarreando el teléfono.
Agustín: ¿Peluca, podés atender a mi mamá? Te quiere saludar…
Y lo espera en el marco de la puerta. Se escuchan ruiditos y sonrisas desde la habitación.
Peluca: ¡Voy!
A Peluca no se lo ve, queda del otro lado de la puerta. Agustín le señala algo impropio a la altura de la entrepierna y le entrega el teléfono. Su primo sigue divertido la situación.
Colorado: Te cagó a pedos.
Agustín: Dice que vaya con corbata. Que el testigo tiene que ir con corbata.
Escena 3
Mediodía en el departamento de soltero. Riganti, vestido igual que inicialmente, fuma sentado. Agustín se anuda la corbata. El Colorado se pone gel en el pelo con una mano, la otra la tiene en cabestrillo.
Agustín: ¿Te duele, Colorado?
Colorado: La mordedura, nada más. El brazo, no.
Agustín: Mostrame.
Agustín revisa la herida de su primo. Peluca entra peinándose, descalzo, a medio arreglar. Le pide una pitada a Riganti.
Agustín: Ah, pero se colgó de acá.
Colorado: Me hizo mierda, si me atravesó el brazo acolchado.
Agustín: ¿Una hembra, no?
Colorado: Cachorra. Una dóberman cruza con callejón que la agarró la aerodinámica, está toda de costalete, la trompa la tiene así, las orejas las dos del mismo lado, ¡en serio! Está enferma, normal no es, ¡y es más mala! (A Peluca) ¿Cómo andás, mi amor?
Peluca: Al pelo. Me caso en una hora.
Agustín repliega la venda, indicándole a su primo sostenérsela.
Agustín: Y… está fea. (A Peluca) ¿Esa es la corbata? Vení que te doy una mano.
Peluca lo enfrenta, levanta el mentón. Agustín le abrocha el botón superior.
Colorado: ¿Te traigo los zapatos?
Peluca: Por favor. (El Colorado sale.)
Agustín: (mientras le anuda la corbata) Cuando terminé séptimo grado, en el año ’82, mi viejo me hizo el nudo de la corbata para ir al acto de fin de curso. Era la primera vez que usaba corbata, abajo del guardapolvo. Fue en el baño, me acuerdo, el viejo no decía nada y yo tampoco, estaba con la mirada fija, concentrado. Yo miraba como hacía fuerza con la boca. Tan callados estábamos, que lo único que se escuchaba era el ruido de la tela al doblarse. Cuando lo terminó, perfecto me lo hizo, juntó las puntas, que le habían quedado parejitas, así como las que te hice yo, y enlazó la de atrás en la etiqueta y me la metió adentro del guardapolvo (mientras lo hace simultáneamente). Suspiró, me acuerdo, y apoyó su frente en la mía, conmovido. Yo no te digo que haya llorado, nunca vi llorar a mi viejo. Pero si tembló, temblaba y no podía hablar, se le había hecho un nudo en la garganta. Creo que fue porque me vio hombre. (Lo toma de los hombros) Como vos, muchacho. Como vos. Cuando la beses en la iglesia, dejá todo en manos de las bocas, ellas saben bien qué hacer, solo hay que entregarse.
Peluca: Gracias, Agustín, bien.
Vuelve el Colorado.
Colorado: ¿Listo, Pelu? Acá están (y deja los zapatos a un lado).
Peluca: Ya vengo (y sale hacia el baño).
Colorado: ¿Y a vos qué te pasa?
Agustín: No, nada.
Riganti: ¿Cómo nada? (Y al Colorado) Se acordó del padre…
Colorado: ¿Qué te acordaste?
Agustín: De cuando me hizo el primer nudo de corbata.
Y se apoya contra el hombro del primo, las manos en los bolsillos y se pone a llorar. El Colorado lo rodea con un brazo, por la cintura. Riganti hace un gesto de imposibilidad y fuma, desviando la mirada.
Peluca: (Apareciendo desde el off del baño) Escuchen. Me agarró un miedo terrible, paralizante. Recién cuando me miré al espejo, me vi hermoso, en mi mejor momento.
Colorado: ¿Te querés bajar? No firmaste todavía.
Agustín: Pará, dejálo que hable.
Peluca: Es que no quiero, ella es la que quiere y yo quiero ayudarla, pero ustedes, los muchachos…
Agustín: ¡Ey, escuchame un momentito! ¡No lo menciones más! ¡Escuchame una cosita, Cayetano! Aunque te estés desangrando, que te quede claro…
Peluca: Es que me parece que me estoy enamorando…
Colorado: ¡Uy, no, otra vez…!
Agustín: ¡Pará!, ¡pará!, ¡pará! Pensá un segundo en ella, Pelu, te está esperando.
Peluca: Es que la chica de anoche…
Todos se ríen. Riganti toma un estuche del suelo del que extrae un violín, raro, con algunas partes metálicas. Peluca se desabrocha el botón del cuello de su camisa, desajusta el nudo de la corbata y se calza los zapatos. El hombre posiciona el instrumento sobre su hombro. Sonríe e interpreta “El Danubio azul” de Johann Strauss. Agustín, con las manos tomadas por detrás, y el Colorado cerrándose el saco con una sola mano, se paran junto a Peluca, flanqueándolo.
Agustín: ¡Qué bien que la estoy pasando!
Telón.
F I N
miércoles, 30 de septiembre de 2009
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario